El invierno del Ángel [libro 2]

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Capítulo 8: recuerdos en la oscuridad.

Sarah descansaba, pero seguía aturdida por el accidente, dormía, pero sentía que estaba despierta, no solo no podía ver, tampoco podía hablar o moverse. En su mente se repetía el accidente una y otra vez, había quedado inconsciente al momento de golpearse la cabeza. La sacudida y el dolor que sintió al momento eran cosas que recordaba muy bien y que posiblemente no olvidaría nunca, debía encontrar la manera de superar el trauma.

Quería despertarse e irse de aquel lugar, pero no podía, debía esperar y eso le causaba una muy desagradable sensación, tanto en el cuerpo como en la mente. Tiempo, lo que necesitaba era tiempo, esperar a que esto terminara de pasar. «Recuperaré mi visión —se repetía una y otra vez medio dormida o medio despierta para intentar calmarse—, ya pasará, todo está bien, estás viva, estás bien, tranquila, estás bien» —se decía a ella misma.

Luego de unas cuantas horas de tortura en sueños, Sarah despertó, y poco a poco se fue manifestando en su cuerpo el dolor que sentía en los músculos. Se quejó, su mente comenzó a recordarle sin muchos problemas lo que había ocurrido y sintió un desagradable malestar, sobre todo en sus piernas, quería ponerse de pie y marcharse. Recordaba las palabras más duras que había escuchado hasta ahora en su vida, palabras que nadie quiere nunca escuchar: «Tuviste un accidente, estás en el hospital». Hubiera dado lo que fuera con tal de que todo lo que estaba ocurriendo formara parte de una muy mala pesadilla. Estuvo lamentándose unos minutos, hasta que consideró la opción de que de que a lo mejor no estaba sola en la habitación.

—¿Hay alguien allí? —preguntó con voz fuerte y nerviosa.

No escuchó respuesta.

—¿Hay alguien allí? —repitió, y el resultado no cambió.

La respiración de Sarah empezó a agitarse, el miedo la envolvió de pronto. Trató de mover la cabeza de un lado a otro, para negar lo que estaba viviendo, pero el collarín le impedía el movimiento, llevándose ambas manos a la cabeza, se la sujetó con la mayor fuerza que pudo y gritó para sus adentros.

—Debí de haberme quedado —dijo en voz baja después de calmarse un poco, ahora recordaba lo que le había ocurrido unos minutos antes del accidente, justo antes de recibir el año nuevo. De todos había sido el peor, deseó retroceder el tiempo y tomar otra decisión—. No debí salir, maldición, debí de haberme quedado —se quejó mientras experimentaba un desesperado remordimiento—, debí haberme quedado. No, debí de haberme ido a California, debería estar allá y no aquí en este...

Dejó de hablar, le pareció escuchar la puerta abrirse y unos pasos muy ligeros.

—¡Buenos días! —se escuchó de pronto—. Veo que estás al fin despierta. Sarah Anderson, ¿cierto?

—Sí —respondió sobresaltada mientras trataba de averiguar de dónde venía el sonido.

—Te traigo el desayuno, debes de tener mucha hambre.

Sarah fingió lo mejor que pudo, aparentó estar bien mientras escuchaba como la amable señora, colocaba lo que suponía que era una bandeja en algún lugar.

—Voy a acomodarte la cama, para que puedas comer —dijo la mujer y Sarah notó que la voz se aproximaba.

—De acuerdo, gracias —respondió sin saber quién le hablaba.

Pocos segundos después, Sarah se sobresaltó de nuevo, la cama comenzó a moverse. Se asustó por no poder ver nada, y cuando se detuvo, se sintió aliviada de haber al fin cambiado de posición.

—Si necesitas algo, presiona este botón —explicó la voz, y enseguida Sarah sintió el aparatico en la palma de su mano. 

—Muchas gracias —respondió mientras que sentía como la bandeja con la comida le era colocada sobre la cama, justo frente a ella en lo que parecía ser una pequeña mesa.

—Que tengas buen provecho.  

—Muchas gracias —repitió tratando de sonreír.

Sarah supuso que volvió a quedarse sola, pues no escuchó más nada, nunca pensó que el silencio pudiera ser tan aterrador y nada más pensar que este era el inicio de una nueva etapa en su vida la desesperaba. Moría de hambre, pero los sentimientos eran más fuertes y quería echarse a llorar, llorar por horas y horas. Desde lo más insignificante, que en el momento era tratar de comer sin derramar nada, hasta lo más difícil que sería vivir ciega unas semanas, le causaban un indescriptible dolor. Se lamentó por no saber cómo comer, estaba sola y no sabía qué hacer. Quería comenzar a llorar desesperada, pero lo pensó un momento y decidió más bien respirar profundo lo cual hizo con dolor en el pecho.

—Deja de quejarte —dijo para ella misma—, estás viva y eso es lo que importa, deja de quejarte, ya pasará, lo que necesitas es tiempo, y el tiempo nunca se detiene, estarás bien.

Sarah repitió esta frase unas cuatro veces, parecía tener problemas para creerla. Decidida a seguir adelante, intentó agarrar algo de la bandeja sin volcar lo que allí había. Con extremo cuidado, consiguió lo que sentía que era un sándwich, lo tomó y comenzó a comer con lentitud, mientras pensaba en cómo sería su vida a partir de ese momento. No quería recordar su reciente pasado, le torturaba lo que había ocurrido y tampoco era buena idea que pensara en el accidente, pensar en el futuro no hacía más que estresarla. «¿Qué voy a hacer? —se preguntaba, pero no lograba responderse— Debo llamar a mis padres, deben estar muy preocupados ¿Será posible que ya les hayan notificado? ¿Dónde estará mi teléfono?» En medio de variadas interrogaciones, Sarah se terminó de comer el sándwich, tenía muchas preguntas y a punto estuvo de presionar el botón cuando escuchó cómo la puerta se abrió de nuevo y se asustó. Podría muy bien ser su doctor que venía muy responsable a verificar su estado, o una enfermera cumpliendo con su deber de inyectarle los medicamentos para el dolor que de seguro ya le tocaban, tal vez alguien del personal de limpieza, pero la oscuridad hacía que todo pareciera terrorífico. Sarah quiso gritar enseguida y preguntar quién andaba allí, pero esperó unos segundos antes de hacerlo y escuchó antes de que se decidiera a hablar a una voz masculina.



Laura Zarraga

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En el texto hay: fantasia, misterio, angeles caidos

Editado: 15.11.2019

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