El invierno del Ángel [libro 2]

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Capítulo 11: las inquietudes de Olivia.

La mañana siguiente, bien temprano, Olivia entró a la habitación de Sarah, llevaba consigo un bolso de gran tamaño.

Después de saludar a su amiga y preguntar si algo había cambiado desde la tarde anterior, procedió a sacar una gran cantidad de objetos incluyendo un cargador para el teléfono de Sarah.

—¿Qué es eso? —preguntó Sarah arrugando el rostro.

—Te traje unas cosas, a ver, ¿cómo funciona esto?

—¿Cómo funciona qué?

—La cama, a ver… creo que es aquí.

Olivia intentó sin mucho éxito al principio, de acomodar la cama para que Sarah estuviera lo más recta posible, a punto estuvo de rendirse y de llamar a la enfermera, pero después de pensar que no podría ser tan difícil, encontró la manera de acomodarla como necesitaba.

—Listo, ya está —dijo satisfecha—. Ahora, déjame, voy a... ¿puedes incorporarte un poco? ¿o tienes mucho dolor? —preguntó en voz baja.

—Estoy bien —respondió Sarah— ¿Qué vas a hacer?

—Voy a peinarte, tu cabello es hermoso, pero está hecho un desastre, estas personas cuidan tu salud, pero yo cuidaré de tu apariencia. No quería decirte, pero no te vez nada bien.

Sarah se quedó en silencio.

—Lo siento —se disculpó Olivia.

—Está bien, no pasa nada, gracias.

—Pronto podrás verte en el espejo.

—Lo sé —dijo con firmeza obligada—. Mejoraré —agregó y soltó un suspiro.

Olivia peinó a Sarah con cuidado de no lastimarla, el gran collarín daba un aspecto muy dramático, y tenía sumo cuidado.

Cuando terminó de peinar, sacó una coleta para el cabello y comenzó a hacer una clineja, que quedó inclinada hacia el lado derecho, era muy difícil que quedara recta si no podía estar detrás de ella, pero después pensó que era mejor así, pues podría recostar la cabeza sin sentir molestia. Luego sacó unas toallitas húmedas y limpió con mucho cuidado el rostro de su amiga, al pasarlo por alrededor de las grandes y blancas gasas, sintió un escalofrío en la piel.

—No te estoy lastimando ¿o sí?

—Tranquila.

Preguntó lo mismo al limpiar la frente, el moretón se veía doloroso y de varios colores. Sacó un protector para los labios de un suave tono rosa y se lo aplicó, después sacó un frasquito de perfume y se quedó mirando de nuevo al collarín. «No pensé esto bien» dijo para sí misma. Observó a su alrededor buscó algo que no encontró. Revisó su bolso de nuevo y sacó una pequeña libreta, arrancó una hoja, la dobló por la mitad y después de guardar la libreta, colocó el perfume frente al rostro de su amiga a una distancia prudente y roció para luego mover con fuerza el papel, y así tratar de que algo se impregnara en su rostro.

—Bueno, algo es algo —murmuró.

—Ese perfume siempre me ha encantado —dijo Sarah mientras tosía.

—Lo sé, por eso lo traje. A ver…

Olivia limpió las manos de su amiga con otras toallitas y volvió a sentir escalofríos al limpiar alrededor de la gasa que tapaba la sonda para el suero.

—No es mucho, pero has quedado mejor —dijo mientras guardaba las cosas y tiraba las toallitas en la papelera.

Sarah sonrió, y mientras que agradecía las atenciones, entró una mujer con la bandeja del desayuno.

—Quiero preguntarte tantas cosas —dijo Olivia cuando estuvieron solas de nuevo.

—Lo de Tom es complicado, o no lo sé, he pensado que tal vez yo lo estoy complicando, no tengo idea de que hacer.

—¿No le vas a decir que estás aquí?

—¿Crees que debería hacerlo?

—No lo sé, no me has contado que fue lo que ocurrió.

—Tienes razón, pero no quiero hablar de él todavía, me voy a poner a llorar y no quiero.

—Está bien, ya me contarás, tranquila, ten —dijo mientras sacaba un panecillo de una bolsa sellada—, come, es lo mejor que puedes hacer ahora.

Sarah dio un pequeño mordisco y Olivia caminó hasta la ventana, se detuvo unos minutos a observar el paisaje mientras que se preguntaba qué había ocurrido entre su amiga y Tom, no podía imaginar que podría ser, sobre todo cuando ambos siempre parecían estar muy felices.

—¿Olivia? —preguntó Sarah.

—Lo siento, me distraje, ten —dijo, acercándole un yogurt.

—No sé qué voy a hacer estos días —suspiró—, tengo tanto por arreglar.

—No te preocupes por eso, aquí estoy yo para ayudarte.

—Lo sé, pero me apena terriblemente molestarte.

—No me molestas, yo estoy encantada de ayudarte, preferiría que no fuera en estas condiciones —dijo en un tono gracioso y triste—, me parte el alma verte así —agregó mientras le acariciaba la cabeza—. Tu teléfono se está cargando, imagino que debes hacer un montón de llamadas.



Laura Zarraga

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En el texto hay: fantasia, misterio, angeles caidos

Editado: 15.11.2019

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