El invierno del Ángel [libro 2]

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Segunda Parte / Capítulo 15: la tienda de helados.

Anthony dormía desde hace largas horas, el cansancio acumulado no le permitió despertarse muy temprano, y de no ser porque alguien lo pateaba con el pie, hubiera seguido durmiendo más tiempo.

—¡Hey! Despierta —decía una voz ronca—, vamos, ¡levántate!

Anthony abrió los ojos, parecía confundido, había olvidado donde se encontraba. Por un momento creyó estar en su antiguo apartamento, estaba cubierto con su manta, al parecer un alma bondadosa lo había abrigado durante la noche o madrugada.

—¡Hey! aquí arriba ¿Qué haces durmiendo en la entrada de mi negocio?

Anthony levantó la vista y sin poder abrir los ojos todavía por completo, observó a un hombre de piel muy clara que le dirigía la palabra, llevaba un gran gorro para la nieve, pero su abundante cabello blanco sobresalía en algunas partes, cargaba una pequeña bolsa marrón en su mano derecha.

—¿Qué haces durmiendo aquí? —repitió.

—Lo siento, debí de haberme quedado dormido —se disculpó Anthony y de inmediato se puso de pie.

Con torpeza, comenzó a recoger sus cosas y encontró bajo la manta un billete de cinco dólares, estaba dentro del plato que había robado la noche anterior, le pareció curioso, no recordaba haberlo llevado con él. Pensó en que tal vez la misma persona que lo cubrió le dejó el dinero, mentalmente agradeció el gesto y se dispuso a marcharse.

—Discúlpeme, que tenga buen día —dijo antes de comenzar a caminar.

No llevaba ni diez pasos cuando escuchó de nuevo la voz del hombre.

—¡Hey! ¡¿A dónde vas?

Anthony se dio la vuelta y observó que ya había abierto la puerta y se disponía entrar al local. Miró después a su alrededor e hizo un gesto indicando que no tenía la menor idea.

—¡¿Tienes desayuno?!

—No —murmuró después de mover la cabeza de manera negativa.

El hombre de cabello blanco suspiró, vaciló un poco, como dudando de lo que iba a hacer, y le hizo una seña para que entrara con él.

Anthony se apresuró a obedecer antes de que su anfitrión pudiera cambiar de opinión. Observó la fachada y enseguida notó que era una venta de helados. «Genial, helado en invierno, como si se pudiera tener más frío» pensó mientras se disponía a entrar.

No pudo avanzar más de tres pasos, el señor lo veía con mucha atención, pero más que observar su vestimenta, su extraño bolso o su almohada, parecía prestar demasiada atención a sus ojos, como tratando de ver más allá de ellos, como si quiera averiguar si Anthony era una mala persona y estuviera cometiendo un error.

Anthony retrocedió un paso,se sentía más que incómodo. Observó con terror al hombre frente a él, era un hombre muy viejo, debería de tener un mínimo de ochenta años, pero se le notaba mucho más joven, posiblemente se ejercitaba con frecuencia, parecía ser muy fuerte para la edad. Ojos azules, rostro arrugado y barba bien rasurada, vestía un gran abrigo gris para protegerse del frío.

—¿Eres un ladrón? —preguntó con voz descontenta después de casi un par de minutos de observación.

—No señor —respondió enseguida.

—¿Cómo te llamas?

—Anthony.

—¿Eres de por aquí?

—Nueva York. 

—¿Qué edad tienes?

—Treinta —respondió sin dudarlo, era lo que siempre decía.

—¿Tienes trabajo? —interrogó con voz firme.

—No señor.

—Bien —dijo el hombre y pareció disimular una contrariedad—. Puedes trabajar para mí, justo hoy iba a colocar un aviso, uno de los empleados renunció, tuvo una pelea con su mujer y ahora se va a mudar a Alaska ¡¿Puedes creerlo!? —preguntó enfadado— Necesito un empleado urgente.

—No tengo hoja de servicios.

—No me interesa, será temporal —dijo con indiferencia y casi interrumpiéndolo—. Estás hambriento y sin hogar, cualquier persona como tu estaría dispuesta a trabajar para poder comer. Eres bienvenido si quieres ganar algo de dinero, pero te advierto que, si descubro que robas algo, por más mínimo que sea, llamaré a la policía enseguida —advirtió en un tono de voz muy firme acompañado de una mirada muy amenazadora.

—No le robaré, se lo prometo —dijo comenzando a llenarse de esperanza.

—Bien —respondió aparentemente complacido—. Escucha, solo vine a buscar algo, la tienda no abre sino hasta las nueve. Ten, este es mi desayuno, pero puedes comerlo tú —dijo después de entregarle la bolsa que llevaba—, iré a comprar otra cosa. Allí hay un baño, entra, aséate y colócate este uniforme —explicó mientras que sacaba uno de la barra—. Puedes dejar tus cosas aquí —agregó señalando una esquina—. Quédate aquí, familiarízate con el lugar, dile a Isaac que te explique lo que debes hacer, siempre es el primero en llegar. Volveré más tarde ¡Ah! hay cámaras de seguridad por todo el lugar ¿entiendes? Por todo el lugar, así que no intentes nada raro —advirtió después de señalar a sus alrededores con ambas manos, pero sin especificar dónde se encontraban.



Laura Zarraga

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En el texto hay: fantasia, misterio, angeles caidos

Editado: 15.11.2019

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