El invitado de mamá

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Cinco — Aprendiendo a jugar bolos.

 

 

Me miro al espejo por cuarta vez. ¿Por qué dejé que mamá me metiera en esto? ¿Puedo fingir intoxicación o algo y evitar salir de mi habitación hasta que Joshi se marche a casa?

Esto es incómodo, difícil. Llevo más de media hora mirándome al espejo. Y no, no quiero deslumbrar a Joshi, esa es justo la razón de mi dilema. No quiero que piense que me arreglo por él, pero por una razón que no me puedo explicar, quiero que mi aspecto diga "No me esfuerzo, pero mira que bien me veo". Sé que es infantil, pero no puedo evitarlo.

Me paso las manos por el pelo, ¿Debería recogerlo en una coleta? Y mi blusa descubierta ¿Mejor me cubro con alguna chaqueta? ¿Me pongo tacones o zapatos lisos?

Maldigo. Es la primera vez que paso por esto, mi ropa nunca ha sido algo demasiado importante, hasta ahora. Cuando iba a la universidad y veía a mis amigas enloquecer por algo tan simple como la sombra de ojos apenas lograba contener la risa, pero ahora entiendo la crisis que puede crear tan solo un par de pendientes. Y lamento haber pasado mi tiempo burlándome en lugar de aprender de ellas.

Escucho a Josh en la planta baja. Ha estado dando vueltas de un lado al otro por, al menos, diez minutos. Sé que lo hace porque no quiere venir a meterme prisas, pero eso es justo lo que está logrando. El ponerme nerviosa es solo un plus.

Pierdo la paciencia y tomó la primera chaqueta que puedo tocar del closet, pero me dejo el pelo igual. Salgo de mi habitación antes que se me ocurra algo más que esté mal con mi aspecto. Encuentro a Josh en el salón aunque tiene la decencia de fingir que no me estaba esperando. Su gesto me causa ternura, debo admitir.

—Perdón por hacerte esperar.

Me siento rara y nerviosa y la mirada que Joshi me dedica no ayuda. Me dan ganas de preguntarle qué opina de mi aspecto, pero no lo hago porque eso no debería importarme. No me importa. Me repito eso al menos tres veces más. El notar que ambos llevamos estilos similares me calma un poco, después de todo, si existe algo peor que arreglarse demasiado es ser la que no se arregló lo suficiente.

Joshi, al igual que yo, lleva Jeans y una camiseta de mangas largas que se le ajusta de una manera obscenamente sexy. Si esto fuera una cita real le diría lo bien que se ve, tal vez haría un comentario de lo mucho que le luce el rojo, cualquier frase atrevida que nos hiciera romper el hielo; pero este es Joshi y no estamos en una cita real. Si me mantengo toda la noche pensando en que la única razón por la que no estoy encerrada en mi habitación ahora mismo es porque mamá me obliga a llevarlo a pasear, todo estará bien.

—¿Estás listo?

Es una pregunta tonta, primero porque lo estoy mirando; segundo porque igual comienzo a caminar hacia la puerta. No quiero quedarme atrás y darle vueltas a esto, lo que quiera que sea, o como se supone que voy a pasar mi viernes en la noche con Joshi cuando ni siquiera puedo mirarlo a la cara. ¿Es infantil sentir miedo de que pueda ver en mis ojos que me parece sexy aunque me avergüenzo de ello?

Lo llamaré mi gusto culposo, como esa canción que escuchas en tu radio al volumen mínimo para que nadie se entere, que nunca tararearías en público y que preferirías morir antes que admitir que la bailas en la ducha. Eso es Josh Roberts para mí.

Dando muestras una vez más de que Joshi le importa más que yo, mamá me ha permitido llevarme su auto. Nunca antes había consentido que siquiera tocara sus llaves, pero hoy tengo libertad de hacer lo que quiera con ellas, solo porque Joshi me acompaña.

—¿Es tu auto? —cuestiona él cuando me ve acercarme.

El auto de mamá no es la gran cosa, solo un viejo Honda que usa para ir por las compras y para llevarnos a la playa en verano, entiendo que Joshi no parezca muy interesado en él, pero tampoco tiene que poner esa cara.

Josh también tiene un auto, ya lo he visto subir en él cuándo se marcha a sus tontas entrevistas, pero ni loca pretendo subirme a esa cafetera. Mi amigo conduce un Ford Phantom al más puro estilo Vaselina que parece necesitar muchas cosas, entre ellas reparaciones varias y una o dos manitos de pintura. Suena como si se fuera a desarmar en pleno camino y evidentemente nos dificultará la oportunidad de llegar a los bolos sin que media ciudad se entere.

—Es el auto de mamá, nos lo ha prestado por esta noche —explico abriendo la puerta del conductor. Igual no entro, porque Joshi no hace amago de entrar en él. Le lanzo una mirada interrogante, pero lo interrumpo antes de que consiga pronunciar una sola palabra—. Ni se te ocurra, Joshi, no me montaré en tu reliquia.

Me meto al auto sin esperar su respuesta, si se niega, tal vez pueda volver a mi habitación y decirle a mamá que Joshi no quiso subirse a su auto. Por desgracia él estruja mis esperanzas al deslizarse dentro del Honda de mamá y cerrar la puerta.



Chris Urbano

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En el texto hay: humor, invitado, indeseado

Editado: 21.04.2019

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