El lago de la luna de esmeralda.

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Çente amoxtli.

La luna se levantaba por entre las nieves de los volcanes, y su reflejo se veía en las tranquilas aguas del lago, mientras el coro de las cuatrocientas estrellas le hace compañía. Entre tanto, el bicromo vaso humeaba con el chocolatl dentro, y Acacintli observaba detenidamente el amoxtli frente a él extendido, en las grecas de los muros jugueteaban las sombras de las teas y las antorchas que iluminaban la sala.

El negro del vaso se veía aún más oscuro, y el rojo comenzaba a verse de un color ocre, la noche comenzaba a mediar, con el frescor de la madrugada que empezaba a calar en los huesos de los muchos habitantes de la ciudad de Mexicco-Tenochtitlan, quienes en su mayoría dormían con el temor a los espíritus de la noche, a las cabezas de los decapitados que vagaban por el mundo de los vivos en busca de cuerpos sobre los cuales posarse, con el temor a encontrarse a Ehécatl, teotl de los vientos, disfrazado de viajero, y con su caprichoso ánimo, esperar clemencia de él.

Unos ligeros golpes a la madera le distraen de sus estudios, levanta la mirada y ve ya la puerta abierta y en el umbral a un joven de vivos ojos.

–¿Qué acontece? –pregunta Acacintli.

–Me ha enviado el señor Neçahualpilli –comenta el joven. En el rostro de Acacintli se muestra el desconcierto, aunque si bien es cierto que conoce al Tlahtoani de Tetzcoco, pero el que le hayan mandado un mensaje a tales horas de la noche es extraño–. Y tengo que decirle…

El joven cae muerto, Acacintli se pone en pie, pero es demasiado tarde, el hombre yace exánime en el lugar, y cuando el sacerdote se acerca logra ver el rastro de sangre que ha dejado por el pasillo y la puerta, una flecha sobresale de su espalda.

–¡Ometochtleh! –le llama Acacintli una y otra vez mientras corriendo a tomar el báculo que ha dejado a un lado de donde hubo estado sentado.

En pocos momentos aparece un alto hombre, envuelto en una tilmatli, como Acacintli y el joven que yace sin vida en el umbral de la puerta. Acacintli ha empezado a sudar frío y las gotas corren ya por su cuerpo, Ometochtli, se pasa una mano por los cabellos negros que lleva sueltos.

–¿Qué ha pasado aquí? –se extraña la gruesa voz de aquél temachtiani que mira detenidamente la perfilada nariz de Acacintli, sus ojos ligeramente rasgados, y esos pómulos sobresalientes coronados por una mirada en la que no se atina a saber con certeza que es lo que predomina, si la sabiduría o la curiosidad por aprender que desde siempre ha tenido.

–No lo sé –contesta Acacintli asombrado–, me ha dicho que venía de parte de Neçahualpilli y en ese momento cayó muerto. ¿Quién está de guardia?

–Está Macuilmalinalli. Iré a ver qué ha pasado con el guardia, estate atento a lo que pase –comenta retirándose del lugar.

Acacintli observa detenidamente al joven, y el penacho de la pluma que curiosamente es rojo y blanco, y le recuerda demasiado al tocado de su raza, los texcaltecah; lo peor es que ese joven puede hacerle perder todo lo que ha logrado a base de esfuerzo y dedicación, a base de todo aquello por lo que ha trabajado, un joven muerto en el umbral de su puerta es peor que saber de dónde ha venido esa flecha. Este joven le puede hacer perder la dirección del Calmécac, que hace tan poco tiempo ha logrado conseguir.

Es entonces cuando se da cuenta que no puede menos que sentir el peso de todo lo que está aconteciendo, de esa extraña sensación que le comienza en el abdomen y sube lentamente, pesada y con un fuerte sentimiento nauseabundo que al final le llena el pensamiento. Hay alguien, lo adivina, detrás de todo esto y que es quién le ha dado muerte al joven que tiene al frente.

–¡Yuh teteo! –la voz de Macuilmalinalli resuena en el pasillo mientras su mirada se encuentra con el cadáver y una vez ha notado el rastro de sangre– Acacintli, ¿qué ha acontecido en este lugar?

–Eso es precisamente lo que quiero yo saber –molesta un poco el director–, ¿cómo ha sido posible que maten al mensajero apenas ha llegado a mi puerta?

–Cuando ha entrado no ha venido nadie tras él –observa Macuilmalinalli algo extrañado–, no llevaba más que la premura que un mensajero puede llevar.

–¿No se supone que estás tú vigilando? –cuestiona sin miramientos Ometochtli, Acacintli sin embargo recuerda el rostro del joven y sabe claramente que ese rostro no mostraba la premura de cualquier mensajero, o, ¿tal vez era la herida lo que le provocaba aquella expresión?

–Necesito que se deshagan del cuerpo –dice él antes siquiera de que Macuilmalinalli se atreva a abrir la boca para contestar–, aquí hay algo que tengo que investigar, como lo es el hecho de que se me quiere inculpar –señaló el penacho de la flecha– aduciendo de algún modo a que yo, o mi gente hemos matado a este hombre.



Tlacuilo

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En el texto hay: fantasia magia, mexicas, prehispanico

Editado: 09.07.2018

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