El lago de la luna de esmeralda.

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Chicome amoxtli.

–¿Sabes cómo sacrifican a los teteo los hombres allá en Michoacan? –le preguntó una vez su padre, el niño lo miró asombrado, maravillado y aterrorizado, negó con la cabeza firmemente. Su padre sonrió, era un anciano ya, y había participado en todas las guerras, desde aquellas luchadas para los tepanecas, hasta las de Motecuhçoma Ilhuicamina y Axayacatl– Cuando un teotl desea que alguien haga su voluntad y se entregue para ser sacrificado –le explicaba con paciencia, era su hijo póstumo, su único hijo varón, su hijo que no le podía confesar que le daban miedo los sacrificios humanos–, el teotl entra en su cuerpo, y entonces la persona va e ingresa en el templo, luego despierta y no recuerda lo que ha acontecido, pero los sacerdotes lo saben, y sacrifican al que haga eso.

Topiltzin lo recuerda vívidamente, con el humo saliendo de aquel círculo, con la nieve derretida en muchos pasos a la redonda. Sólo Acacintli está de pie, con el báculo enterrado en el suelo, a su lado, y unos restos de huesos que más parecen carbón frente a él, que mira con detenimiento, con la mirada extrañada. Después levanta la mano y la extiende mirando su palma.

–Saben los teteo lo que hacen –el comentario de Tlatlacho es certero a lo sumo, pues ninguno de los tres comprende que es lo que ha pasado–. ¿Quién les ha mandado y por qué? –se extraña el chaneque acercándose a Acacintli.

–Tú deberías saberlo –comenta Topiltzin–, tú que moras en la casa de los teteo y eres su leal siervo.

–Tiempo ha que los teteo mismos han dejado la casa –comenta enigmáticamente el chaneque–, poco sabemos de ellos.

–¿Qué ha acontecido aquí? –cuestiona el sacerdote.

–La misma pregunta pretendemos hacerte –le dice Topiltzin acercándose.

–Un interés muy importante deben de tener los teteo en el linaje de Tiçoc para que vengan ellos mismos a detener a los que quieren darnos muerte –asombra Tlatlacho.

–Así de grande debe de ser el mal que nos aqueja para que sea tan imperioso el preservarlo –comenta el texcaltecatl dándose media vuelta y ascendiendo por la ladera a paso lento.

–¿A dónde vas? –se extraña Topiltzin.

–A buscar el agua –la voz del sacerdote suena cansada, envejecida de pronto.

–Acacintli –se asombra su amigo–, ¿sabes lo que acaba de acontecer? –pregunta.

–No –niega aquél con desgana–, y no pretendo saberlo.

–Pero, ¿cómo puedes ignorar tal acontecimiento? ¿Es que acaso no pretendes conocer la verdad acerca de aquellos que te crearon? –la voz de Tlatlacho es potente, fuerte y pretende hacerse escuchar.

–No –insiste en negar Acacintli que avanza con pasos ligeros.

–Pero…

–Tiçoc es mi amigo –le interrumpe el sacerdote y se detiene mirando la nieve a sus pies–, cuando en Texcallan me dieron la espalda, cuando se me consideró como un loco insano –da un largo suspiro–, cuando era buscado para ser sacrificado, Tiçoc me tendió una mano, desafió a Tlacaélel y por eso es que Nezahualcóyotl apoyó que fuese él el Tlahtoani. Arriesgó una vez su vida por mí y ahora es tiempo de pagar mi deuda, lo haría por él, lo haría por ti, lo haré por mis amigos.

Sigue caminando, lentamente, y Topiltzin le sigue, el chaneque no pretendía tocar una fibra tan íntima, pero sabe que es cierto, Tiçoc ha sido el mejor gobernante que los mexicah han tenido, pero la actitud de los teteo no es precisamente clara, y el temor en la mente de Tlatlacho sigue siendo fuerte. Comienza a caminar con lentitud, maldiciendo las patas que se le congelan con la nieve.

–Hay misterios más grandes que los que nos han sido revelados –dice Tlatlacho, sabe que esos misterios han sido sellados y no le es permitido hablarlos, pero si por lo menos pudiese advertirles a los hombres sobre esos misterios.

–No son de mi interés –comenta el director del Calmécac, que sabe que todo está resguardado para cuando se cumplan las profecías.

Y caminan en silencio, entre el frío que apenas es cubierto por las pieles que llevan encima, con el manto de nubes desgarrado. Llegarán al cráter al atardecer, con las últimas luces del día y las primeras estrellas asomando, pero la luna no asoma, ni se asomará pronto, y sentados en el cálido suelo, abrigados por el calor que proviene y emana de la tierra, quedan dormidos a orillas de un lago de tonalidad verde, del cual se elevan jirones de nubes y el agua burbujeando.

–¡Acacintleh, Topiltzineh! –les llama en medio de la noche la voz de Tlatlacho. Y cuando abren los ojos se encuentran una visión maravillosa, la luna que se eleva ya con lentitud, y en el lago, la luna reflejada en el agua que brilla con intensidad, verde, del mismo tono que las esmeraldas, lanzando destellos, como si fuese un líquido etéreo que se disipase con el aire, que pretende aparentar que es una gruesa capa de humo que no se aparta del suelo en ningún momento.

–¡Dioses! –asombra Topiltzin ante aquella visión de augusta belleza.

Acacintli se adelanta, con el huaje en mano, le quita el tapón y se arrodilla en el lugar, sus manos tocan el agua que centellea, y sumerge la calabaza hasta que queda llena, para retroceder y sentarse en una de las rocas. Admirando junto con los otros dos la hermosura de lo que allí hay.



Tlacuilo

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En el texto hay: fantasia magia, mexicas, prehispanico

Editado: 09.07.2018

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