El Lobo y la Princesa Roja: El Príncipe de las Amazonas

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Decisiones

Aradriel estaba sin su ropa habitual, envuelta en colchas, despeinada e inmóvil. Brundir le habló a Tarion en un tono belicoso, con la espada en su cuello.  

—¡¿Que rayos le hiciste a mi amiga, bruto?!  

—Nada, ella está bien.  

—¡Mentiras!... ¡Aradriel!… ¿Estás bien? ¡Levántate!... Te juro que si le hiciste algo... Te voy a destrozar con mis propias manos.  

Ella lo jaló por la camisa con arrogancia y lo miró con sus ojos dorados muy de cerca. Pero él no se dejó amedrentar y respondió calmado, con sus manos arriba sosteniendo los vasitos que humeaban.  

—No le hice nada… ella solo está descansando porque tuvo un largo día, no le he hecho daño alguno a la princesa… ¿Podrías quitar tu espada de mi cuello? No queremos lastimarte.  

—¿Queremos? —dijo Brundir mirando a su alrededor—. ¿Tú y que ejercito me lastimaran? No veo a más nadie, no intentes hacerte el listo conmigo.  

Aradriel despertó bostezando y estirándose. Se rascó la cabeza y parpadeó al ver la luz. Vio a Tarion sometido por una gigante de yelmo dorado y salió de la tienda.  

—Déjalo Brundir, es un amigo... no hay problema.  

Tomó uno de los vasos de café. Miró a su alrededor y saludó a sus compañeras mientras tomaba un sorbo. Se echó a reír mirando a Tarion.  

—Ellas no lo han visto ¿Verdad?  

Tarion también rio. —Ninguna lo ha visto, ni siquiera la arquera que esta allá arriba en aquel árbol, se cree muy sigilosa, pero no lo es... Supongo que no están entrenadas para mirar hacia arriba... Oye ya suéltame, arruinas mi camisa. 

Él miró hacia el árbol donde estaba Artemisia escondida y saludó con su cabeza. Ella se dejó caer al suelo y caminó hacia ellos. 

—Pero de que hablas, yo no vi a más nadie —dijo Brundir.  

—No hay más nadie, pero pasaste por alto ese bulto de allá. ¿Ves la manta cubriendo una especie de armadura?  

—Si la vi, una armadura de caballo. ¿Acaso tu caballo saldrá de los árboles y me morderá? Por favor.  

—No amiga, en Dacia montamos más que caballos. 

Alfuror bajó del cielo como un relámpago con un penetrante grito que los hizo a todos taparse los oídos. Aterrizó sobre Brundir y clavó sus garras en el suelo atrapándola. Desplegó sus enormes alas y levantó su cresta en señal de amenaza mientras gritaba otra vez. Todas corrieron a esconderse y tomaron posiciones lejos de las garras de la bestia, listas para pelear. Todas menos Selenis, quien se quedó inmóvil y no se inmuto, ella solo se reía de la situación, y luego se acercó a Alfuror y se puso a acariciarlo.  

Brundir miró para todos lados como pudo.  

—¡Malditas cobardes! ¡No se maten por venir a defenderme! ¡Yo estoy perfecta aquí por mi cuenta!... Y tú muchacho, quítame a esta maldita ave de encima si es que no me va a matar de una buena vez.  

—Oye cálmate... vaya temperamento... ¿Prometes no volverme a atacar?  

—Si, como sea, ya vi que Ary está bien. Supongo que me exalté un poco al verla ahí tirada, miles de cosas terribles pasaron por mi mente. 

Tarion le ordenó a Alfuror echarse, él soltó a Brundir de inmediato y se echó a un lado.  

—Les presento a Alfuror, mi ejercito personal... Tranquilas, no teman, él no les hará nada, si quisiera, las hubiera eliminado una a una hace rato cuando avanzaban hacia acá.  

Él ayudó a Brundir a levantarse. 

—Vaya que pesas, no es sorpresa todo el ruido que hacías.  

—¿Quién rayos eres? Fuimos silenciosas y cuidadosas. ¿Como nos descubriste?  

—Soy del principal batallón de asalto y reconocimiento de la reina Cassandra. Es mi trabajo verlo y oírlo todo en el campo, así que no te sientas mal. Alfuror y yo somos difíciles de sorprender, en efecto, usualmente nosotros somos los que acechamos a otros.  

Apenas Brundir estuvo de pie, agarró a Aradriel y le dio un abrazo, luego Artemisia y las demás hicieron lo mismo. Se pusieron a charlar entre ellas y se olvidaron por completo de Tarion.  



D.C. Brugiatti

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En el texto hay: romance, guerra, peleas y accion

Editado: 25.10.2019

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