El Lobo y la Princesa Roja: El Príncipe de las Amazonas

Tamaño de fuente: - +

Omega

Al subir la colina, bajaba el sol, el aire fresco de las montañas llenaba sus pulmones y les ayudaba a olvidar las horas que pasaron aspirando humo. Brundir las estaba esperando, parecía tener algo muy importante que hablar con Aradriel por el modo en que la abordó. Aradriel le dijo que primero tenían que lavar sus armaduras y asearse, luego se reunirían con calma.

Después de un rato se reunieron con Brundir en la oficina principal.

—Ahora si podemos hablar —dijo Aradriel—. ¿Qué pasó Brundir? Cuéntanos.

—¿Recuerdas que me pediste que levantara un reporte?

—Claro.

—Como vi que tardaban decidí ir buscar al superior de aquellos soldados.

Brundir sacó el papel donde tomó el reporte de los soldados.

—Según esto dice que el capitán Federio Séptimo, del quinto puesto del distrito del mercado inferior fue quien ordenó venir a buscar ayuda. Eso fue lo que dijeron los sujetos que vinieron.

—Déjame adivinar —dijo Tarion—. Ese capitán no recuerda haber dado esa orden.

—Correcto Tarion —dijo Brundir—. Él nunca pidió apoyo oficialmente, ni siquiera le importó ese humo porque era fuera del muro. También le di las descripciones a todos los oficiales y nadie pudo reconocer a los sujetos, el capitán al ver eso, llamó a todos sus hombres. ¿Qué creen? Esos tres no estaban ahí.

—Excelente trabajo, como siempre Brundir —dijo Aradriel.

Después de que Brundir terminara, Selenis pidió la palabra.

—Cuando estábamos allá pude notar algo. Cuando nos atacaron, ellos no intentaron separarnos de nuestros grupos como a ustedes dos, era como si solo quisieran hacernos perder el tiempo.

—Es cierto —dijo Idaria—. Creo que solo los querían a ustedes. De ahora en adelante deberán cuidarse más, propongo que ninguno de ustedes salga del Máximo sin escolta, por muy buenos que sean, siempre es bueno tener una espada extra. Solo pídanlo y los acompañaremos donde sea.

—Creo que tienen razón —dijo Aradriel—. Es mejor no dejar el castro solos, al menos no por ahora. Y si llegamos a recibir alguna misión, saldremos con más unidades, aunque no parezca necesario. Muchas gracias hermanas, ya se pueden ir a descansar.

—Tarion ¿aun quieres hablar? —dijo Aradriel mientras las demás se iban.

—Si hay un par de cosas que quiero hablar contigo a solas.

—Está bien, pero vamos a mí apartamento, los sillones son más cómodos. Ve a la cocina y trae comida y vino.

—¿Cena romántica? —dijo Tarion.

—Ya quisieras… muévete que tengo hambre, me pongo de muy mal humor cuando tengo hambre.

—No pensé que fuera posible que te volvieras más amargada.

—No tienes idea.

—De inmediato le buscaré alimentos comandante, señora.

Tarion se apresuró a la cocina y pidió el favor de que le prepararan comida fresca. Tadeu aún no se había ido y accedió a cocinarles un enorme trozo de carne de res. Mientras esperaba, Tarion buscó pan y dos botellas de vino.

Cuando estuvo listo, Tadeu le dio a Tarion una bandeja de metal con bordes de madera, bien cerrada con una cuerda como si fuera un regalo. Le era difícil a Tarion caminar con la bandeja de la carne, aun sonaba como si se estuviera cociendo y no se atrevía a sujetarla desde abajo, Aradriel vio su predicamento y fue a ayudarlo con las demás cosas.

Cuando estaban entrando al apartamento, Aradriel escuchó la carne friéndose dentro de la bandeja.

—¿Esta carne aún se está cocinando en la bandeja de metal?

—Si, Tadeu me dijo que la dejara tapada un rato antes de comerla. Dice que vale la pena esperar, al parecer nos hizo algo muy especial.

Tarion llevó la comida hasta una repisa en la cocina y se quedó viendo todas las comodidades que ella tenía en su apartamento.

—Lindos muebles, ¿de dónde son? Parecen de Elfaras.

—Todos mis muebles vienen del bosque.

—Increíble, tienes muebles dignos de un palacio, el que hizo esto es un gran artista.

—¿Qué esperabas, muebles rústicos? Fueron hechos para mis padres antes de que yo naciera, lo mejor de lo mejor para la princesita del bosque.

—Lo siento, es que por tu forma de ser a veces uno tiende a olvidar que eres una princesa.

—Yo sé, ya me lo han dicho antes... Todos suelen pensar que porque soy más agresiva que las demás a la hora de pelear, debo ser así para todo.

—Pero no lo eres, eres dulce y amable... al menos cuando quieres, como ahora.

Ella le respondió con una sonrisa.

—También depende de con quien esté.

Un escritorio lleno de libretas y lápices de pastel llamó la atención de Tarion. Sobre el escritorio había una pintura de gran tamaño adornando la pared, estaba barnizada y tenía un marco dorado, los demás dibujos y pinturas estaban apilados en el escritorio.

—¿Ese en tus dibujos soy yo?

—¿Acaso tengo más hombres en mi batallón? —dijo ella.

—¿Y porque me dibujas? No es que me moleste, todo lo contrario, pero tengo curiosidad.



D.C. Brugiatti

#3115 en Fantasía
#1438 en Personajes sobrenaturales
#4006 en Otros
#639 en Aventura

En el texto hay: romance, guerra, peleas y accion

Editado: 25.10.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar