El Lobo y la Princesa Roja: El Príncipe de las Amazonas

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El Juicio

La luz del amanecer pasaba entre las nubes y montañas, bañaba el castro y los campos alrededor, una suave brisa hacia bailar los árboles y el pasto alto. Un día perfecto para entrenar.

Tarion y Brundir se pusieron de acuerdo para entrenar con pesas, él quería ver si ya podía levantar tanto como ella, al final Aradriel se les unió también.

Se encontraron en el gimnasio y fueron al salón de pesas, estaba vacío, la mayoría se dedicaba a practicar formaciones o a hacer gimnasia en ese momento. Estuvieron una hora entrenando sin hacerse omegas. Tarion se había vuelto casi tan fuerte como Brundir y a Aradriel ya la superaba. Luego levantaron pesas usando sus omegas y para sorpresa de ambas, Tarion, estando en extremo emocionado, las superó por poco. Aunque el esfuerzo lo desgastó más que a ellas y tuvo que detenerse por el calor que producía.

Después de terminar se bañaron, se vistieron y se juntaron para ir a comer. Mientras caminaban por la plaza, fueron interrumpidos por dos compañeras que llegaron desde la entrada.

—¡Aradriel, espera!

—¿Idir? ¿Qué pasó?

—Hay unos tipos que dicen venir de parte del senador Marco Tulio Derzo, dicen que deben hablar contigo y traen supuestas órdenes del senado, aunque no me permitieron leer que decía.

—¿Quién es ese? —preguntó Tarion—. Me suena, creo que escuché a mi mamá hablar de él hace mucho tiempo.

—Ese es un supuesto liberal que preferiría ver a nuestra gente pasando paramos con tal de tener a sus sucios seguidores viviendo de gratis. Como me odia el maldito, por cierto… ¿Que querrá ahora?, siempre está hablando mal de mi porque le digo sus verdades frente a la reina en las reuniones con el consejo y los senadores. Creo que tampoco se llevaba bien con tu mamá, al igual que yo, ella era una ferviente nacionalista conservadora. Según tengo entendido.

—Aún lo es... Tiene sentido, ahora que recuerdo, ella no decía nada bueno sobre él.

—Idir, déjalos pasar. Si quieren decirme algo que vengan hasta acá, no caminaré hacia ellos. Estaré en el comedor.

—Son ocho soldados del tribunal y vienen armados hasta los dientes, ¿no importa? —preguntó Idir.

—Déjalos que pasen con sus armas, me da igual… Sería interesante si intentan arrestarme aquí adentro.

Tarion y Brundir se miraron y rieron.

—Me encantaría ver que intenten algo tan estúpido, de verdad que sería divertido —dijo Tarion.

—Es cierto... Les diré que te busquen en el comedor —respondió Idir sonriendo.

Solo les dio tiempo de sentarse y comer un par de panes, los soldados del tribunal llegaron haciéndose notar con sus sincronizados y disciplinados pasos. Portaban escudos redondos de gran tamaño, armaduras plateadas y yelmos cerrados, sus capas y crestas eran color azul. Al ver la manera arrogante de entrar en su comedor, la mayoría de las amazonas quedaron alerta. El salón entero se silenció y más de una veintena de ojos seguía cada paso de los soldados con detenimiento. Ellos no lo notaron, pero Dafnir y Selenis se les pusieron atrás y los siguieron, espadas en mano. Al ver eso, otras decidieron hacer lo mismo y se les unieron desde los puntos ciegos de los soldados, caminaban despacio y sin hacer ruido, manteniendo un perfil bajo.

Aradriel miró al líder de los guardias sonreída y dijo en voz alta: —Tranquilas hermanas, yo los dejé pasar con armas, pueden guardar sus espadas.

Los ocho soldados por fin prestaron atención a su alrededor, miraron a sus costados y hacia atrás. Vieron hermosas amazonas guardando sus espadas, todas con una sonrisa. Ellas enfundaron sus espadas y se volvieron a sentar, excepto Selenis y Dafnir quienes guardaron sus espadas, pero no se retiraron de la retaguardia.

—¿Ellas no iban a atacarnos de verdad? ¿O si comandante? Usted sabe lo que significaría un asalto a un representante del alto tribunal del senado.

—Ellas solo están protegiendo a su príncipe, soldado… Supongo que usted sabe lo que significaría un asalto a un miembro de la familia real —respondió Aradriel mirando a Tarion, quien se sentaba a su lado.

Tarion se levantó y puso las manos sobre la mesa. —¿Y se puede saber que rayos quieren con mi princesa favorita? Están interrumpiendo mi almuerzo con estas hermosas doncellas, y eso no me agrada muchachos, hablen rápido o me molestaré.

—La doncella de la guerra enfrenta una acusación por homicidio en masa, otra por destrucción de propiedad y una por extralimitación de funciones.

Aradriel se levantó de golpe y le arrebató el pergamino al sujeto. Lo escudriñó de arriba abajo, murmuraba y movía los ojos de lado a lado leyendo con rapidez, con el ceño fruncido y la nariz arrugada.

—¿Pero qué mierda es esta? Ahora resulta que los imbéciles del senado me acusan de hacer mi trabajo… ¿Homicidio en masa?, tremenda estupidez, solo nos defendimos ante una emboscada, fue el procedimiento correcto, se nos atacó con fuerza letal y respondimos de la misma manera hasta neutralizar el peligro… Pero según esta redacción, arrastramos civiles fuera de sus casas y los ejecutamos, para luego quemar la aldea… Yo misma castigaría a cualquier soldado de la reina que actuase de esa manera, aun si fuera en contra de extranjeros buenos para nada.



D.C. Brugiatti

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En el texto hay: romance, guerra, peleas y accion

Editado: 25.10.2019

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