El Lobo y la Princesa Roja: El Príncipe de las Amazonas

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Infierno en la Ciudad Fortaleza

La gigantesca llamarada del aceite de dragón iluminaba la noche de Helas, los gritos de la gente llenaban las calles y la guardia civil no sabía si combatir los numerosos incendios o a los enemigos desconocidos, quienes dispersos por las calles sembraban el terror fomentando disturbios y saqueos.

Tras un lento avance por las calles llenas de escombros y barricadas, los escudos negros que salieron del tribunal por fin llegaron al mercado. Había focos de lucha aquí y allá, no sabían quién era quien, pero cuando sus vagones de guerra llegaron hasta el medio del mercado, los guardias civiles se replegaron hacia ellos y así supieron a quienes ayudar. A la vez, vieron como los saqueadores y soldados disfrazados se agruparon para enfrentarlos, eran al menos 100.

Dejaron caer las rampas de sus carruajes y bajaron. Escudos grandes al frente se formaron, siguiendo la voz de Brundir. Solo eran 24 al frente y 14 detrás con equipamiento de asalto, entre ellas estaban Tarion y Aradriel. Avanzaron como un muro con sus espadas escondidas detrás de los escudos. Antes de chocar, gritaron y corrieron hacia los enemigos.

Rompieron la precaria formación de sus enemigos sin problema y los hicieron separarse. Jabalinas volaron desde atrás, causando varias muertes instantáneas. El grupo pesado se abrió y el grupo de asalto avanzó. Lanzaron una lluvia de jabalinas, dardos de plomo y hachas.

Un grito de furia se escuchó entre la algarabía. Aradriel saltó por encima de sus compañeras y la sola vista de sus ojos de fuego provocó que varios corrieran.

Poco a poco los empujaron contra un edificio, algunos intentaron huir por los flancos, pero se encontraron con furiosas amazonas de ojos brillantes que en poco tiempo los vencieron. Fue una victoria arrolladora y sistemática, ante una oposición débil, casi indigna de enfrentarse a los escudos negros.

Cuando mataron al último se agruparon en el centro de la plaza, no habían sufrido bajas ni heridas graves.

—Ese fuego me preocupa —dijo Aradriel—. Ya deberían haberlo controlado. ¿Y si les pasó algo?

Brundir se quedó mirando hacia las llamas. —Es cierto, opino que vayamos a ver, aunque no podremos ayudar mucho vestidas así.

—No importa, podemos ayudar pasándole agua a los policías o algo así.

El fuego asustaba a los caballos así que decidieron irse a pie. Formaron una columna y trotaron por la calle, los policías se quedaron en el mercado para terminar de poner orden. La gente asustada miraba hacia la calle desde sus ventanas y al ver que eran los escudos negros quienes marchaban triunfantes, salían y les daban gritos de ánimo.

Llegaron a una intersección, el sonido de un cuerno militar las hizo detenerse.

Un sargento de la guardia de la muralla las saludo. Él iba con una tropa de 80 mirmidones bien equipados; soldados de verdad, a diferencia de los policías civiles que dejaron en el mercado.

—Sargento Cayo Grecto de la muralla superior, a su servicio doncellas —dijo el oficial—. Un momento, sus atavíos me parecen demasiado especiales ¿Usted es la doncella de la guerra verdad? ¿Son los escudos negros?

—Asi es, soy la comandante Aradriel Alexandra. Desde este momento asumiré el mando de su unidad sargento. Con suerte solo ayudaremos a apagar el fuego, si no, igual nos serán útiles para enfrentar al enemigo, sea quien sea.

—Estamos a sus órdenes comandante... ¿Dónde está el resto de su batallón?

—Disperso por las calles alrededor del mercado, hay disturbios por todos lados allá. Vayan atrás de la columna, rápido, no hay tiempo que perder.

Cayo Grecto llevó a sus hombres al final del grupo y se formaron igual que ellas.

—¡Adelante! —dijo Aradriel señalando con la mano, y todos se pusieron en marcha.

Pasaron un par de cuadras a trote ligero y llegaron al foco del incendio. La calle se abría en una pequeña plaza y el taller estaba en el centro, aislado de los edificios comerciales. No había nadie intentando apagarlo.

Una de las chicas de la unidad pesada intentó acercarse para ver hasta donde podían llegar, se le quemaron las cejas y las plumas de su yelmo se incendiaron como velas.

—¡Schiesse Erica, no seas idiota! —dijo Brundir—. Eso es aceite de dragón, un poco más cerca y te habrías cocido en tu propio jugo dentro de la armadura.

Ella reía como tonta viendo las plumas chamuscadas en su yelmo.

—No pude evitarlo, quería ver si las historias eran ciertas... vaya que arde esa cosa.

—Ja, ja, ja... Vuelve al grupo.

Tarion se les acercó. —¿Nunca han usado flechas bomba? ¿O Granadas?

—Pues no, solo entrenamos con flechas de práctica llenas de pintura, está prohibido usarlas dentro de la ciudad —respondió Brundir.

—Yo solía cargar diez conmigo en la silla de mi grifo, es increíble el poder que tiene ese fuego... Y pensar que el fuego de los antiguos dragones era aún más caliente.

Los escudos negros se acercaron hasta donde les permitió el calor para investigar, pero los mirmidones se quedaron al margen. Había rastros de sangre en el suelo cubiertos de tierra. Aradriel retrocedió y fue donde Cayo Grecto.

—Sargento, ¿Tiene idea de qué pasó con los policías que debieron llegar aquí primero?



D.C. Brugiatti

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En el texto hay: romance, guerra, peleas y accion

Editado: 25.10.2019

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