El Lobo y la Princesa Roja: El Príncipe de las Amazonas

Tamaño de fuente: - +

El Día de Alexandra

Llegaron al palacio en un carruaje de lujo para el banquete, el único carro de lujo de todo el Máximo. Ambos vestían ropa de la más fina seda plateada del bosque, de un gris pálido y satinado que la hacía ver como metal. Llevaban sus diademas del bosque, de plata, y con diamantes y zafiros incrustados. Subieron las blancas escaleras ante la admiración de todos, aun los más nobles aristócratas quedaban fascinados con la presencia de los dos príncipes que parecían salidos de un libro de historia o de una pintura de antaño, de la época cuando los elfos lobo eran muchos y su imperio poderoso. Andrea y Dafnir iban con ellos, sus armaduras recién pulidas relucían, y su gran porte y belleza solo eran opacados por las de aquellos que protegían, sus largos cabellos ondeaban igual que sus capas carmesís y sus hermosas sonrisas demostraban lo felices que estaban de participar por primera vez de una fiesta de la reina. A parte de sus espadas, Dafnir llevaba su gran hacha adornada con una cinta y un lazo rojo, y Andrea portaba a Igniden con una bandolera de cuero en su espalda.

Anethea los esperaba junto a la gran puerta con un grupo de sus guardias, quienes la abrieron y les hicieron una calle de honor hasta sus asientos. Ella tenia un largo vestido blanco con bordados de hilo de oro, varios collares de diferentes tamaños y formas adornaban su cuello y escote. Al verla comprendieron que aun con sus mejores galas no superarían a la reina Helas, no por muchos años al menos, tal vez algún día, cuando ella ya no estuviera.

Llegaron hasta el trono de la reina y se sentaron a sus dos lados mirando hacia el salón desde lo alto. Largas mesas dispuestas verticalmente hacia la entrada, cada una con decenas de sillas, y cubiertas con finos manteles blancos. Bandejas con frutas y nueces servían como decoración en cada mesa, y como entradas para degustar mientras se servía la comida principal y las bebidas que parecían infinitas.

Toda la elite de Helas estaba reunida ahí, y uno a uno los invitados fueron donde la reina a presentarse. Militares y políticos, empresarios y ministros, nobles y líderes obreros, atletas y artistas. Cuando el último pasó por el trono para saludar, Anethea le dijo a Tarion que diera su discurso de apertura, y luego él y Aradriel protagonizaron el primer baile de la noche con una suave y dulce tonada que parecía no tener fin.

—¿Cuánto llevamos bailando? —preguntó Aradriel mientras giraba tomada de la mano de Tarion.

—No lo sé, ¿un día entero tal vez? Solo sé que no quiero que termine nunca.

—El baile terminará pronto, pero esta magia no terminará nunca —dijo Aradriel abrazándolo al terminar su vuelta.

—¿Es eso lo que siento? ¿Magia? —preguntó Tarion dando una vuelta igual a la de ella.

—No lo sé, pero estoy segura de que así se debe sentir, pues nunca había sentido algo igual.

—Creo que tienes razón, yo tampoco había sentido algo así. Ni la poderosa presencia de Geos se sentía tan intensa como esto.

La música terminó y fueron celebrados con aplausos. Se inclinaron saludando a los invitados y Tarion exclamó:

—¡En nombre de mi tía, les doy la bienvenida oficial al banquete de Alexandra! ¡Que comience la fiesta! ¡Y que la diosa los bendiga en el nuevo año!

Se volvieron a sentar junto a Anethea, quien solo observaba todo con su típica mirada inexpresiva. Tenía la espalda encorvada, con los codos en el trono y las manos cruzadas frente a su boca, como si pensara en resolver todos los problemas del mundo ella sola. Anethea miró a su izquierda y luego a su derecha, Aradriel y Tarion estaban recostados a sus asientos, mirándose fijamente por detrás de ella, casi no parpadeaban y no se distrajeron con ella. Ella vio a Tarion a los ojos hasta que él le prestó atención.

—Tía, debo disculparme, pero tengo que llevarme a tu princesa un momento.

Ella sonrió y señaló una puerta a un costado. —Si siguen ese pasillo, llegaran a un solitario balcón con una vista muy hermosa... Tu tío y yo solíamos pasar noches enteras ahí charlando, y tomado vino… Extraño esos días… Pero ya nadie lo utiliza, ya no hay romance en mi vacío palacio —concluyo Anethea suspirando.

Tarion se levantó y sostuvo la mano de su tía un instante hasta que ella alzó la mirada y sonrió asintiendo.  Fue donde Aradriel y le pidió la mano para que lo acompañara. Le dijo a Andrea y a Dafnir que no dejaran pasar a nadie por esa puerta detrás de ellos.

Caminaron agarrados de la mano por el largo y oscuro pasillo. A medida que avanzaban el sonido de la fiesta se atenuaba al punto que solo sus pasos se escuchaban. Subieron una alta escalera de caracol y llegaron al balcón al final de un pasillo. Se recostaron en el borde mirando hacia la ciudad.

La brisa soplaba y un par de necios mechones del cabello de Tarion se le iban hacia la cara. Aradriel lo vio y se los recogió detrás de las orejas.

—Tienes el cabello bastante largo.

—Quería verme más elfo, pero la verdad es que nunca he logrado acostumbrarme.

—Si quieres te lo puedo cortar, tengo buenas manos… Me gustas más con el cabello corto, debo admitir.



D.C. Brugiatti

#3170 en Fantasía
#1456 en Personajes sobrenaturales
#4111 en Otros
#643 en Aventura

En el texto hay: romance, guerra, peleas y accion

Editado: 25.10.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar