El marqués de Logorrillo

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El marqués de Logorrillo

El marqués de logorrillo

A media tarde, Rosario Peláez pidió un taxi para que la recogiera en la puerta de su casa, en el centro de Madrid, con destino a la residencia del marqués de Logorrillo, en las afueras de la ciudad. Minutos antes había recibido una enigmática llamada del secretario del marqués, quien la invitaba a tratar un asunto de máxima urgencia y de interés mutuo.
Rosario Peláez Cruces, funcionaria del Gobierno español, era conocida por ser una de las más rápidas entre las estenotipistas oficiales del Parlamento. La velocidad de sus dedos, la capacidad de atención y una larga experiencia después de treinta años de oficio la situaban entre las mejores transcriptoras del momento.
En apenas treinta minutos de trayecto, el taxi se adentraba en los jardines de un sobrio palacete herreriano de finales del siglo xvi. El secretario la esperaba frente a la entrada, y tras hacerse cargo de la carrera del taxi, la acompañó a una de las salas de la vivienda. Sin descubrir aún la razón de la cita, le comunicó que el hijo del marqués la recibiría en unos minutos.
Rosario aprovechó la espera para contemplar la inmensa biblioteca que cubría las paredes de la sala. Algunos escudos heráldicos tallados en madera y antiguos retratos de familiares completaban la oscura decoración del lugar.
Se abrieron las puertas de una sala anexa y apareció la figura del secretario, que la invitó a entrar al despacho contiguo.
Tras un lustroso escritorio de nogal, la aguardaba el hijo del marqués, un hombre espigado, de unos cincuenta años de edad. Vestía un traje de corte clásico y lucía unas gafas de pasta negra que, sobre un generoso pelo blanco, le agraciaban el semblante intelectual.
—Bienvenida, señora. Siéntese por favor.
—Gracias.
—En primer lugar, permítame agradecerle su pronta disponibilidad. La he citado para tratar con usted un asunto familiar del que le pido máxima discreción.
—Usted dirá.
—Trataré de ser breve. Mi padre, que siempre ha sido un hombre metódico y de costumbres fijas, cambió su comportamiento hace unas semanas. Dejó de manera progresiva sus hábitos diarios, la rutina matinal, los paseos por el jardín, meditaciones, lecturas. Varió la conducta hasta su actual estado, que los médicos han diagnosticado como Taquipsiquia. Para que lo entienda, es un aumento de la velocidad del pensamiento, una fase acelerada de la actividad psíquica que conduce a comunicar una lluvia masiva de ideas del interior de la mente. 
—¿Y en qué creen que yo pueda ayudarles?
—Conocemos su reputación y cualificadas capacidades como taquígrafa. Nos complacería que usted dirigiera un grupo de trabajo con el fin de recoger la información que mi padre ha empezado a transmitirnos. Queremos hacer una transcripción de su pensamiento y de sus ideas, en apariencia desordenadas. Más tarde, un departamento de intérpretes se encargará de filtrar y descifrar dicha información hasta hacerla comprensible —le explicaba el hijo del marqués a Rosario, con la certeza de recibir una respuesta afirmativa—. Le facilitaremos lo necesario para que su incorporación sea inmediata.
—Entiendo lo que me plantea, pero me va a resultar imposible. Soy la primera estenotipista oficial del Parlamento y he de cubrir las sesiones diarias. Las próximas jornadas de comisiones parlamentarias, a buen seguro, van a resultar extenuantes, y no dispondré de más tiempo.
—Como le he dicho, le facilitaríamos lo que convenga. Le ofrecemos multiplicar su actual remuneración por la cifra que crea más oportuna. Podrá disponer de todos los medios a nuestro alcance para lo que precise. Nuestro deseo es que sea usted, y solo usted, quien se haga cargo de la dirección de este minucioso trabajo.
Rosario agradeció el interés por sus servicios y pidió unos días para pensarlo.
—Le rogamos nos dé una respuesta lo antes posible —dijo él—. Mi padre ha empezado su despliegue de ideas y urge registrarlas.
Rosario volvió a su casa para valorar la oferta recibida, en compañía de su dócil gato Rufián, llamado así en honor a la sosegada oratoria del joven político catalán.
Los reflejos del sol del atardecer acariciaban el sencillo mobiliario vintage que decoraba el apartamento de Rosario. Ella, una mujer de costumbres sencillas, disfrutaba bajo la efímera luz que se colaba por el balcón, con un buen libro y una taza de té.
Sin hijos y viuda desde hacía años, vivía la proximidad a la jubilación con la incertidumbre de un futuro distinto a lo imaginado. Consideraba que su mejor época había pasado y vivía con nostalgia un periodo de espera.
Tal vez, ese nuevo proyecto era una oportunidad económica que no debía dejar pasar y, por qué no, la oportunidad de volver a formar parte de una aventura que despertara en su interior las olvidadas sensaciones de juventud.
A la mañana siguiente, Rosario se presentó ante la responsable de personal del Parlamento para consultar la posibilidad de una excedencia temporal. Se la concedieron a regañadientes y esa misma tarde dio una respuesta afirmativa a la singular propuesta de trabajo.
—Es una gran noticia, señora —le contestó el hijo del marqués—. Será un placer contar con su colaboración. Mañana a primera hora, un coche la recogerá y la trasladará a nuestra residencia. 
Durante una larga conversación, concretaron lo necesario para realizar las transcripciones, el personal asistente, las máquinas y ordenadores, y establecieron una pauta de trabajo para afrontar la organización de tan compleja estructura. Rosario les explicaba que, del mismo modo como sucede en el Congreso, por cada diez minutos de registro necesitaría una hora de trabajo de despacho para el proceso de transcripción. El marqués le ofreció la contratación de los asistentes necesarios para realizar la faena. 
Por la tarde, Rosario aprovechó para acercarse al trabajo y despedirse de sus compañeras. No les explicó las verdaderas razones de su ausencia, discreta sobre el proyecto, tal como el marqués le había solicitado.



Gabi Domenech

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En el texto hay: ficcion, estenotipista, taquipsiquia

Editado: 14.10.2019

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