El mejor regalo

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La carta

Mi madre siempre decía que la vida tiene vueltas inexplicables y que lo que está destinado a nosotros, regresa como un bumerán. Nunca había entendido sus palabras hasta esa mañana de diciembre, cuando el cartero trajo hasta mi puerta una carta que no esperaba recibir.

Traía mi nombre y mi dirección al frente y una estampilla que ya conocía. Recibí la carta con firmeza y recién me derrumbé cuando cerré la puerta de mi propiedad, donde la oscuridad y la soledad se apoderaron de mí.

Me tragué las lágrimas para no llorar y gruñí rabioso cuando entendí que aún me dolías. Me reí después, prisionero de un cúmulo de sentimientos que no sabía cómo interpretar y es que me había estado engañando por meses. Cuando creía que ya no me importabas y ni siquiera recordaba tu cara, la carta que el cartero me había traído, me había hecho añicos en dos segundos.

Y es que no era un mito, cada vez pensaba menos en ti; de todo el día pasé a pensarte solo el medio día. Después de tres meses, pasé a pensar en ti solo un segundo y aunque me decía a mi mismo que un segundo no era nada, en ese segundo vislumbraba el amor infinito que sentía por ti.  

Un arrebato me dominó y arrugué el trozo de papel entre mis manos, y tras hacerlo una pelota, lo lancé lejos para llorar en silencio, prisionero de ese dolor y de esa tristeza que no me dejaban en paz.

Desperté cuando el teléfono timbró y corrí a coger la llamada. No quería preocupar a nadie por lo que me había propuesto sociabilizar al menos desde mi casa. Mis padres llamaban a diario y mi hermana menor me visitaba cada tarde cuando salía del colegio.

Era mamá y como cada mañana, llamaba para saber de mí. Temía que me suicidara o que me abrazara a una botella de vino por mi notable depresión.

Suspiré fatigado antes de responder. Sentí mi cuerpo temblar por la ira que me recorría.

—Estoy bien, mamá —siseé nervioso, pues ella me conocía mejor que nadie y no quería mostrar mi lado débil con ella.

Me habló de mi hermana y de su graduación, de su ultimo día de escuela y me pidió que la felicitara y que le regalara algunos dulces.

Finalicé la llamada y el pulso ya no me temblaba, la ira que sentía por recibir la carta de mi ex se había esfumado como su falso amor.

Pasé la mañana en la cocina, preparando el almuerzo y la cena de navidad y me paseé por mi casa en silencio, deambulando como un fantasma. Organicé algunas entregas y cuando me preparaba para marchar, mi hermana apareció. Traía el uniforme escolar completamente destruido y el cuerpo lleno de escarcha.

Le dije que iría al correo a terminar trabajo extra y la autoricé a bañarse y a comer algo mientras yo regresaba.

Caminé escondido bajo una gorra de visera y una chaqueta de cuello alto y aunque hacia calor, no me importó, yo me escondí como siempre hacía. Estaba en la boca de todas las vecinas, las que buscaban emparejarme con sus hijas solteras.

Mi madre se había encargado de contarles a todos nuestros cercanos mi fracaso amoroso y como había terminado siendo rechazado por la mujer a la que le había ofrecido incluso el universo. Ella me había dejado después de ocho años de relación, cuando la fecha del matrimonio se acercaba y me había cambiado por su compañero de trabajo, dejándome tan destruido y agonizante que me había visto forzado a mudarme y a comenzar desde cero.

—Te limpié un poco —siseó Rafa, mi hermana menor, sonriéndome con dulzura—. Te esperaba para almorzar —dijo y asentí gruñón—. El cartero te trajo esto… —musitó ofreciéndome la carta de mi cruel ex, la misma que había recibido en la mañana, pero que ahora estaba intacta, no arrugada ni destrozada.

Arrugué el ceño.

Quiso abrirla, pero me negué con temor y se la arrebaté de las manos para despedazarla. La hice añicos con mis rápidos dedos y jadeé cuando la terminé lanzando al basurero que tenía junto al refrigerador.

Mi hermana me miró con cara de horror y aunque hizo algunos comentarios pesados, comprendió mi molestia porque se quedó callada mientras servía la comida.  

Comimos sumidos en una charla que no me gustó, pero que tuve que seguir para olvidarme de los recuerdos que mi ex traía hacia mí como una ponzoña que se clavaba directo en mi corazón.

Después, Rafa se quedó dormida en el sillón de mi humilde sala, viendo televisión y comiéndose los chocolates que le había regalado por graduarse.



Caro Yimes

Edited: 13.12.2018

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