El Milagro de la Ciudad Maldita

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El Bosque Maldito

El cielo estaba inundado de nubes grisáceas, como siempre, que se iban oscureciendo en la dirección a la que ellos debían dirigirse. Lancer se detuvo a indicarles exactamente cuál sería el camino que tomarían para llegar al Bosque Maldito, un lugar que había aparecido tras la Gran Catástrofe, un bosque repleto de enormes espinas y horridas criaturas. Cicely abrió el mapa para inspeccionarlo, y al verlo se quedó sumamente confundida. Llamó a Adducantur y le señalo las ubicaciones en el mapa, mostrándole que según aquello la destruida aldea de Lancer debía encontrarse al Noroeste del Bosque Maldito de Spinae, y según el Guerrero Negro, tenían que dirigirse nada más al Este en vez de dirigirse al Sureste.

—Ese mapa tiene errores. —intervino Lancer —Probablemente el hombre que les dibujó el mapa cometió algunos errores, pero nada que no se pueda solucionar. Conozco los alrededores como la palma de mi mano, y sé muy bien que el bosque está al Este, y al Sureste desde allí se puede llegar a Tonitrua, que bordea el Mar Tacet junto a una cadena de montañas y montes, estando el Monte Lit más al Norte.
Cicely lo miró sorprendida, y luego levantó al Collar para corroborar con él si aquello era verdadero. Pero el mineral no pronunció ni una sola palabra, siquiera llegó a iluminarse. Lancer ladeó la cabeza, y le preguntó a Diripiat por qué Cicely intentaba hablarle a una piedra.

—Ese Collar sabe hablar, por alguna razón. Fue quien nos dijo las ubicaciones de las Manos de Caín y ayudó a dibujar el mapa. —respondió Diripiat —Pero ahora no parece estar de ganas. No importa, no podemos continuar retrasándonos.

Adducantur se encontraba completamente ajeno a la conversación, pues estaba distraído con la pequeña Esperanza, quien miraba fascinada las misteriosas e imponentes llamas del Monte Lit, lejos en el Este. Apenas podía ver como brillaban sus grandes ojitos.

— ¿Por qué hay fuego sobre ese lugar, Ángel? —preguntó Esperanza, pero de pronto se interrumpió, tapándose la boca con una mano.

— ¿Ángel? —dijo Adducantur, desconcertado.

—Bueno… El otro día…

La chiquilla hizo una pausa para pensar. Luego meneó la cabeza rápidamente y se acercó a donde estarían los oídos de Adducantur.

—Soñé con usted hace mucho.

Adducantur se quedó sobrecogido. No entendía cómo era posible que una persona con la que jamás se habían visto en la vida hubiera sido capaz de soñarlo y luego reconocerlo en persona. Estaba a punto de pedirle a Esperanza que le contase con detalles su sueño, cuando fueron interrumpidos por Diripiat.

—Debemos marcharnos, no hemos venido a dar un paseo. — dijo fríamente.
Adducantur se disculpó y se acercó nuevamente al grupo, a pesar de que muy en el fondo deseaba ansiosamente saber qué había visto Esperanza en su sueño. Cicely, quien se había desviado de la conversación de Diripiat y Lancer en cuanto habían empezado a hablar del Collar, les había prestado suma atención, y a pesar de no haber sido capaz de escuchar sobre qué murmuraban, le daba calidez verlos juntos. Pero la pequeña Esperanza ahora se negaba a decir una palabra acerca de eso, fuese en voz baja o alta, dándoles como única explicación una negación de izquierda a derecha con su cabeza, en ocasiones moviendo sus negros cabellos como una cortina meneada por dos corrientes de viento fuerte; Diripiat y Lancer parecían más bien estar absortos en seguir adecuadamente el camino que en prestarles atención a sus tres compañeros.

Pasadas cuatro horas de caminata, mientras caminaban por una zona casi llana, empezaron a aparecer a los lados unas enormes y extrañas rocas rectangulares y cuadradas casi perfectas, completamente cubiertas por suciedad y tierra, haciendo irreconocible la superficie real de cada una. Colocadas de forma irregular, muchas parecían estar metidas e inclinadas dentro del suelo, y mientras avanzaban unas gruesas y alargadas raíces espinosas comenzaban a aparecerse sobre las rocas o rodeándolas.

—Esto, es obra de esas dos. Han enterrado todo este lugar bajo la tierra seca, y han dejado que se cubriera en polvo. —se lamentó Lancer.

— ¿Qué era este lugar? —preguntó Adducantur.

—Una ciudad. —replicó Diripiat.

Adducantur se giró rápidamente para observar las rocas, y fue capaz de ver los despojos de unas ventanas en una de ellas, en medio del polvo y las raíces. Llegaron entonces a un declive del terreno que los separaba por una pendiente lisa de la continuación del suelo firme a unos quinientos metros de altura. Desde allí se veía con claridad el Bosque Maldito de Spinae: formado por estrafalarios y muy altos árboles verdes y alargados sin hojas, cubiertos por grandes espinas blancas y largas. Abarcaban casi toda la zona, y nada se veía más allá de los árboles, sino el Mar Tacet. Al centro de todo aquel conjunto de anormales plantas se abría una suerte de túnel hecho de tallos gruesos y espinosos, que los conduciría al interior de aquel excéntrico lugar. Todo el camino hasta la entrada estaba atestado de raíces espinosas que salían y volvían a meterse en la tierra en todas direcciones, especialmente hacia donde estaban las rocas gigantes. Diripiat y Lancer descendieron derrapando por el declive, mientras que Adducantur bajó volando lentamente con Cicely en brazos y Esperanza en sus hombros. Una vez abajo continuaron caminando con cierta cautela, debido a la posibilidad de que las raíces pudieran moverse y atacarlos, cosa que, para suerte de ellos, no sucedió. El túnel se encontraba cada vez más cerca, y eran capaces de contemplarlo con mayor terror e impresión tanto a la entrada como al bosque en sí. Proyectaba en su interior un color similar al turquesa o verde agua con ayuda de la luz exterior, y la iluminación disminuía hasta el fondo del mismo, en donde ya nada podían apreciar sin entrar. Cuando ingresaron al pasillo de tallos espinosos, se sumergieron en aquella luz celeste-verdosa, y caminaron lentamente hacia el final del pasaje por un largo rato. El suelo de a poco se convertía en raíces con una que otra espina, por lo que Cicely tuvo que ir esquivándolas, a diferencia de los Guerreros, que simplemente las pisaban sin miedo, como si fuesen pequeños papeles. Para suerte de Esperanza, el túnel era lo suficientemente alto como para no aplastarla en los hombros de Adducantur, y apenas veía una espina cerca de su cabeza el Guerrero Rojo la quitaba con la mano, recibiendo siempre un pequeño y suave “Gracias” de la niña.



M.T.G Ángel

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En el texto hay: fantasiaepica, angeles, demonios

Editado: 15.01.2020

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