El Milagro de la Ciudad Maldita

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Conversación en la cueva

Tras la batalla con Luctator y sus esbirros alados, Adducantur y Lancer partieron el objeto metálico por la mitad, y al hacerlo, las nubes sobre ellos estallaron en numerosos truenos. Pero el objeto ya se había desintegrado para cuando regresaron su atención al mismo, y nada más les quedó que emprender el camino de regreso al pie de la montaña, esta vez sin los peligros de la tormenta eléctrica. El descenso les resultó mucho más fácil que el ascenso, por lo que estuvieron en la cueva justo para el anochecer. Se tiraron al suelo con las espaldas contra las paredes, exhaustos.

—Parece que hubieran pasado años desde la última vez que me senté. —dijo Cicely.

—El camino hasta arriba ha sido duro desde el principio, cuando arribamos aquí hace dos días. —dijo Adducantur.

—Aún nos queda mucho camino por recorrer, así que les recomiendo comenzar a acostumbrarse. La Montaña Tonitrua es cruel, como se dice, pero no dudo de que el resto de la Tierra Seca espera repleta de caminos difíciles y cansadores, como de temibles peligros. —dijo Diripiat.

—Las cosas son como Diripiat lo dice, el mundo hoy en día es un desierto de muerte si no se está preparado, mentalmente más allá de cualquier cargamento o fardo de alimento que se lleve. —dijo Lancer —Y ya que lo he mencionado… ¿Les quedan todavía de sus frutos?

Esperanza abrió el saco y se lo enseñó a Adducantur: quedaban ya muy pocos, apenas como para un mes si se lo repartían sabiamente entre Cicely y Esperanza, reduciendo bastante las raciones.

—Creo que algunos se cayeron cuando nos perseguían esos horrendos emplumados voladores, o quizás en ese feo bosque. —se lamentó la niña.

—Parecen tener para un tiempo más, pero sin embargo, no será suficiente. —dijo el Guerrero Negro.

—Qué problema… ¿De dónde sacaremos más? —dijo Cicely, comenzando a inquietarse ante la imagen de morir de hambre.

—Es probable que debamos volver a alguna de sus aldeas, pues no creo que haya otro Árbol del Edén muy cerca.

Diripiat giró la cabeza para mirar al exterior, pensativo. Entonces recordó algo, y observó inmediatamente a sus compañeros.

—Préstame el mapa. —dijo Diripiat a Cicely.

Ella lo sacó desde su pantalón y se lo entregó, desenvolviéndolo. Diripiat lo estudió atentamente, y encontró justo lo que buscaba. Lo tendió entonces sobre la roca del suelo, indicando un punto específico.

—Aquí, en la Frontera Este de la región, hay otro Árbol sin aldea.

— ¿Un Árbol del Edén sin aldea? —inquirió Cicely.

—Existe alguien quien se encarga de proteger la Frontera Este de cualquier enemigo venido desde aquella región dominada por el Rey Umbra, y para acoger a cualquier pobre Ser necesitado de alimentos y buen aire. Otro Guerrero del Paraíso.

— ¿De quién estás hablando? —preguntó Lancer.

—Equitem, viejo amigo. Tuvo desde siempre esa misión, y no se involucró cuando nosotros fuimos a buscar supervivientes. Decidió permanecer en aquel páramo desolado por si algún mal se precipitaba otra vez desde el Este.

—Bien, entonces saldremos por la mañana rumbo al Este, bordeando el precipicio Sureste y evitando acercarnos hacia Lit por ahora.

—Entonces debemos cruzar por el Cañón del Prodigium. — dijo Adducantur, observando el mapa.

—Así es. Será bueno que descansemos en este instante y continuemos nuestro camino. —dijo Diripiat, cuando fue interrumpido.

— ¡Esperen! —exclamó Esperanza repentinamente en voz alta —Hay algo que quiero saber.

— ¿Qué es lo que sucede, pequeña? —dijo Adducantur, acercándose desde donde estaba.

— ¿Cuantos Guerreros existen, y si están aquí, por qué permitieron que los Ruina lo destruyan todo?Lancer observó a Diripiat, como si le estuviese pidiendo que diese la explicación.

—Esa es una historia interesante, y mucho más larga de lo que parece. —dijo Diripiat, poniéndose de pie.

—Muy buena pregunta, Esperanza. —le susurró Adducantur.

“Existen tres grandes grupos o ejércitos de las fuerzas divinas: Los Guerreros del Paraíso, los Caballeros de los Dragones, y los Arcángeles. Todos fuimos enviados para proteger la vida de la Influencia Oscura en este planeta, conocido por sus habitantes como la Tierra, de diferentes maneras y en diferentes lugares. Sin embargo, el Señor de Todas las Tinieblas comenzaba a ganar territorio, todo a causa de los mismos Seres humanos, que cada vez se volvían más egoístas, crueles, inconscientes y miserables, tanto con los suyos como con los animales, plantas e insectos. La gente buena se veía siempre oprimida o rebajada, se daba lugar a humillarlos o tomarlos por ignorantes, y cada vez eran menos las ocasiones en que se lograba algo para el bien de todos. Y el Oscuro no dejó pasar la maravillosa oportunidad que tenía en frente, después de tantos siglos de corromper las mentes de los humanos: juntó todas sus fuerzas, y desencadenó un poderoso ataque sobre este suelo, ordenándole a cada esbirro que adaptase una forma física capaz de herir y destruir a cada Ser viviente. Esto es lo que ustedes conocen como la Gran Catástrofe. Fue desolador, y sus fuerzas vinieron con tanta ira y poder, que no fuimos capaces de hacerles frente. Es algo que hasta hoy me avergüenza.”



M.T.G Ángel

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En el texto hay: fantasiaepica, angeles, demonios

Editado: 25.01.2020

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