El Milagro de la Ciudad Maldita

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La Espada de la Perdición

Lo observaba desde arriba, con soberbia, mientras los demás permanecían congelados del terror, sintiendo que una terrible y gélida mano negra los estrujaba desde el alma. El solo hecho de verlo ocasionaba una sensación perturbadora e inquietante, pues no eran capaces de sentirlo. Era como si hubiera nada en medio del todo.

—Adducantur, la Vanguardia de los Guerreros del Paraíso. —dijo con una profunda y grave voz, como si estuviera lejos, y al mismo tiempo cerca.

Adducantur se estremeció al escucharlo. Había comenzado a temblar, y no era capaz de sostenerse por sí mismo. Caín levantó el espadón lentamente, hasta tenerlo sobre su cabeza.

—Tu corazón se ha ennegrecido, tus emociones se han quebrado, y tus manos han perdido el valor. Ahora, quebraré tu mente, y finalmente estarás en donde debes estar. Te lo agradezco, Espada de la Protección, pues sin ti no podría arrasar con el Oeste.

Caín dejó caer los brazos con el arma en dirección a la frente del Guerrero Rojo, cuando una flecha de luz amarilla lo desvió, logrando salvar a Adducantur por apenas unos segundos. El Soberano de Nod se volteó, clavando sus terribles ojos en Diripiat.

— ¡Lárgate de aquí, Daeiiam maldecido! —gritó Diripiat, quien había vuelto en sí y miraba ferozmente al Cruzado, inspirando a su compañera.

— ¡Él no te pertenece! —exclamó Equitem, con sus látigos preparados.

Caín se irguió y aproximó hacia ambos Guerreros, a pesar de las flechas y latigazos que caían sobre él. De un golpe los derribó a cada uno, hiriéndolos de gravedad. Luego centró toda su atención en Cicely y Esperanza, que comenzaron a arrastrarse hacia atrás, en busca del tronco del Árbol. El Collar se estremeció y tambaleó, como si quisiera salirse del cuello de Cicely. El Soberano de Nod intentó tomarlo con su mano, pero ambas se encontraban ya bajo las ramas del Árbol del Edén Celeste, y un desmesurado ardor lo obligó a quitar la mano de allí. Por un segundo se sintieron a salvo, pero el Soberano alzó el arma, que tenía el alcance suficiente para caer sobre alguna de sus extremidades y obligarla a salir, empalándola y sacándola. En aquel lapso de tiempo, Adducantur se había limitado a observar a Caín, como si de un muñeco se tratase. Pero cuando hirió a Diripiat y Equitem, se inquietó enormemente. Pasaba del temor al odio, pero su cuerpo continuaba sin responder, estático y de rodillas. Entonces vio que se aproximaba a Cicely y Esperanza, y supo entonces cuáles eran sus intenciones. El desprecio se expandió velozmente en su corazón, como la tinta negra derramándose sobre un papel delgado y miserable. Hizo reaparecer la espada, pero con un destello muy opaco, distinto a la luz de siempre, y poniéndose en pie con violencia se lanzó hacia el Soberano de Nod.

— ¡Déjalas en paz! —aulló el Guerrero Rojo.

Caín se volteó rápidamente y lo frenó con el brazo, regresándolo al suelo. Sin embargo, volvió a pararse y a arremeter salvajemente, intentando herir a toda costa al Soberano.

— ¡Déjalas en paz! —repetía con insistencia.

— ¿Y quién me lo dice? ¿el miserable Guerrero Rojo, Adducantur, que nada puede hacer para salvar a sus seres amados? —respondió Caín —Tus manos no esgrimen bien la espada, de lo contrario, ella no habría muerto, ¿verdad?

Adducantur flaqueó. Esas últimas palabras habían sido un verdadero golpe en el corazón para él, una de sus debilidades y traumas más grandes. Sentía que todo lo que aquel vació Ser le decía, era verdad. No era capaz de proteger a absolutamente nadie, pues todo siempre terminaba mal. Era un débil y un cobarde, y nunca se equipararía siquiera con Unguibus. No era ni de cerca la Primera Espada tan esperada, y nunca lo sería. Inmediatamente dio inicio una contienda injusta, en donde uno se encontraba agobiado tanto física como mentalmente, y el otro abusaba de aquellas condiciones para su ventaja. Le propinaba golpes feroces que muchas veces lo hacían caer de espaldas, y un temor gélido, sumado a las heridas regenerándose, evitaba que sus compañeros lo ayudaran por más que quisieran. El Collar continuaba dando tirones, apuntando hacia el borde de la colina que daba al Este. Esperanza observó en esa dirección, a la que curiosamente Caín arrastraba a golpes a Adducantur, y se aterró. Intentó gritar, patear, golpear, pero no podía. Todo su cuerpo se hallaba rígido, a excepción de los ojos.

—Sucumbe a las sombras, Guerrero, pues no le eres útil a la Luz. Pero en cambio, de mi lado serías el guerrero más poderoso del Ejército de Nod. Podrás hacer todo lo que quieras, y nunca se te superará, y ninguna preocupación por proteger tendrás que cargar, más que tu propia vida. —dijo Caín.

Adducantur dudó. Todos los sentimientos que había experimentado en tan pocos minutos estaban mezclados, alterados, y una enorme sombra cubría su mente y corazón. Pero aún un poco de esperanza brillaba en el fondo de su alma, y aquello no le permitía ceder a las oscuras incitaciones de Caín.



M.T.G Ángel

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En el texto hay: fantasiaepica, angeles, demonios

Editado: 25.01.2020

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