El Milagro de la Ciudad Maldita

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El Traidor y el Guardián

Unguibus se apeó del caballo, y mirando en dirección a Equitem, le dio a entender que no lo necesitaría. Caminó unos pasos y volteó nuevamente hacia sus compañeros, de quienes solo Cicely había desvanecido el casco.

—No debemos perder más tiempo, queridos amigos. Mientras yo lucho con Proditor, Adducantur debe abrirse paso hacia la Capital y buscar a Caín en la Cúpula de la Torre de Nod; por lo tanto, ustedes tres deben cubrirlo. Si no lo hacemos ahora, es posible que luego sea demasiado tarde. Lo siento en el interior.
Adducantur se quedó observándolo unos segundos, y luego asintió con la cabeza.

—Nos veremos en cuanto todo esto termine, mi amigo. Te deseo lo mejor a ti, y a ustedes también. —dijo el Guerrero Rojo, y luego se concentró en Cicely —Y a ti en especial, Cicely, te deseo todo lo mejor en la batalla. Te quiero mucho.

Cicely le sonrió, sonrojada, y blandió su lanza en respuesta. De repente Proditor volvió a gritar, y su ejército se lanzó nuevamente a la batalla. Pero las palabras de Unguibus no se alejaban de la realidad, y pronto aparecieron desde todas partes una gran cantidad de Umbras. El Guardián los miró una última vez, y corrió a encontrarse cara a cara con Proditor.

— ¡Vamos, amigos, no fallaremos a nuestro deber! —exclamó Equitem, y sin decir más, cabalgaron cubriendo a Adducantur desde ambos lados, mientras el Saquorum de Unguibus se retiraba a la aldea.
Adducantur le pidió al caballo que fuese lo más rápido que los enemigos se lo permitieran, y relinchando comenzó a correr a velocidad moderada. Los Umbras intentaban abalanzarse sobre él, y Adducantur los cortaba y decapitaba antes de que le pudiesen hacer daño. Proditor lo observó, y supo entonces sus intenciones. Comenzó a correr torpemente entre los Umbras para intentar alcanzarlo, y al no poder ir más rápido, decidió deshacerse de una parte de las sombras que se interponían en su camino, utilizando las mismas palabras con las que destruyó a los Subterráneos. Pero en esta ocasión movió ambas manos, como si estuviese abriendo algo desde el centro. Los Umbras aullaron y se deshicieron tras una onda de energía casi invisible, dejando un amplio círculo libre para correr. Adducantur sintió la onda, y vio a Proditor corriendo hacia él. Pidió de nuevo al Saquorum ir más rápido, y entonces Unguibus se interpuso entre ambos. Proditor aminoró la marcha, y se irguió a unos metros del Guardián.

— ¡Vete, Adducantur, aún tienes tiempo! —gritó Unguibus.

Adducantur no volvió para contradecirlo, a pesar de lo mucho que deseaba voltear para luchar junto a su amigo, y con un enorme peso en el corazón, partió hacia la entrada de la Ciudad Maldita. Por su parte, Proditor lo siguió con la mirada y comenzó a reír en voz alta. Sabía que si intentaba perseguirlo, sería detenido por Unguibus, y prefería darle batalla antes que morir en una persecución sin sentido. Ahora solo quedaba que el Guerrero Rojo alcanzase a Caín en la Cúpula, y toda esperanza para el bien estaría perdida, porque Caín guardaba un inmenso poder en su interior. Sin preocupaciones, encaró a Unguibus, quien no había bajado las armas.

— ¿Vas a quedarte allí sin hacer nada como siempre haces, “Guardián”? —dijo, con soberbia.

—Cumplo con mi misión, Señor de Traidores. —replicó Unguibus, sin inmutarse.

— ¿Así que lo has adivinado? —dijo riendo.

—Lo he sabido todo el tiempo, y por eso mismo te he temido mucho. Pero ya no más, pues no me dejaré amedrentar otra vez, no por el mismo Daeiiam.

— ¿No volverás a retroceder como cuando sucedió la Segunda Conquista, cuando dejaste morir a tantas personas dominado por el miedo? ¿O como cuando permitiste que tu pobre amada se acercase demasiado y terminase enferma a muerte?

— ¡No te atrevas a volver a mencionarla con tu profana palabra, Traidor entre los Traidores!

— ¿Crees que haría caso de un guardián fracasado como tú? Yo haré y diré lo que se me plazca, mientras me sea un beneficio.

—Y así es, y así ha sido por siglos, Proditor de Aceldama, mejor conocido como Iscariote.

Los apéndices planos se retorcieron, alargándose con rapidez hacia Unguibus, quien dio un salto atrás, esquivando el impacto contra el suelo. Corrió a través de la nube de humo, y surgiendo de ella, aprovechó para alcanzar a Proditor a la carrera. Iscariote retrajo los apéndices de la tierra y los dobló para atacarlo por la espalda, pero Unguibus logró alcanzarlo con ambas garras y lo hirió en el pecho, dándole suficiente tiempo de moverse a un lado. Proditor se hizo para atrás, y extendiendo las manos a los lados, materializó dos espadas bracamarte negras, separadas a la mitad de la punta ancha hasta abajo por una grieta roja que se curvaba al medio. Se aproximó con violencia hasta Unguibus, y las espadas colisionaron contra sus garras tres veces seguidas. Los apéndices se expandieron nuevamente con rapidez e hirieron por los lados a Unguibus, atravesando su armadura y enviándolo unos pasos atrás. Iscariote volvió a lanzar las extremidades con violencia, pero esta vez Unguibus los recibió haciendo que pasasen por en medio de las garras, abriéndolos así en tres partes. Proditor aulló de dolor, y se le enrojecieron aún más los ojos. Corrió furioso hacia Unguibus con ambas espadas, e intentó partirlo por la mitad; el Guardián se movió a un lado y le propinó un poderoso golpe en el hombro, clavándole las filosas uñas de las garras. Sangre negra rojiza brotó de su interior, y ante el dolor, reaccionó golpeándola por detrás con la otra espada, despidiéndolo de cara al suelo e hiriéndolo. Alzó ambas bracamartes para finalizar con su vida, pero Unguibus se giró para recibirlo con gran resistencia.



M.T.G Ángel

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En el texto hay: fantasiaepica, angeles, demonios

Editado: 25.01.2020

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