El Milagro de la Ciudad Maldita

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Introducción

La Tierra, un lugar lleno de vida, repleto tanto de conflictos como de paz entre sus propios habitantes, se vio completamente invadida por los Ruina, seres sin piedad provenientes de las tinieblas, que reclamaron todas las superficies como suyas e iniciaron un exterminio masivo; la humanidad se vio directamente obligada a olvidar cualquier diferencia que tuviesen y a trabajar de la mano. Hubo resistencias militares y civiles, pero ninguna fue capaz de evitar "Su" avance.

Cuando ya no quedaba nada, los sobrevivientes huyeron en vehículos, llenos de miedo y con esperanzas de encontrar un lugar mejor, lejos del centro de la pronto llamada “Gran Catástrofe”. Pero el horror no había terminado allí, y no lo haría en muchos lugares, pues durante su carrera el suelo que tenían en frente comenzó a secarse, los árboles murieron uno a uno, el cielo se cubrió de nubes casi tan negras como el humo que despide una fábrica, y los pastos se consumieron como si se los estuviera incendiando. Todo moría frente a ellos por cada metro que avanzaban, por cada segundo que pasaba. Algunas personas fueron capaces de recoger a los pocos animales que se encontraban aún vivos en el camino. Ya nada parecía tener esperanzas, pero no se dejaron imbuir en aquella oscura desesperación y continuaron sin rumbo, o al menos, sin el camino que habrían conocido, pues todo era ahora irreconocible.

Cuando estuvieron lo suficientemente lejos se detuvieron en medio de la nada, cansados y agobiados por la presión y el miedo. Observaron los alrededores desde dentro de las paredes metálicas de los autos, las únicas cosas que ahora los hacían sentir seguros. Apagaron los motores, y un horroroso silencio de muerte cubrió el lugar. De repente, como si aquello hubiera sido una señal, comenzaron a surgir en torno a ellos sombras oscuras, que poco a poco tomaron forma de siluetas casi humanoides. De sus hombros emergieron picos largos y afilados que se inclinaban como olas hacia sus sienes, les aparecieron dos cuernos rectos en las cabezas, y por último, se les encendieron pares de ojos rojos destellantes, y un círculo agrietado carmesí en el centro de sus pechos. Era el fin para ellos, como lo había sido para todos los demás. Pero en el momento más desesperado, los seres oscuros comenzaron a ser desvanecidos por afiladas garras, cortes de una misteriosa lanza y flechas luminosas. Las sombras aullaron horriblemente y desaparecieron. Habían sido salvados.

Aquellos seres les pidieron que salieran, y que los siguieran sin miedo, pues no eran sus enemigos. Fueron guiados todos juntos, incluso los animales, que no parecían temerles, hasta llegar al otro lado de una montaña ahora seca. Fue entonces cuando llegaron al otro lado, que las personas se percataron de lo extraños que eran sus guías. Sus siluetas eran humanas, pero estaban cubiertos por armaduras nunca antes vistas, complejas, cada uno con una especie de piedra redonda y brillante incrustada en el centro del pecho: la Piedra del Ángel, un objeto misterioso e indispensable para estos guerreros; algo que jamás podría haber sido trabajado por la mano de los hombres. Y cada uno de ellos portaba diferentes armas, también de diseños extraños. El primero llevaba garras largas y plateadas, sujetadas en sus muñecas. Otro cargaba una lanza roja enorme y delgada que terminaba en dos puntas cada vez más finas, con toda la empuñadura cubierta de grietas naranjas. Y el último sostenía lo que parecía ser un arco ancho de color blanco y amarillo. Les mostraron un pequeño túnel escondido por un excéntrico símbolo al pie de la montaña, y los invitaron a pasar. Tras caminar por un pasillo iluminado con líneas color azul brillante en las paredes, y llegar a una enorme sala de roca, se presentaron como los Guerreros del Paraíso, explicándoles que habían sido enviados para proteger y mantener a salvo toda la vida que aún estuviese de pie en la Tierra. Aliviados por la noticia, festejaron llenos de alegría al saber que ya no estaban solos en aquel caos. Pero poco duró todo ese gozo, pues recordaron que ya no había árboles con vida, ni comida. La presión y el miedo que les habían ocasionado las sombras había hecho que olvidaran que las plantas habían ido muriendo a una velocidad angustiante en el camino. Pero los Guerreros, notando sus temores, les mostraron unas extrañas semillas del tamaño de una nuez, que resplandecían en color azul. Estas crecerían en Árboles del Edén, que les otorgarían el oxígeno y los alimentos necesarios para su subsistencia, necesitando solo algo de tiempo y cuidados para levantarse.

Desde aquel momento, todos permanecieron muy unidos, incluso junto a los animales, con la enorme esperanza de recuperar su planeta y toda la vida que alguna vez había tenido.

 



M.T.G Ángel

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En el texto hay: fantasiaepica, angeles, demonios

Editado: 15.01.2020

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