El Milagro de la Ciudad Maldita

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Las cavernas Sub Terra

 

Había transcurrido aproximadamente una hora desde la salida de la compañía desde la frontera de la aldea, y habían caminado sin detenerse en dirección al Sur, en donde se encontraban las Cavernas Sub Terra. En el sendero aparecían paulatinamente estalagmitas del mismo color del suelo, llegando a ser tan altas como para alcanzarles el abdomen y un poco más. Las colinas del lado Oeste iban aumentando en tamaño hasta convertirse, a lo lejos, en algo más parecido a sierras relativamente pequeñas, llamadas Sierras Vigilantes. La caminata continuó bajo las desoladoras nubes grises del cielo, fenómenos antinaturales que llegaron a la par de los Ruina, hasta pasadas cuatro horas. Fue recién en aquel momento que se encontraron bajo las Sierras Vigilantes, en donde Diripiat los detuvo para tomar un muy breve descanso.

—Según el mapa, la entrada a las cavernas está al pie de esta elevación, en alguna parte de ella. —dijo el Armero.

Adducantur abrió un pequeño saco de tela que llevaba en mano y le ofreció un fruto a Cicely, para luego sacar uno el también. Diripiat se negó a comer, diciéndole que los Guerreros del Paraíso no tenían la necesidad de alimentarse diariamente, sino cada bastante tiempo. Pero en aquellos instantes, Adducantur se deleitaba enormemente con el sabor del alimento, y a pesar de no sentirse precisamente hambriento, no perdía la oportunidad de sacar uno. Sin embargo, Diripiat se lo reprochó, y le dijo que debía dejarle aquel suministro especialmente a Cicely, que no tenía la misma condición de ellos dos.

—Nosotros podemos comer si es necesario, ella no. Déjale los frutos para su día a día, aunque por supuesto, eso no significa que puedas abusarte para comer, Cicely. Guarda cuantos sea posible, ya que no tenemos idea de cuándo regresaremos.

—Creo que existen dos Árboles del Edén más a lo largo de la región. —dijo Adducantur, recordando su inspección al mapa antes de dormirse la noche anterior.

—Creo que también lo vi. —agregó Cicely con la boca llena.

—De cualquier forma, debes reservarlos lo máximo posible. —aseveró Diripiat.

En cuanto Cicely acabó con su fruto, volvieron a partir en búsqueda de la entrada a las cavernas. Rodearon las sierras tan rápido como les fue posible, palpando las paredes por si la misma estaba oculta. Sin embargo, tras dar por una pequeña curva, el acceso a su primer destino se presentó ante sus ojos. Una boca rocosa enorme con un interior sumamente oscuro, en el que apenas se podían distinguir los primeros metros de suelo y paredes. Se mantuvieron de pie frente a ella por unos segundos, intercambiando miradas, y finalmente ingresaron.

Las Piedras del Ángel de ambos Guerreros se iluminaron suavemente, dándoles apenas un pequeño radio de visión, distinto del Collar que enseguida se encendió. La entrada a un pasillo se hizo visible, el cual se curvaba hacia la izquierda apenas a unos pasos dentro de él. Ingresaron con lentitud, y al llegar a la curva, Adducantur asomó primero la cabeza para escudriñar el pasillo-túnel por si algún enemigo los estaba acechando. Pero nada se escuchaba más que sus respiraciones y pasos, por lo que decidieron continuar avanzando con sumo cuidado. Caminaron por bastantes metros, y el túnel se volvió a curvar pero hacia la derecha. Así continuó con trechos cortos de tres curvas a la izquierda y tres a la derecha, hasta que el techo comenzó a volverse angosto a cada paso dado. Los tres se vieron obligados a ir agachándose hasta gatear en las sombras, ahora débilmente iluminadas por el Collar, que colgando del cuello de Cicely se tapaba gran parte de su luz. Entonces Adducantur, quien iba al frente, lanzó un grito ahogado y desapareció de la vista de Diripiat y Cicely. Un golpe sordo se hizo escuchar apenas sucedió aquello, mientras Cicely se apresuraba hacia el lugar donde había visto al Guerrero Rojo por vez última. Deduciendo que él se había caído, comenzó a palpar el suelo apresuradamente y sin prestar atención, hasta que finalmente su mano resbaló y cayó ella también por un agujero de evidente poca profundidad; pero no llegó a tocar el suelo, pues Adducantur la había atrapado en el aire.

—Estaba a punto de advertirles acerca del agujero, pero apenas si me diste tiempo de ponerme en pie. —dijo Adducantur, observándola de cerca.

—Gracias. —balbuceó Cicely, sonrojándose levemente.

— ¡Muévanse! —exclamó Diripiat, quien pronto se lanzó junto a ellos.

El Armero había doblado las piernas en el momento justo para caer con palmas y rodillas en el suelo. Adducantur y Cicely se separaron, y el Collar de inmediato se iluminó con fuerza. Diripiat se irguió y comenzó a inspeccionar el lugar oscuro y rocoso rápidamente hasta percatarse de una extraña fosforescencia violeta apenas perceptible desde el lugar donde estaban. Al parecer, aquel era un cuarto bajo el túnel, una zona contigua a otro túnel que continuaba el camino por las cavernas. La compañía continuó adelante con cautela, intentando tener sus sentidos completamente atentos.



M.T.G Ángel

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En el texto hay: fantasiaepica, angeles, demonios

Editado: 23.01.2020

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