El Ocaso

Tamaño de fuente: - +

El Báculo Tempus

Francisca observó seriamente la expresión severa de Maximiliano que entraba en la sala en donde le había dicho que se encontrarían. Tenía muchas ganas de preguntarle por sus libros pero el adusto rostro de su tutor fue clara señal de que él no tenía ganas de hablar sobre sí mismo.

 

—Toma —dijo y dicho esto le lanzó un delgado objeto cubierto por una manta color crema y amarrados con hilos dorados.

 

Francisca desató los lazos encontrándose con el báculo Tempus en sus manos, quiso devolvérselo en el acto y titubeó sin saber qué hacer con él, recordaba a este objeto cuando vino por su ayuda pero el estar cerca a él le traían sentimientos de nostalgia y dolor que no quería sentir.

 

—No rechaces algo construido con una parte de tu alma —habló Maximiliano dándole la espalda.

 

—¿Mi alma? —lo observó confusa ¿Que quería decir con esto?

 

—Las armas de Cadeum fueron creadas con el sacrificio, o siendo más sincero, con el asesinato de cuatro almas. El báculo fue creado con la vida de uno de los elegidos, de una de tus vidas, y un trozo de tu alma habita en esta arma...

 

Francisca se sintió más inquieta ante sus palabras ¿Como una parte de su alma podía vivir dentro de esa arma? ¿Será por eso que esos sentimientos de recuerdos tristes y dolorosos aparecen en su cabeza al sostener aquel extravagante objeto?

 

—¿Qué debo hacer para que funcioné? —le preguntó al vampiro.

 

Maximiliano entrecerró los ojos ante la turbada mirada de su joven aprendiz.

 

—El único que sabe eso es El elegido —respondió y la joven arrugó el ceño más confundida—. Mi misión es enseñarte a defenderte y pelear, estas muy atrasada del nivel que un elegido tiene a tu edad y de cualquier cazador, cuyos entrenamientos empiezan desde muy pequeños.

 

Ahora entiende el porqué es más torpe que sus compañeros en materias asociadas a los cazadores, sin embargo no deja de dar vuelta las palabras de Oscar Strayer en su cabeza.

 

—Bien, no te distraigas —dijo Maximiliano colocando su mano en la cabeza de Francisca—. Comencemos.

 

Movió la cabeza mientras que su tutor revisaba que sostuviera bien el báculo en sus manos.

 

—Será tu mejor aliado, primero practicaremos tu manejo como arma de defensa.

 

————o—————

 

Katrina arrugó el ceño contemplando el rostro de Antonio que aun no recuperaba la conciencia, las camas a su alrededor estaban desocupadas, aun cuando había escuchado que muchos cazadores habían llegado heridos al parecer la escuela enfrentaba sus peores momentos, pero por ahora no se preocupó más de eso, solo le preocupaba que Antonio pudiera abrir sus ojos nuevamente.

 

—Katrina... —preguntó Marisol con paso firme y altanero. Sacudió su pelirroja cabellera deteniéndose detrás de la joven.

 

—¿Has venido a ver a Antonio? —respondió sin mirarla.

 

—No, he venido a ofrecerte disculpa y decirte que las chicas y yo seguimos creyendo en ti...

 

—¿En mi? —la observó arrugando el ceño—. ¿Qué quieres decir con eso?

 

—Bueno, hablamos y nos pusimos de acuerdo en no aceptar que esa mocosa sea nuestro Elegido, para nosotras solo tú...

 

Katrina se levantó bruscamente del asiento en donde se encontraba sentada y su fría mirada se detuvo en el estupefacto rostro de Marisol.

 

—¿Cual es el deber de un cazador? —le preguntó.

 

La chica pelirroja tartamudeó sin entender el porqué le preguntaba eso tan repentinamente.

 

—Un cazador debe proteger a los humanos, evitar que el equilibrio se rompa—. Endureció más su mirada. Y ser el apoyo y protector de nuestro líder, de nuestro Elegido, si tu no entiendes eso entonces no sirves como cazadora.

 

Marisol apretó los dientes, y la observó en silencio, con un odio que impresionó a Katrina pues no pensaba que esa chica, su amiga, pudiera guardar tanto rencor. Pero mantuvo su rostro serio cuando la vio retirarse.

 

La joven pelirroja se fue por los pasillos sintiendo un despreció a todo aquel que se cruzaba en su camino, dentro de sí sentía un odio que la quemaba, unas ansias enfermizas de matar, sí, de matar a esa despreciable mocosa. Con quienes se encontraba en el pasillo se quedaban mirándolos extrañados por la expresión de su rostro, además que no les devolvía el saludo, algo muy extraño en quien solía responderles. Rechinó los dientes y empuñó sus manos, "matar, matar, matar" son las únicas palabras que hay en su cabeza. Enceguecida por su cólera, dolida por su decepción, siempre soñó con ser la mano derecha de Katrina, de la Elegida, del orgullo de sus padres por ser amiga de ella, pero todo se caía en pedazos frente a sus ojos... "Debes matarla... debes matarla"



A.L. Méndez

#4200 en Fantasía
#1865 en Personajes sobrenaturales
#5919 en Otros
#918 en Aventura

En el texto hay: vampiros hadas angeles brujas demonios

Editado: 25.07.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar