El ocaso de La Noche

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C0. Conminación

Conminación: empleada en literatura,

figura retórica que consiste en

amenazar con males terribles a personas

o cosas personificadas.

 

O de cómo aquella

que creía muerta,

aquella que creía perdida

y un pasado lejano

volvieron para atormentar

a Aracel.

 

 

Existe una parte buena en las pesadillas o en los malos sueños: cuando despiertas puedes seguir teniendo escalofríos o la respiración acelerada, pero sabes que no es real. Aracel no tenía esa suerte. Sus pesadillas eran reales; de carne, hueso y noche.

Sus ojos violáceos parecían haberse quedado grabados a fuego en su mente. Su olor a azufre se esparcía por la sala, matando las flores que había. Irónico, antes las flores eran los mejores ofrendas para ella. Antes olía a flores.

Pueden haber pasado años pero sigues escondiéndote detrás de la máscara de un lobo cuando no eres nada más que una oveja asustadiza.

La sorpresa lo dejó estático, sabía que seguía viva e inmortal… débil. Pero allí estaba, más fuerte que nunca. Jamás aprendería, siempre la subestimaría.

Ya sabes lo que dicen, cariño: perro ladrador, poco mordedor; creo que lo inventaron para ti.

Podría decirte que hubo una época que Aracel habría contratacado y la habría condenado a los peores males por tal ofensa, mas siempre se ha sabido que el dios solo temía a una divinidad: La Noche. Pasado, ahora hay más miedos, miedos que él mismo creó. Ella nunca estaría a la altura de La Reina.

Aracel gritó de frustración, paseándose nerviosamente por la sala del trono. Fuera donde fuera, todavía podía oír el eco de amenazas entre la música del palacio. Habían pasado horas y parecían segundos.

¿Sabes? En el fondo, fondo, fondo me da algo de pena, Aracel solo era un necio al fin y al cabo, un necio manipulable al que los fantasmas del pasado perseguían de nuevo. Aracel olvidó que todo lo que no se atiende, tarde o temprano reaparece… con un precio muy alto que pagar. Claro, que toda esa pena se esfuma en el segundo en el que recuerdo todo lo que hizo o mandó hacer.

El rey de los dioses ya no sabía ni cómo debía sentirse: ¿engañado? ¿traicionado? ¿furioso? Su mente parecía un cóctel molotov a punto de estallar sin remedio alguno y eso no era lo mejor que podía pasarle al mundo mortal. Tormentas. Rayos. Truenos. Centellas. Ya te lo puedes imaginar, lo típico en una tormenta eléctrica. En algunos lugares hasta granizo (dioses, más que una narradora parezco la chica del tiempo). Muchos ignoraban la verdad tras estos fenómenos atmosféricos, pero algunos pocos… temían lo que significaba y las repercusiones que tendrían en un futuro cercano. Demasiado cercano para mi gusto.

El otoño parecía querer llegar antes de lo normal gracias a estos sucesos con todo su esplendor a causa de una diosa y su maldito, misterioso y tortuoso discurso:

—Recuerda mis palabras, Aracel. El pasado nunca murió. Yo nunca desaparecí. Ahora es demasiado tarde para lamentarse, porque solo hay una forma de acabar la guerra que se avecina y voy a ir a por ella, tenlo claro. Cuida tus espaldas, pronto estaremos controlando todo... incluso a ti. Dios salve a La Noche.

Cerró los ojos. Tenía que ser una pesadilla. Pero no lo era. Jamás lo sería.

Y si Noche había vuelto… La Reina debía estar lista.

Era el principio del fin.



Dafne

Editado: 25.12.2018

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