El odio y la muerte

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PARTE I

«Tu mujer te está metiendo cuernos». Fue el mensaje que recibió Andrés en su celular junto con algunas fotos, evidencias de la supuesta traición.

Ese mismo instante dejó su trabajo. Bajó al estacionamiento y se metió al automóvil. Que se vaya a la mierda el jefe. Salió del estacionamiento y se direccionó hacia su casa. Apretaba con fuerza el volante negro, como si le quisiera exprimir líquido y aplastaba el claxon con violencia. Él nunca fue persona de insultar a los otros conductores; esa fue la excepción.

“Hijo de tu puta madre, múevete”. Gritó, una y otra vez. Las misas palabras, la misma manía de darle puñetes al volante. Si el semáforo se ponía en rojo, revisaba de nuevo su celular. El primer mensaje fue la advertencia de que hace un par de horas su mujer, María Fernanda Ponce, recibió con caricias y besos a otro hombre en su casa; pero Andrés pensaba que era imposible que su mujer le metiera cuernos.

Hizo el amor con ella en la mañana y que se despidieron como solo los buenos matrimonios se despiden. Luego imaginó a su mujer desnuda, gimiendo, mientras ese otro se montaba sobre ella, sosteniendo sus piernas, abriéndolas, besando sus senos, su nuca. El pecho comenzó a quemarle y la respiración a volverse pesada. «María Fernanda no me engañaría», se dijo esquivando los automóviles que se atravesaban en el camino, pitando y gritando.

Debía verificar si es que era mentira eso que le dijeron, que no fue más que una tonta broma y que el bromista se estaba carcajeando de él, pero, ¿Y las fotos?

Aparcó el automóvil a media cuadra de su casa. Podía tomarla desprevenida si es que en verdad ella estaba con alguien. Bajó del auto y caminó apegado a las paredes de la vereda. Su corazón latía fuerte y comenzó a marearse más. ¿Y si en verdad estaba con otro?, ¿De qué forma iba él a reaccionar?, ¿Qué podría decirles a los amantes? Terriblemente vio a otro hombre desnudo sobre su esposa.

Encontró una motocicleta estacionada frente a la vereda de su casa. Se sintió abúlico y se arrimó a la puerta. ¿Será esa la motocicleta del tipo con el que vieron a mi mujer?. Jadeaba y no se percató que un vecino estaba mirando desde la tienda frente a su casa.

No se saludaron como es su costumbre. Se quedaron mirando el uno al otro, quiso averiguar sus pensamientos. «Este hijueputa vio algo», pensó. Su vecino alzó la mano, torció el rictus de su cara en un espantoso intento por sonreír y se alejó.

Andrés tomó las llaves de casa. Abrió la puerta y entró despacio. Cerró la puerta y mantuvo silencio, de hecho, silencio era lo único que había en aquel lugar, un inusual silencio. María Fernanda debía estar en casa. Aguzó el oído, quiso escuchar alguna voz extraña, movimientos en otras habitaciones, mas, todo era un insondable silencio, tan inquietante que Andrés podía escuchar su respiración. Quiso llamar a su mujer, pero, ¿y si alguien más estaba en casa con ella? Tan solo lograría alertar a los infieles.

Caminó muy pausadamente, atisbando cada recodo de la casa, aguzando los oídos para escuchar algún ruido extraño; pero lo único que escuchaba eran los automóviles fuera de su casa. Miró bajo los sillones de la sala a ver si no ocurría el peor de los clichés de las historias de amantes. Caminó hacia su cuarto de estudio. ¡Nadie! La cocina lucía fría y deshabitada. Lamió sus labios resecos. El nombre de su esposa le vibraba en la boca mientras pensaba que él no merecía ser traicionado, que fue buen esposo, buen camellador, que ha hecho más de lo que era su obligación como marido. «¿Sería la motocicleta de frente a mi casa la que me dijeron?», se preguntó.

Entró al baño. Vacío como los otros lugares de su casa. Miró la ducha y estaba tan seca como la dejó antes de salir. El único lugar que restaba era su habitación. La puerta estaba cerrada. Se quedó parado ahí. No tocó la perilla redonda durante casi un minuto. Tan solo la miraba y respiraba rápido.

Estaba seguro de no haber hecho ningún ruido desde que llegó; pero tampoco había escuchado nada. «¿Y si estaban dormidos?». Acercó su oreja a la puerta y no pudo escuchar nada, ni siquiera un leve ronquido. Inspiró profundo, giró la chapa de la puerta y la abrió con fuerza esperando sorprender a alguien; sin embargo, fue él, el único a quien había por sorprender.

Había dos amantes en el cuarto, pero el único que reaccionó con un grito mudo fue él. Trastabilló y cayó sobre sus rodillas mirando la cama ensangrentada donde su mujer estaba desnuda junto a un hombre también en pelotas. No obstante, ambos acribillados. El colchón absorbió la sangre y en los rostros de esos cadáveres había tanto miedo como lo había en el rostro de Andrés cuyas manos y mandíbula abierta temblaban.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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