El odio y la muerte

Tamaño de fuente: - +

1

Tefa será mi novia, se dijo. Sostenía un ramo de flores y rosas cuyo peso le comenzaba a entumir de brazos. Lo llevaba con tal delicadeza que se hubiera pensado que al mínimo roce o tropezón se rompería. Con esto voy a enamorarte, se dijo, esquivó a las personas que transitaban el parque La Carolina. También caminaba despacio, quería evitar la transpiración, aunque el sol de mediodía lo estuviera asando por completo.

Llegó a los canales artificiales del parque. Miró los botes a pedal donde había parejas y familias navegando y pensó que le gustaría estar también navegando con Tefa. Eso iba él a hacer cuando ella llegara. Ahí debía estar Tefa, su muy pretérita amiga, una amiga a quien él había amado desde hace muchísimo y a quien se le iba declarando varias veces y de distintas formas. Una amiga a quien debió consolar con palabras bonitas y prestar el hombro cuando lloraba por otros desamores. Una amiga a quien él regaló, cada cinco de cada mes, algún peluche o invitó al cine. Un cinco fue el día que la conoció hace diez años.

Aquella tarde, harto de recibir negativas, preparó el bouquet y compró un costosísimo collar de oro y plata de 700 dólares que cargaba en el bolsillo. Con esto no podría rechazarlo. Y esperó ahí, mirando los botes de paletas sobre los canales del parque; y sin embargo Tefa no llegaba.

A los primeros treinta minutos pensó que las mujeres más hermosas debían llegan más tarde porque deben maquillarse. A la hora pensó que el auto en el que vino sufrió alguna descompostura. A la hora y media pensó que su madre le puso un contratiempo. A las dos horas en verdad se impacientó. La llamó y Tefa no contestó el teléfono. A las dos horas y media, dándose por vencido llamó con insistencia al celular de la muchacha. Poco después, al suyo comenzaron a llegar varios mensajes por WhatsApp.

Estuvo por poner el dedo sobre el número desconocido. No abrió los mensajes porque escuchó tras él a Tefa.

—Hola, discúlpame por llegar tarde. Fui con mi mami a hacer los mandados del super y no me dejó venir temprano.

David guardó su celular y volteó. Casi no creía que ahí estuviere esa muchacha de piel blanca y ojos miel. Qué bonitos sus pómulos rosas, delicados y esas elegantes pecas que le manchaban el contorno de la nariz. Sonrió la muchacha y miró hacia el suelo mientras se retiraba el cabello del rostro y a David no le importó en absoluto que haya llegado tarde. Total, no era la primera vez que lo hacía esperar.

David le entregó el ramo de rosas, le temblaron los brazos. Tefa lo aceptó y sonrió.

—Quiero que seas mi novia. Antes que respondas, mira lo que compré —dijo. Metió sus manos al bolsillo. Tomó un pequeño paquete y lo abrió y mostró el collar de oro y plata—. Hoy es cinco de enero. Este día, hace quince años, te conocí. Te amo.

Tefa titubeó al tomar el collar; luego sonrió y lo tomó. El collar brillaba con los rayos del sol y ese brillo se reflejó en el rostro de la muchacha. Pero David ya no esperó una respuesta. Se abalanzó sobre ella y la besó y ella aceptó el beso.

Lo abrazó y besó con vehemencia. David lloró de alegría en los brazos de Tefa y luego la llevó a pasear por el parque, le compró dulces, le hizo bromas, le cantó cosas. También le recitó unos poemas cursis y luego la llevó a comer mariscos en el Centro Comercial Quicentro Norte. No escatimó nada. Cada capricho que Tefa quiera, él se lo daría, después de todo, para eso se partía el lomo como bodeguero en un supermercado.

Cuando la tarde llegaba a término, cansados, y él, inmensamente feliz, se despidieron. David llamó un taxi para que la dejaran en la puerta de su casa. El taxi llegó y Tefa se despidió con otro vehemente beso y una sonrisa casi fingida. No importaba si ella no lo estaba amando del todo. Él la enamoraría y la tendría a su lado “para siempre”. Esa fue la frase que le quedó, “para siempre”, mientras veía alejarse el taxi entre el tráfico.

Le quedaban en el bolsillo unos ocho dólares. Se decidió volver a su casa, cerca de Carapungo. Se dirigió hacia la parada del autobús y mientras caminaba su celular comenzó a vibrar. Pensó que era Tefa. Le llegaron varios mensajes a su WhatsApp­­­.

—Deja a la Tefa en paz. Es mi pelada. — Decía escrito en el primer mensaje. David se turbó y siguió leyendo los otros. Los había desde: Ella no te ama. Deja de insistir. Te voy a matar si la sigues jodiendo.

—No sé quién seas —escribió—, pero ella es mi Novia. No te metas, careverga.

Se quedó parado en mitad del bulevar. Alzó la mirada. A pocos metros llegaba el bus que debía tomar para irse a casa; sin embargo, no podía moverse. Su pecho le ardía y la respiración se le hizo una labor dolorosa. Miró de nuevo su celular. Le llegaron fotos y esperó que se descargaran. Sus manos comenzaron a temblar. El aire que respiraba ahora casi que se negaba a entrar. Las fotos que se le descargaban eran fotos de Tefa, semi desnuda, chupando verga, teniendo sexo. Su blusa era la azul marino que llevó puesta aquel día. El mismo maquillaje, el mismo color de sombras rosado, el mismo labial. Esas fotos habían sido capturadas el momento en que hace pocas horas él estuvo esperándola en el parque. Resultó que no fue de compras, estuvo tirando.



Christo Herrera Inapanta

#94 en Detective
#53 en Novela negra
#194 en Thriller
#95 en Misterio

En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar