El odio y la muerte

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La mañana del seis de agosto se encontró a un hombre de 34 años colgado de un poste de luz frente a una iglesia del centro histórico de Quito. De su cuello también colgaba una carta metida en un sobre donde explicaba el suicidio, acompañado de un pequeño y cursi poema.

Seré fugaz al salto,

Hilo roto bajo tus tijeras,

Cayendo a lentitud,

Muriendo en tu vereda.

Este hombre, de piel mulata escribió en su carta que la mujer a quien amó, con quien tuvo dos hijos, disque porque los hijos son una bendición, había encontrado vacía su casa después de un largo día camellando en la furgoneta.

Sofía lo había abandonado.

Se llevó desde los muebles hasta los víveres y dejó, en cambio, una nota de despedida: “No te amo. Hay alguien más de quien estoy enamorada. Lo siento. Me voy con mis dos hijos. Espero que Dios sepa guiar tu camino”. Con tal cinismo le había dejado aquella mujer la carta esa; y éste hombre, de quien no se sabe cómo reaccionó, lo único que hizo, según cuenta en su carta, fue escribir lo siguiente:

No pregunten cuáles son los motivos de mi decisión. Si alguna vez quien estece leyendo mi carta se ha enamorado, sabrá el porqué hago esto.”

No se entiende bien lo que quiso decir el suicida sobre semejante acto. ¿Morir de amor no era un tema trillado?, lo cierto es que nadie muere de amor, sin embargo, al parecer sí se puede suicidar por ese motivo, pensó el policía de criminalística que leyó la carta.

He bebido lo suficiente para infundirme de valor y no daré pie atrás en esto que voy a hacer. ¿Por qué he escogido este lugar, frente a la iglesia? Si mi diosito me ha abandonado, al morir quiero golpear la puerta de su casa y mostrarle que estoy aquí, pidiendo un poco de compasión por mi alma y espero que entienda que la vida ya no tiene sentido.

Ahí terminó la carta del suicida. Rogamos a Dios, si es que existe y si es que en verdad habita en ese recinto católico, que se apiade de su alma. Los peritos de la policía nacional, los bomberos y la cruz roja estuvieron en aquel lugar tratando de bajar el cuerpo del suicida.

—Estoy seguro que esto tampoco es una coincidencia. Con éste, son trece los suicidas — dijo el jefe a cargo de los peritos.

—¿Sigues fantaseando? Hay gente que se suicida por cosas más estúpidas.

—Por eso —respondió mirando al difunto ser metido en un automóvil de la morgue—. De todas las causas que existen para el suicidio. ¿Por qué escoger el suicidio por amor?

—En todo caso, aún tienes un sobreviviente.

—¿El que asesinó a su mujer y su amante? Quizá tengas razón, quizá ese tipo me sea útil. Eso lo tengo por seguro, a él también lo tendieron una trampa, aquí tenemos un asesino en serie, bastante extraño.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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