El odio y la muerte

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Andrés fue mal tratado en prisión, palazos, baldazos de agua helada, dormir sin abrigo y vivir amenazado de muerte si no compartía su comida con el caporal, preso que gobernaba aquella cárcel. No obstante, nada de eso se comparaba con la rabia de saber que María Fernanda lo había engañado y que luego fue asesinada, quizá ya no importa la felonía, quizá, era peor saberla muerta. Esa era la rabia, la tristeza.

El primer sospechoso fue él. Y fue su culpa. Un imbécil. Y era más o menos cierto. De no haber disparado la única bala, él estuviera dirigiendo el velorio de su mujer y no, en cambio, entre aquellos presos mal encarados, estornudando, pensando en una gripe que podría matarlo.

—Oe loco. No me saldrás con tus huevadas. Nadie quiere enfermarse. Ándate a morir lejos —le dijo uno de los presos. Justamente quien lo estaba acosando y quitándole la comida. Andrés lo miró de mala gana mientras se pasaba la mano por la nariz para limpiarse los mocos —. No me estés viendo mal que ya mismo te saco la pucta — Continuó. Se levantó de donde estaba sentado, jugando cartas con otros presos.

Andrés no se cansaba de mirar esa cicatriz que le cruzaba desde el mentón hasta la boca. Sus ropas sucias le quedaban muy holgadas y pese a ello no había quien le pudiera hacer frente en los golpes salvo el Huevo Kinder.

 —Oye, chucha, cálmate con el man sino aquí mismo te voy haciendo escupir sangre —dijo el Huevo Kinder. Estaba sentado junto a Andrés. Se puso de pie. El caporal se detuvo.

Antes que el caporal continuara, se escucharon varias puertas y el eco de varias botas de policía. Cinco de ellos se detuvieron junto a la celda. Miraron de mala gana al caporal quien se desentendió y volvió a sentarse, el Huevo Kinder también se sentó al lado de Andrés.

—Luis Andrés Machado —dijo uno de los policías.

Andrés se levantó con abulia y dijo —Dígame.

—Estás libre. El juez pidió tu libertad.

—Oiga. ¿Por qué le hacen salir rápido a él y a otros nos tienen aquí desde hace semanas esperando? Algunos también somos inocentes — dijo uno de los reos.

—¡Se callan! Vayan a hablar con sus abogados.

Andrés salió de la celda con mucho recelo. Kinder Huevo se paró y le dio un apretón de manos.

—Yo te creo negro. Te dije que te iban a sacar de aquí. Mi flaco escucha a los buenos.

—Gracias a ti por todo —dijo Andrés. Le hubiera gustado sonreír; pero no podía, a penas se le formó una mueca.

Tan pronto pisó el suelo fuera de la celda se sintió aliviado. Volteó a ver entre los barrotes al caporal. Metió sus manos a los bolsillos y de ahí sacó un pedazo de pan duro que había guardado desde la mañana para comerlo y lo lanzó como se lanza la comida a los perros. El caporal miro ese mendrugo, levantó la vista de mala gana a Andrés. Se agachó, tomó el pan y lo mordió sin dejar de mirarlo. Luego sonrió y alzó la mano despidiéndose de él.

Tras varias horas de papeleos, firmas y trámites en las que Andrés no entendía bien a qué se debió el fallo del juez a su favor. Supuso algún desliz del sistema judicial de mierda del país. No se atrevió a preguntar la razón; pero le dijeron que era inocente. Al terminar sus trámites. Se sentó en una silla de plástico en una sala de espera llena de gente. Su cuerpo le dolía y se sentía agotado. Moqueaba y esperaba a que le den la boleta de libertad.

Un señor se sentó junto a él. Olía a cigarro. Lo miró y dijo. —¿A dónde piensa ir ahora que está libre?

Andrés lo miró de mala gana. No respondió. Deseaba salir pronto. Ir donde un familiar, reunirse con ellos. Saber cómo tuvo lugar el velorio y entierro de su mujer y sentirse un poco consolado por sus allegados. Aunque no se haya mencionado hasta ahora a la familia de Andrés, lo cierto es que él era hijo único y que su papá lo estuvo yendo a ver el mes que estuvo preso. Quería también tranquilizar al viejo.

—No sea mal educado y responda a la pregunta que le he hecho.

¿Qué mierdas quiere este sujeto?, se preguntó Andrés. —No moleste. — Alcanzó a decir antes de estornudar.

—Usted está libre porque necesito su ayuda. Demostré que usted no tuvo ninguna culpabilidad con el crimen. La familia del hombre que estuvo asesinado junto a su mujer pedía que se lo condenase de por vida. Al contrario, logré que levantasen la denuncia porque usted no mató a nadie.

—¿Quién es usted?



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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