El odio y la muerte

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Andrés salió la prisión. Aquello que le contó el detective lo tuvo cavilando sobre todo cuanto había ocurrido. Quizá el detective ignore que a su celular también llegó un mensaje donde se decía que su mujer lo estaba engañando.

Fuera de todo, Andrés descubrió que no era cierto el engaño de su mujer, al menos eso quiso pensar para no destrozarse el cerebro mientras estaba encerrado. Pensó el que alguien la había matado sin motivo. La rabia que hasta aquel momento sentía, esa rabia que le ayudó a dejar de lado la tristeza se esfumó, ahora solamente le quedaba tristeza. Ahora que lo pensaba bien, su María Fernanda estaba muerta. Bien muerta y enterrada y él, solo, en las calles, yendo a ningún lugar.

Divagó por las aceras de un lugar que no conocía. Las casas, las aceras de cemento y grietas le eran indiferente. Ese momento, en realidad, no quería ir a su casa a cambiarse de ropas. Pero deseaba llamar a su padre y decirle que estaba libre. Se miró sus ropas. Parecía un pordiosero y le hubiera gustado comprar una botella de licor en alguna tienda. Metió sus manos a los bolsillos. Palpó el billete que le obsequió el detective. Fue a una tienda y compró Norteño, licor barato. Lo bebió. Había sol de mediodía. Ese sol que odiamos los quiteños pero que a Andrés lo beneficiaba, así exudaba el frío que la cárcel había metido en sus huesos y aún lo hacía soltar mocos aguados.

Caminó lento, pensaba en María Fernanda. Ahora la imagen de ella, muerta sobre el colchón le era insoportable, macabra, ya no era repugnante. “¿Mafer no me engañó?”, se preguntó, lloró. En su cuerpo le dolía la tristeza. Ahora soltaba lágrimas, moco y baba pensando en ella, bebiendo Norteño.

Se sintió estúpido porque hubiera soltado cien balazos sobre su mujer y el otro hombre de haber tenido cargada el arma. Sin embargo, alguien los había matado. Andrés se cogió la cabeza, se haló los cabellos. ¡Qué estúpido! Alguien los había matado, alguien dejó una pistola con una bala para que él se suicide y también se muera. —Te voy a matar, hijueputa—, murmuró bebiendo licor, llorando, golpeándose la cabeza con el puño. ¿Cómo pude pensar que Mafer me era infiel?, —Te hallaré, hijueputa, te cortaré los huevos y te los haré tragar—, murmuró, las palabras casi le salían trabadas, como en un pequeño silbido.

Trastabilló en una grieta de la vereda y cayó. Una anciana que caminaba por ahí lo regañó. Andrés apenas alcanzó a entender sus insultos. Quizá lo pensó otro vagabundo más de aquel sitio. Andrés se quedó llorando en el suelo, con la mano puesta en la cara. Alzó luego la vista. Ese cielo claro con nubes esparcidas. Luego observó una sombra frente a él. Era un policía metropolitano.

—A ver, señor. Levántese —dijo con el tolete en su mano. Andrés se levantó y siguió su camino. Ya era tiempo de ver a su padre, decirle que no se preocupe más.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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