El odio y la muerte

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Hasta ese momento no había comunicado a nadie de su libertad. Prefirió ir solo a su casa. Pero entró a ella timorato. Creyó que de volver a su cuarto encontraría de nuevo a su mujer muerta. Abrió la puerta con lentitud. Odió el silencio de esa casa porque le recordó el silencio que escuchó aquel día que la vio muerta. En su cuarto estaban la cama sin colchón y la sangre limpia. Quizá sus familiares hayan limpiado o más bien botaron todo lo que estaba con sangre a la basura luego del peritaje.

Estaba triste. Se bañó rápido, se cambió y salió de su casa. Aquel era el sitio donde menos deseaba estar. Tuvo la férrea convicción de rentar un departamento donde no pudiere revivir aquella imagen. ¿Quién fue el asesino?, es, sin embargo, la pregunta que se hacía siempre.

Su automóvil no estaba en casa por lo que debió ir en bus a la casa de su padre. Viajó más tranquilo, recordó que no le devolvieron su celular. Ahí estaba el número telefónico de quien le envió el mensaje antes de que asesinen a su mujer. Quizá aquel número les ayudase al detective y a él a encontrar al asesino.

Llegó a casa de su padre en el barrio El Calzado. Tocó la puerta. La abrió su padre, y éste, de verlo ahí, limpio y libre, lo abrazó con alegría. Entraron a casa. Había un delicioso aroma del café que el anciano suele tomar.

—¿Por qué no dijiste que te dejaron salir?

Andrés no dijo nada. Aunque también estaba feliz, no lograba completar aquella felicidad porque siempre que visitaba al anciano, iba de su mano María Fernanda. Entró a la sala de estar. El radiograbador, uno viejo, esos que son de madera y plástico y con tocadiscos reproducía la música de Piero, autor favorito del señor.

—¿Quieres café?

Andrés asintió. Se sentó sobre el sillón, mirando la pared de frente. Una pared recubierta por un enorme librero que la copaba toda y donde los libros se amontonaban uno sobre otro.

—Sí, gracias.

Andrés y su padre guardaron silencio mientras degustaban el café. Sentados en la sala, escuchando Si vos te vas. Era como si nada hubiese pasado, como si Andrés no hubiese estado en la cárcel. Usualmente, padre e hijo solían conversar mucho, pero aquel día Andrés no se atrevía a decir nada. El silencio era necesario y su padre lo respetó porque su hijo había sufrido, mucho, mucho. ¡Qué pesar!, su mujer muerta con el amante. Pensaba el anciano, pero él no sabía hasta aquel momento que no fueron así las cosas. Andrés aún no le había contado el porqué lo dejaron libre. Eran inocentes: Él y su mujer.

—¿Puedes alojarme un tiempo mientras hallo otro departamento?

—Sí. Eres bienvenido.

—También quiero que me acompañes a donde enterraron a mi mujer.

El anciano vaciló y dijo — Nosotros no fuimos al velorio. Lo cierto es que la familia de María Fernanda te quiere muerto.

—Me dejaron libre porque descubrieron que no fui yo el asesino —dijo. Dejó la taza vacía a un lado y se puso en pie.

—¿A dónde vas?

—A ver a los padres de Mafer. Debo decirles que alguien la mató y que alguien quiso que me mate. Ven, quiero que me acompañes para contarles todo lo que un detective me dijo.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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