El odio y la muerte

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Andrés compró otro celular y recuperó su número telefónico. Lamentablemente, el que le retuvieron en la fiscalía se había perdido. Aquel día él estaba en una cafetería cerca del norte de Quito esperando al detective. Habían pactado una cita a las once de la mañana. Fumaba un cigarro en el área de fumadores, viendo de lejos un programa de televisión donde unas cuantas niñas bailaban lo que parecía reguetón, bostezó y dejó de mirar la televisión. pasó su mirada hacia la entrada del edificio. Vio entrar al detective y esta vez le pareció más pequeño que la última vez-

—Hola, ¿cómo le va, Andrés? — Preguntó el detective, apenas se sentó. Un mesero llegaba a pedirle su orden. — Ha tardado en llamar.

—Por supuesto —contestó Andrés, indiferente—. Los policías se robaron mi celular.

—Aquí lo tengo —dijo. Sacó del bolsillo el anterior celular de Andrés, envuelto en una funda, aunque no permitió que lo tomase—. Son evidencias. No puedo dárselo. Lo traje hoy porque aquí consta el mensaje que nuestro asesino le envió el día que mataron a su mujer y al vendedor. Solo quiero que lo confirme.

Andrés leyó los mensajes. No hizo falta siquiera llegar a la última línea. Sabía que aquellos fueron los mensajes que le envió el asesino. Le volvieron las imágenes de su mujer muerta y devolvió el celular.

—Dígame, detective ¿Cómo puedo ayudarlo?

—¿Tuvo alguna vez problemas conyugales con su mujer?

—Tuvimos nuestros problemas como todas las parejas, pero ninguno muy grave. Además, estoy seguro que mi mujer me era fiel y me amaba, de la misma forma que yo lo hacía.

—No tengo duda sobre eso—dijo el detective—. Mire. No es que quiera ser aguafiestas y sé que usted quiere agarrar al que le hizo eso a su mujer. Pero hoy tan solo deseaba confirmar si estos eran los mensajes que le enviaron aquel día. Lo tendré informado de todo en cuanto tenga más noticias —dijo. El camarero llegó a la mesa, sin embargo, el detective ya se puso en pie—. Gracias. No pediré nada.

—Oiga detective, ¿sospecha de alguien?

—Solo sé que alguien está haciendo que algunas personas se suiciden por cuestiones amorosas.

Andrés lanzó una sonrisa irónica y luego asintió dando por finalizada la charla. El detective salió de aquella cafetería y se perdió lejos. Nuestro personaje miró al camarero. Antes de retirarse, pidió un expreso doble y encendió otro cigarro.

Sacó de debajo de la mesa un periódico de crónica roja donde se aseguraba que un señor asesinó con dos disparos a su mujer y al supuesto amante y que luego se suicidó él mismo. Imaginó la existencia de alguien que pudiera hacer que los hombres se suiciden por amor y la idea le pareció tan ridícula que, de no haber vivido lo que él vivió, casi la desecharía.

Tomó un esfero de su chaqueta, en el borde de aquel periódico anotó el número de teléfono de la persona que le envió el mensaje. Si de algo podía presumir Andrés era de su retentiva e inteligencia. En el colegio había ganado algunos premios por memorizar varios números de teléfono de una guía en poco tiempo.

Terminó su expreso, dejó propina de veinticinco centavos en la mesa y salió buscando algún lugar donde haya cabinas telefónicas. Encontró un viejo local de internet y cabinas que era atendido por una muchacha bastante obesa. Entró en la cabina que máximo mediría un metro de diámetro. Cerró la puerta de cristal. Del lado opuesto a la puerta estaba el teléfono y una ventana que daba hacia la calle. Mientras marcaba el número de teléfono, miró en la carretera a los automóviles y a varias personas en la acera. Marcó el número de celular tres veces.

Con la bocina del teléfono pegada a su mejilla no dejaba de mirar la acera y la carretera. He ahí que una persona se detuvo, contestó una llamada a su celular. —Ojalá fueras tú, hijo de puta—murmuró y finalmente le contestaron

—Andrés ¿Por qué no fuiste un buen amante y te suicidaste aquel día? — dijo la persona que contestó la llamada. Su voz era delicada y fina. No supo reconocer si era una mujer o un niño.

—¿Quién eres? ¿Por qué mataste a María Fernanda?

—¿Así se llamaba? Ja, ja, ja. Ya veré la forma de que mueras. Adiós. — Dijo y colgó la llamada.

—Aló, aló, ¡aló! ¡Carajo! — dijo Andrés. Mirando la calle. El hombre que contestó el celular en la calle ya se había ido. —Ojalá fueras tú, hijo de puta—murmuró.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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