El odio y la muerte

Tamaño de fuente: - +

8

Andrés fue al que era su trabajo para hablar con su jefe y pedirle que le devolviere el oficio. Trabajaba como editor de estilo de una revista de cultura nacional.

Al llegar a la puerta principal, en la planta baja del edificio de dos pisos Don Ángel, el guardia lo detuvo en la entrada.

—Lo siento, no puedo dejarte pasar —dijo el guardia.

Andrés sonrió. Pensó que era una de sus bromas de mal gusto; no obstante, miró al guardia, serio, con el ceño arrugado. El señor cuyas arrugas se comenzaban a perfilar en las patas de gallo esquivó la mirada de Andrés.

Andrés no supo responder. Se quedó mirando al señor y el señor miraba hacia otro lado del suelo.

—No me demoraré nada —dijo Andrés. Ingresó al edificio, esta vez el guardia no dijo nada. Se quedó mirando el suelo en la entrada del edificio.

 Subió al segundo piso. La oficina se dividía en algunos departamentos, separados apenas por pequeños escritorios. Su jefe, hombre menudo, barrigón y casi calvo, lo miró desde el fondo. Su escritorio, a diferencia de los otros del salón tenía unas divisiones de cristal y una mesa mucho más grande. Una taza de café blanca estaba en su escritorio, como siempre.

—Ya veo— murmuró Andrés. La oficina entera se quedó en silencio cuando lo vieron pararse en el umbral de la entrada. Ni siquiera se molestó en saludar a nadie, sino que camino derecho hacia el jefe.

—¿Qué haces aquí, Andrés?

—¿Cómo le va, jefe? Quisiera recuperar mi puesto.

Andrés miró su anterior escritorio. Ahí estaba una joven. Calculó su edad en unos veintidós.

—¡Váyase! Usted no tiene nada que hacer aquí. Sabe bien que el contrato indica que su record policial debe estar libre de cualquier... —vaciló en continuar.

—No maté a mi mujer. Por eso estoy libre. Mi inocencia fue demostrada.

El jefe lo miró incrédulo. Hizo un mohín con la boca. Miró a la joven que ocupaba el puesto anterior de Andrés y dijo.

—Lo siento. Váyase. Le pasaremos un cheque de su liquidación en quince días.

—¡Soy inocente! —gritó Andrés, golpeó con su puño el escritorio de su jefe. El golpe se escuchó en toda la oficina como un eco. Aún nadie en la oficina se movía ni decía nada.

—Váyase.

—¡Usted váyase a la verga!

Andrés dio media vuelta. Miró a sus ex compañeros, pero no dijo nada. Suspiró y salió con lentitud de aquella oficina y mientras caminaba pensó en cada cara que lo miraba como una sarta de hipócritas; eso sí, los viernes, entre bares y copas sí eran sus panasas; ahora no, ahora era un vulgar asesino.

Salió del edificio con rabia y se quedó parado en mitad de la acera. Don Ángel estaba fumando un cigarrillo muy cerca de él.

—Discúlpame —dijo el señor—. No creo que hayas hecho nada malo.

Andrés lo miró unos instantes. Sonrió a medias y se caminó por la acera en dirección opuesta. La gente iba y venía y él pensaba en el idiota que asesinó a su mujer. Tomó de su chaqueta un cigarrillo, lo fumó, acabó y caminó hasta una tienda. Compró una botella de ron. La abrió al salir de la tienda y la bebió sorbo a sorbo. Llegó a la casa de su papá con un par de botellas más, borracho. Se encerró en su habitación y comenzó a beber, a escuchar a Pink Floyd.

Despertó al siguiente día. Su boca estaba seca y tenía sed. Estaba lloviendo. Fue al baño, orinó, se desvistió, se miró al espejo. Estaba mucho más flaco de lo que nunca antes había estado. Rio para sí y recordó a María Fernanda. La extrañaba mucho y pensaba que debía buscar al asesino.

Se dio una ducha de una hora. La lluvia seguía cayendo. Eran las siete de la mañana y su padre ya estaba despierto leyendo el periódico en su sala de estar.

—Te acaban de llamar al celular— dijo su padre.

—¿Contestaste?

—Sí.

—¿Quién era?

—De tu anterior trabajo. Dicen que los llames.

Andrés torció el rictus de su boca con asco. Prefirió desayunar algo antes de hacer aquella llamada. Prefirió luego sentarse a ver una película en internet, antes de llamar a su oficina. Prefirió salir a comprar más licor en la tienda, antes de llamarle al hijo de puta de su ex jefe. De seguro era para decirle que su cheque de liquidación estaba listo. Se lo puede meter por el culo. Pensó cuando estaba de nuevo encerrado en su habitación, ya con la botella de trago abierta y tomada un cuarto.



Christo Herrera Inapanta

#73 en Detective
#43 en Novela negra
#148 en Thriller
#73 en Misterio

En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar