El odio y la muerte

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Andrés entró a la oficina. Miró con suspicacia a sus compañeros. Estos no se acercaron, ni él hizo el intento de decirles algo, comentar algo, o siquiera, saber lo que había pasado en la empresa tras su larga ausencia.

Los volvió a mirar como una gran bola de hipócritas. Se sentó en su escritorio. Era el mismo escritorio pero con un desorden diferente del suyo. Encendió su vieja computadora. Abrió cajones y rebuscó en el archivero negro de metal. Se dedicó a lo suyo. Leer artículos, cuentos, crónicas o reseñas, editarlas, aceptarlas o vetarlas.

—Hijos de puta— murmuró mientras miró a sus compañeros reírse de algo. Le hubiera gustado salir de esa oficina, buscar otro empleo o buscar al asesino de María Fernanda. Pero no tenía ahorros, necesitaba ese trabajo y en ningún lado le pagarían lo que ahí le pagaban; pese a toda su experiencia y pese a lo mejor que hiciera su trabajo.

La única persona que Andrés desconocía era la chica que el día anterior estaba sentada en su escritorio. Se llamaba Jarana Cobos. La muchacha estaba sentada en el escritorio de alado. Rebuscaba unas hojas en un cajón. Jarana era alta, delgada, de piel más bien castaña, Andrés pensó que era muy guapa y de cierto modo le agradó el que la hayan convertido en su asistente.

La oficina tenía un comedor en el tercer piso. Las mesas eran de plástico. En una de ellas estaba sentado Andrés en la hora del almuerzo, apartado de todos sus ex compañeros. Cuando Janara subió al comedor, sentó frente a él. Andrés la miró con cierto desagrado y siguió comiendo sin decir nada.

—Quiero decirte que siento lo que le sucedió a tu esposa.

—Gracias

—Mira. Me gustaría que nos llevásemos bien ya que trabajaremos juntos todos los días.

—¿Algo más?

—¡Grosero!

Andrés comió y no respondió la protesta que Janara le hizo. Por la tarde se había puesto al corriente de todo lo que debía saber sobre su trabajo y pensó que Janara era una muy buena asistente en el puesto que él desempeñaba, de hecho, le extrañaba mucho que su jefe le haya llamado. Con el tiempo, la joven hubiera hecho el mismo trabajo que él con todo profesionalismo, después de todo, ya estaba cursando los últimos semestres de comunicación social en la Universidad Central del Ecuador.

A eso de las tres de la tarde Andrés se quedó mirando el monitor del escritorio. Varios minutos sin decir nada. Miraba el botón de encender. Miró ese minúsculo objeto redondo y recordó toda la escena de la muerte de María Fernanda. Tras varios minutos reaccionó. Muchos de sus compañeros de oficina se le quedaron mirando desde lejos. A su lado, Janara continuaba su trabajo sin inmutarse.

—¿Qué me miran, hipócritas hijos de su puta madre? —gritó Andrés a sus excompañeros. Miró de nuevo a Janara. Luego miró el monitor de la muchacha. Estaba realizando el trabajo que a él le correspondía realizar.

Se le hizo un nudo en la garganta. Salió de la oficina. Bajó al primer piso. Buscó la cajetilla de tabacos entre sus bolsillos, los había dejado en su escritorio. —Mierda— gritó. Don Ángel se le acercó.

—¿Está todo bien?

—Don Ángel, regáleme por favor un tabaco.

El señor asintió y le dio uno. Andrés lo encendió. Sus manos temblaban y respiraba forzadamente —¡Hijos de puta! — gritó mirando hacia el segundo piso del edificio. Don Ángel no dijo nada. Andrés tenía sus ojos cargados de lágrimas y pese a que deseó retenerlas. Se le resbalaron. Una de ellas mojó el papel blanco del tabaco.

Al salir del trabajo. No le costó nada caminar a los bares cercanos. Se metió en uno donde venden la cerveza en combos y donde se escuchaba rock ochentero. Pidió un combo. Luego, un hombre se sentó a su mesa.

—¿Por qué ha llamado al número del asesino? — preguntó aquel hombre. Era el detective.

Andrés lo miró sorprendido. —¿Me estará siguiendo el muy marica? — se preguntó. Levantó su vaso de cerveza y lo bebió. Luego, el camarero le llevó otro vaso y Andrés sirvió más cerveza en ambos.

—Me ha pedido que espere, que usted va a solucionar el caso. El problema es que yo también quiero atrapar al hijueputa que mató a mi mujer y me hizo ir preso.

El detective tomó el vaso y lo bebió de un bocado — Pues usted es un imbécil. Gracias a la huevada que hizo ya no podremos localizar al asesino.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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