El odio y la muerte

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Andrés pensó que vivir con su padre no estaba del todo bien, que estaba llegando a los 34 y que deseaba estar solo y tratar de comenzar desde cero. El fin de semana había devuelto la casa que arrendaba con María Fernanda. Y ahora estaba llevándose todo lo que tenía a su nuevo departamento, cerca del antiguo aeropuerto Mariscal Sucre.

Tardó medio día en llevar todas sus pertenencias al nuevo departamento con ayuda de su padre y los señores de carga. A las nueve de la noche tenía todo y estaba solo. El departamento era pequeño, un cuarto con baño, una sala de estar grande, un comedor pequeño y una cocina, también pequeña. Se sentó sobre uno de los cajones y meditó el tiempo que le iba a tomar desempacar y buscar un puesto para cada objeto que tenía.

Se preparó un emparedado con queso fresco, instaló su cafetera y filtró café. Al poco rato ya estaba bebiéndolo y rebuscó entre todos sus libros algo interesante que leer, o releer. Pensó que lo primero que debía hacer era buscar un lugar donde pudiera leer con comodidad y donde pudiera corregir ciertos manuscritos que llegaban a la editorial y se había llevado a casa. De momento todo se lo había encargado a Janara. Encontró una pequeña revista literaria de hace un año donde se entrevistó a un joven poeta de unos 21 años que ganó el concurso bienal de poesía en Pichincha.

“Mi inspiración son los sucesos cotidianos de las personas”. Se leía el encabezado del artículo donde también estaba la foto de aquel joven. Andrés siguió leyendo y encontró, entre otros elogios hipócritas del articulista, algunas fallas en redacción, y en un fragmento de los poemas muchos lugares comunes, inaceptables en poesía. Nada más común, capaz el guambra fue sobrino o pariente del que organizó el concurso, pensó. Arrojó la revista al cajón y siguió comiendo. Se acercó a la ventana. Desde ahí observó la calle donde un perro mordisqueaba la basura. Luego pensó en María Fernanda y se quedó ahí parado más de quince minutos. A menudo le sucedía eso, a menudo, cuando lo hacía, volvía a llorar y luego, a menudo, iba en busca de una botella de licor y escuchaba su música favorita. Así lo hizo. Bebió de nuevo y durmió en los sillones, cobijado por unas cuantas mantas mientras se repetía en el minicomponente las canciones de Pink Floyd.

La cabeza le dolía al despertar. Era domingo y no habría ningún bar abierto en ninguna parte, ni tampoco podría comprar licor en los supermercados. La noche anterior se había terminado una botella de ron barato y aún escuchaba Confortable Numb.

Se levantó, apagó el minicomponente, se bañó y salió de casa. Ya arreglaría todas sus pertenencias más tarde. Tomó un bus y viajó en trole hasta el centro histórico, a la librería la luz donde solía comprar sus libros. Ahí adquirió algunos ejemplares de filosofía y otros de autores ecuatorianos. Ahora que tenía más tiempo libre podía leer todo lo que desaba, se dijo y luego se sintió mal porque ese tiempo libre, antes lo gastaba con María Fernanda.

Luego encontró una tienda, compró otra botella de ron, pero no la abrió, pensó que sería mejor guardarla para otro día o para la noche. Bajó a la Marín, se metió a un viejo local de comidas y pidió una guatita y luego regresó a su casa y ordenó sus pertenencias.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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