El odio y la muerte

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Señora, usted que prefiere la ambigüedad de una joya, aquí le regalo una manchada con mi sangre. Espero que sepa conservarla de la misma forma que conservó su amor por todo lo que brilla. Es una baratija, sí lo es, pero he comprobado que brilla mejor que el oro si está manchada del carmesí de la sangre y lágrimas de angustia.

No olvide que la amo, tanto como usted ama los souvenires y que la detesto de igual forma que usted detesta las baratijas.

—Esas palabras las dejó el mozo de la señora ésta, presidenta del supermercado de acasito nomás, de la esquina, antes de suicidarse antier— Comentó Janara a uno de sus compañeros el miércoles en la oficina. Andrés lo escuchó atentamente desde su escritorio y esperó que su asistenta estuviere sola.

—¿Cómo sabe que esa fue la carta?

—Porque la encontré en el face

—¿Quién lo publicó?

—No sé, un tipo. Solo estaba colgada en el face. La copié en mi muro. Nada más.

¡Spam! Ninguna carta fue entregada por nadie. Solo un tonto que quiso hacerse famoso publicando tremendas estupideces, y, para colmo, mal escritas, trilladas, triviales, queriendo semejar a las de los amantes del romanticismo que escribían antes de morir.

Lo cierto es que Andrés tuvo la ligera esperanza de dar de alguna forma u otra con el asesino de su mujer por medio de aquella carta. Sobre todo, porque habían pasado ya quince días y el detective no se hacía presente ni tampoco contestaba sus llamadas. El único indicio que le quedaba era la voz del asesino, e incluso eso era un dato ambiguo. ¿Era hombre o mujer quien le contestó la otra vez?

Mientras trabajaba editando un libro de cocina, uno de sus compañeros se le acercó dándole una pequeña invitación.

—Quería invitarte al lanzamiento del libro de un amigo en…

—No —respondió Andrés. Sin inmutarse a ver lo que su compañero quiso decirle.

—Mira. Quiero disculparme por haberte juzgado mal. Todos fuimos unos tontos al pensar que mataste a tu mujer. Si hay algo en que podamos ayudarte, no dudes en decírnoslo.

Andrés no contestó, siguió tipiando en su computador hasta que su compañero se perdió de vista. Janara, que estaba a su lado, lo miró y habló.

—¿Por qué no aceptas sus disculpas?

—Lo que menos me interesa en este momento es perdonar a nadie. Quien sabe, quizá cualquiera de ellos sea el asesino.

—Vaya loco.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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