El odio y la muerte

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Andrés decidió ir al lanzamiento del libro a dónde le invitó su compañero del trabajo. El lugar era un bar cafetería donde había varios cuadros con fotografías de grandes artistas y también pinturas. Se pidió un café mientras esperaba a que tal evento diera comienzo.

Luego compró el libro del lanzamiento y lo leyó. Era de cuentos. Fue editada en una editorial que él mismo conocía por ser mediocre. Los cuentos eran rescatables aunque no estaban bien corregidos. Pensó también que de haber caído en sus manos aquel libro hubiese quedado mejor. O tal vez peor. A veces se daba ínfulas de gran escritor. Luego pensó en los cuentos que él escribió cuando fue joven, cuentos que querían ser una copia, primero de Poe, luego de Lovecraft, luego, cuando conoció a los hispanoamericanos, de Borges; por último, hizo un intento de novela con graves tintes garciamarquinos; ahí fue cuando pensó que escribía bien, pero que no tenía ideas en la cabeza y por ello decidió hacerse editor y crítico literario. La poesía, por el contrario, era algo que él no podría criticar nunca, aunque a veces lo hacía.

¿Qué faltó para tener buenas ideas?, se preguntó. Quizá sea cosa de imaginación o inspiración. Lo cierto es que no soy bueno inspirándome, quizá si viera algo que me impacte o hable con los viejitos de la plaza grande, o quizá si es que yo mismo matase a alguien para poder escribir algo, podría inspirarme.

Ya me imagino la cara de dolor cuando alguien estece muriendo bajo mi puñal, algo así como el final de El Túnel, de Sábato. Total, no sería la primera vez que aquello sucediera en Quito. Un cristo fue crucificado por la misma razón. El arte, pensó. De pronto quedó mudo. Mirando el remanente de su taza. Rio y no esperó a que comience el lanzamiento, sino que salió de aquella cafetería dejando ahí el libro de cuentos que aún no terminaba.

Era viernes. Tomó un taxi y fue a la plaza Foch. Luego entró en uno de esos bares de rock baratos. Pidió una botella de cerveza. La bebió y siguió riendo. Si fuera un asesino tendría buen material para escribir, se dijo.

Se levantó de la mesa donde bebía su cerveza y fue a una discoteca donde no podría oír sus pensamientos. No deseaba pensar en realidad. Solo quería que la noche se consumiera y qué mejor lugar donde haya música banal y mucho licor.

Pagó cinco dólares de entrada y caminó por oscuros pasillos hasta llegar a una pista que aún estaba vacía porque eran las siete y treinta de la noche. Se instaló en la barra y pidió un wiski en las rocas, luego otro, y otro y otro hasta que la discoteca se llenó y él estuvo tan mareado que al final pudo dejar de pensar en que si matase a alguien podría dedicarse a ser escritor. ¿Y si yo maté a mi mujer porque quise dedicarme a ser escritor?, se preguntó riendo.

—¿Se encuentra bien? —preguntó el barman.

—Dime, muchacho. ¿Matarías a tu novia por necesidad laboral?

—¿Disculpe?

—¡Bah! Olvídalo. Mejor dame otro en las rocas.

Andrés se retiró de la barra y caminó hasta una mesa que desocupó una pareja. Se sentó y miró bailar a las personas. Ya no se sintió feliz sino triste porque le hubiera gustado estar con su Mafer, ahí, bailando. Se sintió mal porque se rio pensando que si hubiera deseado ser escritor la hubiese matado. No. No te hubiera matado, Mafer. Hubiera matado a otras personas.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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