El odio y la muerte

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Andrés llegó a la conclusión de que ninguna de las cartas que le entregó el detective pudieron ser escritas por las víctimas, al contrario, muchas tenían la misma estructura estilística. El detective parecía tener la razón. Alguien los mató, o hizo que se matasen, pero, ¿Con qué fines?, se preguntó, y pensó también que todo eso era inútil, salvo que el asesino tuviere una obsesión ridícula por ver morir a alguien de amor, luego pensó que eso sonaba estúpido, cliché.

—¿Qué opinas, Janara? — Preguntó Andrés. — ¿Provienen de una misma persona?

—Si analizamos las líneas medias de todos los textos, lo son. Claro que en las primeras se hace un esfuerzo porque todas ellas parezcan distintas, pero no hay duda que provienen de un mismo escritor.

—¿Escritor?

—Sí, sino quién más. La persona se esfuerza por escribir en algunos casos algo poético y en otros, algo más bien coloquial; sin embargo, tienen cierta belleza. ¡Debe ser un escritor! Si me lo preguntas. Nadie que se suicide dejaría una nota como esta, al menos no aquí en Ecuador, menos aún, gente de la posición socioeconómica que ha muerto.

—No lo había pensado. ¿Crees que se podría dar de alguna forma con el escritor de esto?

—La verdad es que debe haber muchos escritores por ahí en Quito; pero, encontrarlo sería muy, muy difícil. Tal vez si comienzas en lugares donde se puedan reunir escritores.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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