El odio y la muerte

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Una gran manifestación contra el gobierno de Rafael Correa inundó las calles desde el parque el Ejido hasta la Plaza de la Independencia. Se cerraron varias vías. El tráfico se hizo intenso a las seis de la tarde. Andrés se paseó por varias calles esperando a que terminare aquella marcha. La verdad es que ni siquiera le afectaba a él tal marcha porque vivía en el norte. Las incomodidades son para la gente del sur. Vagabundeó porque le gusta caminar. Ya no había quien le regañare por llegar tarde a casa. Una ventaja de mi tragedia, pensó, se sintió mal y pidió disculpas a María Fernanda. Ojalá tuviera alguien que lo regañe por llegar tarde. Ojalá estuviere aquel momento con Mafer.

Llegó entonces a una pequeña librería. Entró. No pensaba comprar nada, aunque salió con tres ejemplares. Quien atendía era un uruguayo que tomaba mate mientras él rebuscaba entre los libros.

—¿Busca algo específico?

—No, solo estoy haciendo tiempo hasta que termine la marcha.

—¡Ah!, bueno. Le dejo entonces.

—¿Conoce usted sobre algún taller de literatura?

—¿Es escritor?

—No, estoy buscando uno. O a alguien que conozca de muchísimos escritores ecuatorianos.

—Se me ocurren algunos talleres, aunque si busca a alguien que conozca de muchísimos escritores del Ecuador puede preguntar en editoriales.

—Soy editorialista. No intimamos con escritores, solo con sus textos.

—¡Ah!, bueno. Entonces usted está buscando en lugares equivocados, amigo.

No soy su amigo, pensó. —¿Cuál sería el lugar correcto, entonces?

—Círculos de lectura. Ahí se adora a los escritores y se conoce su vida. Recuerde que los escritores son gente más bien huraña. Se llevan con muy pocos y se leen muy poco entre ellos.

Muy inteligente el tipo, por eso me gusta la gente que lee. — Gracias. ¿Cuánto le debo de estos tres libros?

—Doce dólares.

—¿Por si acaso, conoce algún taller de lectura?

—No.

Andrés se metió a una cafetería donde comenzó a leer. Eran las ocho de la noche. Lo mandaron a las ocho y media. La marcha había terminado. Dos policías heridos y unos cuantos de oposición lastimados la cabeza. ¿Eso fue todo?, se preguntó al escuchar las noticias en el autobús. Llegó a casa. Frente del umbral de su puerta estaba famélico. Maullaba. Sí hay alguien que me regañe por llegar tarde, pensó. Sonrió, se agachó y acarició al gato.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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