El odio y la muerte

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Mientras María Fernanda cocina el almuerzo, Andrés se sienta en su cómoda silla de lectura. Junto a él están apilados algunos libros. Él la mira yendo y viniendo de un lado a otro, con ese vestido viejo de los domingos que la hacía tan hermosa o que ella hacía hermoso al vestido. Su cabello recogido en una coleta, desmarañado y sus lentes de gruesas lunas porque sin ellos no podía ver bien.

Sonríe al verla y piensa que esas luminosidades del sol que atraviesan las ventanas y la tocan le hacen parecer un ángel, aunque quizá los ángeles no sean tan hermosos, quizá los ángeles sean quienes se le parezcan. María Fernanda se detiene un momento junto a la ventana, allí donde el sol le acaricia, se percata que Andrés la está mirando y sonríe.

Alguna vez le preguntó que, si él tuviere que elegir entre sus libros y ella, ¿con quién se quedaría? Contigo, dijo Andrés, aunque lo hizo vacilante, hoy sabe que se quedaría con ella.

María Fernanda sonrió, sonrió y se acercó a él, se sentó en sus piernas y allí se acurrucó como un niño en los brazos de su madre. Te amo, susurró.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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