El odio y la muerte

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Andrés llegó al taller de lectura, pagó la inscripción y se coló entre los seis vejetes sentados, discutiendo el nuevo libro de Vargas Llosa, aburrido. Nunca pensé que esto sería así de aburrido, pensó mientras los miraba conversar.

—¿Usted, lo ha leído ya?

—No me gusta Vargas Llosa —dijo irritado. Lo cierto es que era uno de sus escritores favoritos.

—¿A qué ha venido, entonces?

—¿Solo se lee a Vargas Llosa?

—No, pero esperábamos una respuesta menos pueril.

Andrés se puso de pie y fue a la salida, hubiera deseado escupir en la cara de cada uno de aquellos vejetes. Malditos, maldita sea. Maldita sea, ojalá yo muriese.

Desde que se acostó con Janara no dejó de recriminarse a sí mismo. Había renunciado a la editorial.

—¿A qué vino, joven?

—Ahora ya lo olvidé — respondió sin voltear a ver. Se detuvo en el umbral. ¿Por qué chuchas no preguntas si sí o si no?, no pierdes nada, deja de ser marica, se dijo. Dio vuelta, sonrió, sonrió tan ampliamente que cualquiera hubiera dicho que estaba a gusto de ver a esos carcamales.

—¿Alguno de ustedes conoce a alguien que sepa mucho de los escritores ecuatorianos de este siglo?



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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