El odio y la muerte

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Andrés estaba con Janara cuando llegaron a casa de Medardo a eso de las siete de la noche. Medardo, por otro lado, estaba con un joven de unos veintisiete años que usaba una boina y una bufanda gris en el cuello. Tenía unos gruesos lentes de contacto y al parecer también era otro ratón de biblioteca.

Entraron a la casa donde los libros cubrían las paredes, sillones, escritorios, cómodas, baños. La luz era opaca y amarilla. Se olía a tabaco y polvo y hojas viejas; también había un ligero olor a meado de gato, por lo que se podía inferir que Medardo vivía con uno, gato que quizá se haya ocultado entre los libros. Janara hizo un mohín por el olor y Andrés percibió otro olor común: Vino.

—Mucho gusto, mi nombre es Alexis. Soy amigo de Medardo. — Dijo con una voz afeminada. Andrés pensó que él podía ser pareja de Medardo, si es que éste era homosexual.

—Mucho gusto — dijo Janara.

Andrés lo saludó, solo estrechando su mano. Le disgustaba la idea de que otro metiere sus narices en la investigación que estaba realizando. “Qué más da. A ver si ayuda, puede que algo sepa”.

Caminaron hacia el comedor donde olía ahora a café. Medardo estaba pasándolo en una cafetera blanca. Alexis prendió una radio y reprodujo Boleros.

Janara no dejaba de admirar tantos libros. De cierto modo, Andrés también los admiraba, empero, su fin era saber si Medardo y su compañero tenían información que les fuere relevante y no tanto admirar libros.

Alexis se sentó en un sofá viejo y comenzó a fumar un cigarro. Sonrió con amplitud. Mostró la cajetilla abierta a Andrés quien tomó uno.

—¿Lees, Andrés?

—Sí

—¿Cuál libro, en este momento?

—Varios. Leo muchos a la vez.

—Medardo me comentó que buscabas un escritor en particular. ¿Eres su fan?

—No.

—¿Y por qué lo buscas?

—Mató a mi mujer y me incriminó por ello. — dijo Andrés, impávido.

—Lo siento, aunque no estoy seguro que un escritor matase a alguien.

—Ni tampoco estoy seguro de que sea un escritor a quien busco; y no lo sienta, a su pareja no le han matado.

—Bueno, todos sufrimos por algo. — Concluyó Alexis poniéndose en pie, serio. Caminó donde estaba Medardo observándolos en silencio.

Medardo sirvió cuatro tazas de café en jarros gruesos y blancos. Se sentó en la sala y pidió a sus invitados que lo hicieran también. Se acomodaron y guardaron en silencio. Andrés recordó que a Medardo no le incomodaban los silencios, sin embargo, a él sí. Sí le molestaban. Tener que rascarse el cuello, mirar hacia otras direcciones, pensar en la nada, pensar en lo que hay tras los umbrales, pensar en María Fernanda. Ahora que lo piensa bien, Andrés detestaba los largos silencios porque recordaba a una María Fernanda, no sonreída, no hermosa, la recordaba muerta, acribillada.

Miró a Janara quien observaba los libros, como una niña en juguetería. “Ojalá fueras ella”, le dijo en silencio. Andrés miró los libros, se percató que había algunos en otros idiomas que no sabría identificar.

Se estaba cansando del silencio.

Incluso Alexis, con cigarro en boca, guardaba silencio. Sorbía. Andrés podía escuchar el leve sorbo del café caliente y lo detestaba. A veces, todo le sonaba, sabía, veía, olía y sentía a la muerte de María Fernanda.

Terminaron su bebida, así, en silencio.

—¿Quién escribió el mito de Er? — preguntó Medardo, mirando a Janara y Andrés.

“¿Qué mierda”, ¿A qué desea jugar este tipo?”

—Fue Platón. — Dijo Janara. — En la República, si no estoy mal.

—Estás bien, niña, muy bien.

—Medardo, diles lo que necesitan saber y deja que se marchen. Aquellos que no saben apreciar el silencio no sabrán apreciar nunca el arte.

—Le agradecería que así fuera. — Dijo Andrés.

—Creí que tendríamos una tertulia. — Dijo Medardo.

—No podrían conocer lo suficiente. No deseo que te aburras, como ya lo estás. — Dijo Alexis.

—No somos ningunos improvisados. — Protestó Janara.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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