El odio y la muerte

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Andrés dejó el lugar. Tenía un nudo en la garganta. Le entregó el papel al detective y se despidió. Caminó varias cuadras, pensando, “¿Por qué?, ¿qué hice para vivir esto?” entró a una tienda, temblaba. Compró una botella de ron. Salió de ahí, bebiéndola a bocanadas.

Comenzó a llorar, chocaba con algunos jóvenes. No tenía ganas de entrar a tomar a ningún bar o discoteca. Quería estar en silencio, pero tampoco quería estar en su casa.

Llegó a un pequeño parque, se sentó a beber. Miraba los autos. Pensaba “¿Por qué?” “No recuerdo haber dañado a nadie, quizá deba dejar las cosas como están, alejarme de todo. No creo en el alma, no hay motivos para que una venganza haga que María Fernanda descanse en paz si la vengo”. Un rayo cayó de lejos y luego un trueno lo ensordeció. “Lloverá pronto”.

Bebió más ron. Comenzó a marearse y dejó de importarle todo. Aún lloraba, lloraba sin gemir, solo lágrimas. Comenzó a llover. Se levantó, llegó a su auto y regresó a casa.

Subió al piso de su departamento. Estaba oscuro. Encendió la luz del pasillo. Habían escrito con tiza, en su puerta: “Clímax”. “¿Quién habrá escrito esto?” La puerta estaba sin seguro. Él nunca dejaba su puerta sin seguro. “Quizá la dejé así por salir a prisa”.

Entró. Del techo colgaba una cuerda, del extremo opuesto de la cuerda estaba famélico, ahorcado.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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