El odio y la muerte

Tamaño de fuente: - +

38

La policía estaba en el departamento de Andrés recolectando huellas y datos. Un policía le hizo las preguntas de rigor. Si conocía a alguien que quisiera vengarse de él. Si debe dinero a alguien. Si tiene enemigos. “No, no y no, maldita sea. Nunca he tenido enemigos”, pensaba.

Presentó toda la investigación que había realizado. De los libros que publicaron con sus fotografías. De los distintos seudónimos de aquel escritor. De las llamadas que le estaban haciendo. De la carta que le dejaron en el bar la anterior noche.

—Abriremos un expediente e investigaremos a fondo este asunto, pero necesitamos que realice la denuncia pertinente.

—El caso había sido archivado. — Dijo el detective, también estaba en aquel lugar. —Tendrán que volver a abrirlo. Tiene relación con los últimos suicidios donde los suicidas dejan esas cartas. Andrés encontró el patrón de un mismo escritor en las cartas esas. Se puede deducir que fueron hechas por el mismo asesino.

Horas después habían llevado al gato a hacer una necropsia y para recolectar huellas digitales, si es que se podía hacer eso. Tanto en la cuerda que usaron para ahorcar al gato, como en el gato mismo.

Andrés despidió a todos. La policía ofreció protección personal, pero Andrés la rehusó. Decidió olvidar por completo el asunto. Decidió no poner otra denuncia. ¿Para qué, si igual ellos eran ineptos? “Maldita burocracia”.

Se quedó en el departamento. Estaba triste por famélico, estaba triste por María Fernanda. Pensó que hubiera sido mejor asesinarse la vez que tuvo la pistola en la mano. Bebió todo el licor que tenía, esperando asesinarse borracho, pero borracho se armó de valor y se prometió atrapar al sujeto ese.

Tres días después, pasada la resaca, dijo que iba a dejar todo de lado. Que olvidaría al gato y a María Fernanda. Además, le había dicho a Janara que no se preocupare. Que no lo fuera a ver, no vaya a ser que también muera la pobre muchacha. Para ella pidió que se le ofreciera vigilancia policial lo más pertinentemente posible.

Dejó su departamento. Compró un pasaje a Cuenca. Viajó con una maleta y tres mudas de ropa, sin celular, sin decir nada a nadie y se estableció en aquella ciudad durante un mes, dilapidando recursos. Luego viajó a Machala, luego a Guayaquil y luego a Manta.

Volvió cuando se le terminó el dinero. Debía un mes de renta. Janara lo había pagado. No llamó a agradecerle. No habló con ella. Ni le permitió la entrada los días que la muchacha llegaba a su casa y golpeaba la puerta.

Pasó otro mes. Andrés estaba con anemia. Dejó de comer, mas, no de embriagarse.

Padeció Delirium Tremens y pesadillas nocturnas si dejaba de beber, por lo cual, a veces tomaba pastillas para mantenerse en vigilia. Escuchaba de día que abrían su puerta, que arrojaban sus libros al piso, que alguien disparaba, que alguien golpeaba a su gato muerto y escuchaba también maullidos. A veces, cuando estaba recostado en su cama sentía que una sombra se recostaba junto a él, que le acarician el cabello. También escuchaba el teléfono, pero no timbraba. Escuchaba música en la radio, pero no estaba encendida. Escuchaba el aguacero cuando el sol resplandecía más. Tenía largos periodos de calofríos.

A veces despertaba y toda su casa estaba desarreglada. Alguien había movido sus cosas de lugar. Llamó varias veces a la policía por ese hecho. Lo cierto era que él lo había movido todo.



Christo Herrera Inapanta

#102 en Detective
#60 en Novela negra
#196 en Thriller
#99 en Misterio

En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar