El odio y la muerte

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Tuvieron sexo mientras un DVD se reproducía en la televisión. Mientras un aguacero comenzaba a barrer las calles sucias y los truenos iluminaban los ventanales. Mientras en un bar literario se presentaba un libro sin autor. Un autor que había decidido no asistir a su propio lanzamiento y los comensales se miraban decepcionados y los críticos realzaban con sus más mordaces argumentos; el nacimiento y muerte de un pobre escritor que en su más reciente libro había escrito a penas una frase en mitad de trescientas páginas en blanco.

Morir de amor aún es posible”.

Cuando Andrés y Janara terminaron su sexo, agotados y húmedos, la puerta del departamento se abrió en silencio. Una persona entraba en puntillas, haciendo el menor ruido. Buscó a los amantes a quienes encontró dormidos, abrazados en la cama.

—Sabía que iba a encontrarte aquí.

Andrés y Janara despertaron, asustados. Janara se cubrió el cuerpo y Andrés miró impávido la figura que estaba a los pies de su cama. Sin embargo, sorpresa suya, ¡Oh!, gran angustia que sintió ver a pocos metros al hombre que había acabado con su vida, que mató a su mujer y que ahora, lo tenía a horas de una muerte inexorable, y que, no obstante, no dejaba de sorprenderlo. Un ser, idéntico a sí mismo, desde la estatura, hasta el pelo.

—Te pareces a mí. ¿Por qué?

—Soy tu hermano. ¡Hola, hermano! — Dijo. — Todo lo que has vivido ha sido un maldito cliché, pues te contaré otra historia con el mismo desencanto. Padre tuvo una aventurilla con una zorrita. Nací yo. Te conocí de casualidad un día que fui a dejar un libro en la editorial puerca donde solías trabajar. ¡No era justo!, yo, tan perfecto y tú tan burgués. Tú, tan víctima de la historia que estaba comenzando a escribir. Mi igual no debía vivir como tú lo hacías.

—¿Qué quieres?, ¿a qué has venido?

—A saber, ¿por qué te rendiste? A saber por qué te sigues acostando con esa puta, a saber, ¿por qué dejaste que alguien como yo, que se parece tanto a ti matara a tu mujer?

Janara se aproximaba con lentitud hacia el velador donde estaba su celular. El intruso sacó un revólver con silenciador de su chaqueta, apuntó a Janara. —No te muevas. No deseo estropear el final de esta historia tan intrigante.

—¿Qué quieres?, déjate de juegos, ¿qué quieres? — Dijo Janara con rabia.

—Él lo sabe bien, cierto, Andrés. Tú lo sabes. Díselo, díselo, por eso eres mi igual. No sabes lo impresionado que me sentí de verte, tan mí, pero tan tú.

—No te conozco. Eres un psicópata. — Dijo Andrés.

—¡Oh!, vamos, Andrés. Díselo. ¡Díselo!

—¡Ya basta!, ¿A qué has venido?, ¿A matarme?, pues anda, ¡Hazlo!, no era ese tu estúpido clímax, no fue eso lo que escribiste en la puerta antes de matar a mi gato.

—¿Matarte?, no deseo matarte. Ese nunca fue mi objetivo, Andrés, estimado mío.

—¿Entonces qué? Y habla bien, pareces marica,

—Bueno. Quiero destruirte, hermano, el objetivo de la vida es la destrucción de la misma. Cuando toda tu vida sea una mierda, dime, ¿qué nuevo ser renacerá de ahí?

—Pues bueno, lo hiciste ya. Me destruiste, estoy desahuciado. Pero, ¿por qué a mí?

—Tontuelo. ¡Que no te muevas, maldita sea! — Gritó. Disparó con certera puntería al celular de Janara. Estaba tratando de tomarlo. Lanzó un grito, Andrés se estremeció. La próxima irá a tu lindo rostro, puta.

—No soy puta — musitó Janara, temblando del miedo.

—Sí lo eres. ¡Puta! — Dijo —Pero bueno, ¿por qué a ti?, ¿no te lo dije?, eras tan mí, pero tan banal, tan tonto. — Rio — No te mataste cuando debías hacerlo, ahí supe que eras mi protagonista, ahí, cuando cambiaste el argumento de mi historia y tuve que reconfigurarla para que al lector, cuando termine de leerla le quede algo bueno en la memoria. Al principio no perseguí ningún fin contigo, pero me molestaba que alguien como tú estece como alguien como yo. No te creas tan especial, solo te pareces a mí, sobreviviste un tiempo, pero ya vez, el amor aún puede matar de la forma más sublime.

Mírate ahí, acabado, canceroso; mírala a ella, ¿no crees que también ha sufrido por ti? Lo ha hecho, no ha dormido noches enteras. Mírame a mí, conversando con mi víctima. Nunca lo hice, me obligaste a hacerlo. ¿No es digno de escribirse?



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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