El odio y la muerte

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Andrés apuntó a su igual. Lo miró de arriba abajo. Quizá había ciertos rasgos que los distinguían. Quizá su cuerpo era unos milímetros más corto, su pelo más largo y un poco más rizado. Sus manos más delicadas, su piel menos blanca. Pero eran iguales en lo que se los veía. Nada más podía advertir Andrés, sabía que en el fondo eran dos seres diferentes. Miró a ese hombre, sonreía, estaba alegre y él, asustado.

“María Fernanda”, dijo Andrés. Sonrió, hizo un ademán de bajar su arma. Un disparo restalló. Janara lanzó un chillido. Una bala le atravesó el estómago.

—Te lo dije — dijo su igual, riendo. Carcajeó tanto que se dobló hacia atrás. —O me matas, o se muere ella.

Andrés se puso en pie de un salto, Janara se tomaba el estómago. Las sábanas y cobijas comenzaban a mancharse de sangre. Andrés recordó a María Fernanda muerta. Apuntó furioso con el cañón al asesino. Ese se había escapado y corría fuera de casa. Los vecinos del edificio habían escuchado también el disparo.

—Voy a estar bien. — Musitó Janara. Su rostro mostraba lo contrario. —Estaré bien, si se te escapa hoy, no lo atraparás nunca.

Andrés se vistió pronto y corrió tras su igual. Salió de casa y recorrió varias aceras; sin embargo, aquella cacería, no era de la presa y el cazador. Era de una presa que se quedaba varada en cada esquina hasta que su cazador lo viera y volviera a huir. Era una sombra que carcajeaba al ver a Andrés acercarse.

Andrés llegó hasta un parque. El viento arreciaba. Las nubes eran negras y las farolas no servían aquella noche.

—Hijo de puta. — Musitó Andrés, escudriñando hacia lontananza. No podía ver nada. Árboles, juegos infantiles, cercas y casas remotas. Niebla ascendiendo. Ladrido de perros y sirena de ambulancia. Sus manos temblaban, ya sea del frío, ya sea del miedo, la ansiedad. “¿Dónde estás?”, preguntaba mascullando. “¿Dónde estás?”. Pisadas lentas. Hierba húmeda, pisadas silentes. No las suyas, las de su igual.

CARCAJADA

—Tu putita se muere.

“Aparece y morirás primero” musitó Andrés, pensando que debía ser sigiloso, pero no lo era. Estaba quieto, en un claro del parque, observando de lejos con el arma en su mano, aunque ciertamente no sabía cómo usarla.

—¡Y cuando el héroe se enfrentó a sí mismo, perdió la cordura! — dijo. CARCAJADAS. —Fin. — Dijo. —Trililín. — CARCAJADAS.

Sonido, cadenas de columpio, cadenas chirriantes, pisadas adyacentes, pisadas fortísimas.

—Aquí estoy. — Dijo. Andrés volteó a ver. En un columpio, precisamente, estaba su enemigo, sentado con un libro en la mano. —¿Vas a matarme, ahora sí?

Andrés lo apuntó. Puso su dedo en el gatillo, vaciló. Recordó a María Fernanda y Janara. Inspiró fuerte. —¿Cuál es el objetivo de tu muerte?

—La muerte.

—Déjate de huevadas, contesta.

—La muerte. El más sublime de los artes. Vivir al borde. — Dijo. Alzó su pistola y disparó, tan cerca de Andrés que éste escuchó la bala romper el silencio. —La muerte devuelve al hombre su lugar en la tierra. — Continuó y volvió a disparar. —El polvo. Polvo eres y polvo serás. ¿No deseas sentir al menos eso, antes de morirte? Luego de la muerte, la nada. Nadie vive su propia muerte. — Dijo. CARCAJADAS.

Andrés se estuvo quieto. Tuvo miedo de morir, aunque lo cierto es que estaba ya muriendo, desahuciado. Quiso vivir. “¿Cómo estará Janara?” No ser polvo. “No quiero morir”, no será polvo. “¡No seré polvo!”.

—Marica, eres un marica. — Espetó el asesino. —Me queda una bala más. Ya no jugaré más contigo. La próxima irá a tu cabeza, tan certeramente que escribiré una poesía por ello. No mereces parecerte a mí. Pseudo burgués infeliz.

Antes de halar su gatillo: “No seré polvo” pensó Andrés. No vaciló, Andrés lo disparó. El asesino cayó al suelo, tomándose el muslo. La pistola había pateado a Andrés y su disparo se desvió. Deseó matarlo, deseó vivir, no morir aquella noche.

—Buen disparo. Buen disparo. — Decía su igual, conteniendo el dolor, pero feliz. Quiso carcajear pero no pudo. — Un disparo más y todo estará hecho.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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