El odio y la muerte

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Epílogo I

Asistieron al velatorio los amigos que aún se consideraban amigos de Andrés. Los familiares que él más cercanos tenía. Entre ellos, los padres de María Fernanda. Janara y sus compañeros de trabajo. También el detective de policía y el padre de Andrés, quien, taciturno permaneció en primera fila, vistiendo de etiqueta, bebiendo una botella de vino cada cierto tiempo. Embotado, beodo, pero quieto, con el libro que su otro hijo había escrito con el seudónimo de Andrés.

Un crítico literario fue sacado de mala manera el segundo día de velación. Había deseado entrevistar al padre del difunto escritor. Había argumentado que no existiría mejor libro que aquel en la historia de la literatura del Ecuador. A nadie ahí le importaba lo que pasare con ese libro.

El día del funeral. El padre de Andrés arrojó el libro a la basura.

Hizo buen sol aquel entierro. Viento de verano, hojas secas. El padre Andrés se devolvió a su casa y ahí lloró incontables días.

Diez meses después, alguien tocó a su puerta. La abrió. Era Janara y cargaba una niña nacida apenas hacia un mes atrás. El padre de Andrés la miró y sonrió.

 

 

 



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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