El odio y la muerte

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Perseguí a un hombre de unos veintitantos años a quien la mujer le está poniendo los cuernos con su mejor amigo. Este si es bien cojudo. No darse cuenta de eso. En fin, mi trabajo no es juzgar qué tan tonto es el protagonista, aunque eso no me ayuda en nada a construir mi novela.

Este idiota no se da cuenta ni por más que el amigo dejó alzada la tapa del baño. Lo último es un decir, pero estoy seguro que si pasara, el marido no se percataría. ¿Tendrá también una moza?, me pregunté primero.

No la tiene. Me está haciendo perder el tiempo. Ya dos meses y medio persiguiéndolo.

¡Al fin se dio cuenta!, fue una suerte que yo haya estado rondando la casa el momento preciso. Se le armó la grande a la pobre mujer. Ojalá no la maltrate, me emputa la gente así. Y bueno, si lo hace enriquecerá mi texto, me da igual. ¡Qué gritos, qué reclamos!

El idiota se dejó vencer. La mujer se ha ido de casa. Se ha llevado todo. El tarado no se matará. Así no podré terminar nunca mi novela.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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