El odio y la muerte

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Perseguí a un hombre que vivía en el centro histórico. Su mujer lo abandonó por otro hombre, se fue llevando a sus hijos y todas las cosas. Se lo merece. Era un imbécil. Si llegaba borracho le solía dar sendas palizas. El caso es este: Cuando el pobre hombre se enteró que su mujer lo abandonó, rompió lo poco que le quedaba en casa y luego salió de esta. Lo seguí y llegamos hasta la calle la Ronda. Se metió a un bar de canelazos. Esperé a que se embeodara. Me senté a su lado con otra jarra de licor. Le invité.

Me hice el que escuché sus penas pero lo único que hice fue comenzar a meterle ideas suicidas. “Vale la pena vivir”, “La familia lo es todo” “Ahora las mujeres se quedan con la patria y potestad” “La vida es una mierda”. Cómo me sirvieron los discursos existencialistas para deprimir a ese hombre.

Puse en su bebida unas pastillas que sé que lo deprimirían aún más sin que nadie se diera cuenta, ni siquiera los de la morgue. Me alejé. Escribí unas cuantas líneas sobre su muerte. Algo cursi, nada elaborado, no vaya a ser que se dieran cuenta que esto no lo escribió él.

Le hice un favor al pobre, más bien me lo hice a mí. Le dejé en la puerta de su casa una soga ya amarrada para que se ahorque. No imaginé que tendría buena imaginación. Se ha colgado frente a una iglesia. Tuve que reescribir la puta carta. Tomar taxi, imprimir la hoja. Volver a tiempo para dejarla en un lugar donde los periodistas pudieran dar con ella y publicarla en  crónica roja.



Christo Herrera Inapanta

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En el texto hay: asesinatos, romance

Editado: 28.09.2019

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