El oso

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Capítulo 14

Se puso denso el aire luego de la respuesta de Jorge, a quien se lo veía bastante aliterado.  Copitelli trató de distender el ambiente contando un par de chistes, las mujeres rieron ruborizadas. Mamá y tía Rosa se miraban como si fueran dos virginales adolescentes, María no le sacaba los ojos de encima al seductor Copitelli que estaba en su salsa. La cara de culo de Jorge no podía disimulara. Yo estaba en una tensión que nunca había sentido en mi vida. Mariel estaba incomoda por la platea femenina que tenía su novio. Promediando el almuerzo comenzó a sentirse la borrachera de Copitelli que ya había empezado a hacer chistes subidos de tono y de un buen gusto dudoso. En un momento, Jorge se levantó llevando los cadáveres de las botellas de vino, desde la cocina me llamó con un gesto que hizo con sus cejas que subían y bajaban de su cara que tenía ese rictus de molestia, mezcla de celos y de bronca contenida.

 

  • ¿Qué pasa, Jorge?
  • ¿Qué me pasa? Todo me pasa, Isi, todo. Este mequetrefe que trajo tu gran amiga Mariel, me pasa. No lo puedo soportar. Haciéndose el galán con todas las mujeres y todas a sus pies. Y encima lo del laburo, todavía no puedo creer que Menossi lo haya promocionado. Un tipo vago, borracho. ¡No sirve para nada!

 

Más allá de la legítima alteración  de Jorge, yo sospechaba que en el fondo, tal vez solo en su inconsciente, estaba con celos y con un poco de envidia. Los celos eran por tía Rosa, que era la más extrovertida y la que más demostraba su admiración por Copitelli. Y la envidia era porque a él le gustaría estar en el lugar de nuestro compañero beodo. Pensé todo esto pero ni loco pensaba decírselo a Jorge.

 

  • Jorge, lo del laburo está claro. En la última reunión Menossi dijo que el estado nos iba a subsidiar. Es evidente de que también quiere poner gente, Copitelli siempre nos dijo que tenía contactos en la política. A mí una vez me contó que el viejo había sido funcionario no sé de qué gobierno. Todo cierra, de la única manera que Copitelli puede ser gerente es así como te digo. Y bueno, viejo, hay que bancársela.
  • ¿Bancársela? ¡Qué fácil lo decís! Tener a ese tipo encima de nosotros. Nosotros con todos los laburos que hemos hecho y nunca nos reconocen. Mirá, mejo no hablo más.
  • Jorge, amigo mío, hablá todo lo que quieras. Pero hoy tratemos de disfrutar este almuerzo familiar.
  • ¿Vos me estás cargando? Disfrutar con este tipo haciendo su numerito para todas las mujeres.
  • Vamos a tomarnos unos vinitos más así nos relajamos un poco. Tranquilo. Nosotros igual somos felices. Somos buena gente, laburamos bien. Pesos más o pesos menos no van a cambiar lo que somos. Dale, Jorge le dije mientras le palmeaba la espalda.
  • Uffff, tenés razón, Isi. Solo nos falta que nos den bola las minas…
  • ¡Jajajajajajajaja! Nos dan bola, solo hay que estar atentos.

Fuimos al patio llevando una botella de vino. Copitelli seguía contando sus anécdotas interminables. Podía asegurar que el noventa por ciento de lo que contaba era mentira, o mejor dicho, eran historias reales con una gran cuota de condimento que las hacía totalmente diferente a los hechos que realmente había sucedido. Pero había que reconocer algo: la gracia que tenía Copitelli para contar historias eran únicas, encima de que su atractivo físico lo acompañaba. Aunque, apostaría que de todo lo que contaba mucho no le hacía caso, solo lo miraban, miraban sus ojos, su forma de hablar, sus gestos, sus caras. Copitelli era, sin dudas, un actor frustrado. A las mujeres ni siquiera les importaba que, debido a su borrachera, no se le entendiera mucho, su lengua se le trababa, estaba empastada y levantaba, como todo borracho, el volumen de su voz sin darse cuenta.

 

  • Bueno, vamos a hacer un brindis. Quiero brindar por estas maravillosas mujeres, sobre todo por mi amor, Mariel. Y por todas estas bellas damas que nos acompañan en este cálido almuerzo familiar. Gracias, Isidoro, por invitarme a tu casa, por compartir tu familia conmigo, espero que no sea la última vez. Algún día también los invitaré a todos a mi casa. Jorge, por vos también ya que sé que sos un pilar importante de esta familia, sos un amigo de fierro para Isidoro y eso no se encuentra todos los días, la fidelidad de los amigos es infrecuente. Yo lamentablemente no tengo muchos amigos, soy un solitario que ahora ha encontrado a su amada en un momento difícil de mi vida, pero no quiero hacerlo muy largo. A las damas, simplemente agradecerles como nos han tratado y también, porque no, por su belleza. Son las tres bellísimas, mamá Adela con esas manos únicas para hacer estos ñoquis, nunca comí tan bien en mi vida. María, con esa belleza aún adolescentes y ese cuerpo grácil y elegante, y que decir de tía Rosa con esos ojos verdes y ese cuerpo que envidiaría cualquier mujer, y no quiero ser grosero, pero que caderas y que cola tiene, Rosa.

 

Luego de la última frase de Copitelli todos nos quedamos en silencio. Tía Rosa estaba ruborizada pero feliz por las palabras que le había dedicado, Mariel estaba blanca, mamá todavía pensando en lo que le había dicho a ella de su comida y María con ojos de enamorada, como si no hubiera escuchado nada de lo que había dicho Copitelli. La cara de Jorge era la de un vikingo sediento de sangre. Se lo quedó mirando un rato largo sin pestañear, Copitelli se dio cuenta y le tocó el hombre en tono amistoso. A Jorge parecía que le salía fuego por sus ojos.



Queco

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En el texto hay: amor, amistad, amor de familia

Editado: 31.10.2018

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