El pirata y el tritón

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3 - ¿O sí existen?

Pierre dio unos pasos para atrás y se sentó en uno de los cañones caídos intentando descifrar lo que estaba sucediendo. Unos instantes después vio que por el mismo agujero del casco alguien lo miraba, aunque sólo podía ver su cabeza y sólo de los ojos para arriba. Pierre, entonces, ya no tuvo ninguna duda: alguien había allí. Se levantó pero quien lo estuviera mirando se volvió a ocultar y Pierre optó por sentarse de nuevo. A los pocos minutos la criatura volvió a asomarse y sin cambiar de posición, con el tono más suave y menos amenazante que pudo, Pierre le dijo:

—No temas. No te haré daño —pero no sirvió pues el rostro volvió a desaparecer tras las maderas.

Decidió Pierre intentar ver por otro de los agujeros, un poco más lejos y desde el cual supuso que tendría un buen ángulo. Asomándose pudo ver a la criatura completa, aunque de espaldas: larga melena ondulada, torso desnudo y de la cintura para abajo, cuerpo de pez, con grandes escamas verde-azuladas y una inmensa cola que parecía de tul, amplia y flotante, que se mecía delicadamente al vaivén de las olas que iban rumbo a la playa.

—¡Hey! —le dijo Pierre desde el otro agujero, pero la criatura se volvió a asustar y se escondió entre los restos del naufragio, saliendo completamente de la vista de nuestro improvisado capitán, ahora sin barco.

Pierre se mantuvo en silencio intentando escuchar algún ruido que delatara dónde se había escondido la criatura, pero ni escuchó ni vio más nada. Pensó que quizás volviera, pero como eso no era seguro se lamentó de no haber tenido la oportunidad de observarla más de cerca y si fuera posible, hacer un dibujo para llevarlo a tierra firme cuando volviera y compararlo con los otros que había visto en algunos libros.

Dado que la espera se mostraba inútil se deslizó al agua, nadó de pecho unos metros para salir de entre los restos del naufragio y finalmente caminó hacia la playa, pues tal como había visto, el lugar era muy llano. Llegado a tierra, buscó la sombra de unos arbustos y se sentó a esperar y a descansar, ya que por un lado tenía la esperanza de volver a ver a la criatura y por el otro era probable que tuviera por delante una larga y quizás difícil caminata hasta encontrar algún poblado, si es que lo hubiera. Mientras esperaba, el sol ya alcanzaba el horizonte hundiéndose en el mar, por lo que dedujo que la playa en que estaba miraba hacia el oeste, o sea, hacia las Indias y tierra firme, aunque no estaba seguro dónde quedaría La Española que suponía el lugar conocido más cercano. Mirando hacia el mar y a los bellos tonos del poniente, pudo notar entre unas rocas que brillaba una cabellera que ya le era conocida. Se levantó de su lugar y caminó lentamente hacia allí intentando no perder de vista a la criatura ni asustarla. A medida que se acercaba, la cabeza bajaba su posición procurando mantenerse oculta detrás de las rocas; y fue allí donde y cuando a Pierre se le ocurrió: hacerse el muerto, como hacen algunos animales. Sobre la arena se dejó caer desplomado e inerte pero con los oídos atentos. De inmediato escuchó el ruido del agua y para su sorpresa, pasos que se acercaban. Fingió que le faltaba el aire y respiraba con dificultad, con la boca abierta como los peces cuando son sacados del agua pero con los ojos cerrados, esperando a abrirlos en el momento oportuno. Conteniendo el impulso de mirar, escuchó que los pasos llegaron junto a él y creyó que la criatura se había agachado, lo cual se le confirmó al sentir los largos cabellos cayendo sobre su pecho semidesnudo a causa de su camisa hecha girones. Cuando sintió que la criatura tomó su mano, giró lentamente su cabeza y entreabrió los ojos como si todavía estuviera moribundo y se encontró con la criatura, pero se asombró enormemente al notar dos diferencias con lo que creía que había visto antes: una, ya no tenía la mitad de su cuerpo en forma de pez, sino piernas humanas comunes; y dos, no era una sirena, sino un chico, un sirenito, con su larga cabellera ondulada, sus almendrados ojos verdes como el mar, su piel dorada como la arena de la playa y su dentadura de perlas límpidas y nacaradas.

—¿Estás bien? —le preguntó el sirenito, que, para ser más correctos, era un tritón, la variedad masculina de las sirenas.

—Me... mue... ro... —dijo Pierre pensando que si fallaba como pirata podría hacer carrera en el teatro.

—No, no te mueras, por favor... Si te mueres... ¿qué será de mí?

Esas palabras le llamaron poderosamente la atención pero no podía abandonar su papel de agónico marinero moribundo.

—Adiós... mundo cruel... —dijo Pierre recordando una obra que había visto cuando niño.

—No, no... no te mueras... por favor... no te mueras...

—A-gua —dijo aparentando estar ya sin fuerzas.



Ishtar Pérez Santacruz

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En el texto hay: piratas, tritones, gay

Editado: 06.05.2018

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