El pirata y el tritón

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22 - Una cita clandestina en la playa oscura

El Tuerto estaba en el castillo de popa estudiando unos mapas cuando Pierre llegó. La primera impresión no le gustó para nada al capitán pues Pierre volvía más bien cabizbajo. Enrolló los mapas, los puso a un lado de la mesa y fue hasta un armario para traer un barrilito de ron del que sirvió dos jarras pero apenas hasta una cuarta parte. Pierre se sentó y dio un gran suspiro.

—Contadme, monsieur  Chailland.

—Los españoles ya saben del tritón y lo saben por el encuentro que tuvieron en la playa con los ingleses —mintió—. Según parece no se van a ir hasta que capturen a la criatura o se les acaben los suministros.

—¿Y de la tripulación?

—Intacta. A las del Nuestra Señora del Buen Retiro y del San Eustaquio no les falta ni un hombre, y para peor, la tripulación del Asunción, que dábamos por desparecida, fue rescatada por un barco holandés y también están todos.

—Eso no es bueno, mon fils, no es bueno.

—No. No lo es.

—Por vuestra actitud supuse que no veníais con buenas noticias.

Mon capitaine... prescindiendo de mi opinión y con la información con que contáis... ¿cuáles serían vuestros planes? ¿Qué pretenderíais finalmente?

—Aunque vuestra opinión es muy valiosa, monsieur  Chailland, ya que me lo pedís os diré lo que pienso prescindiendo de ella.

—Os escucho.

—Nuestro plan original era capturar el galeón y robarnos los cinco mil doblones de oro, plan que se ha visto truncado... o mejor, dilatado, por todo el asunto de las nieblas y pérdidas de curso. En este momento no sabemos dónde estamos ni como volver a la ruta de los galeones que nos lleve de vuelta a La Española o a Europa o a cualquier sitio conocido. Esto del sireno, que sospecho tiene que ver con que estemos en esta isla misteriosa, ha complicado el asunto aún más por cuanto podría considerarse un «plus» a los doblones del galeón, ya que si lo capturamos podríamos cobrar la recompensa. Sin embargo, he pensado que ambos objetivos son, en cierta medida, excluyentes.

—¿Excluyentes? No os entiendo, explicadme, s'il vous plait.

—Mirad. Supongamos que logramos hundir el galeón y hacernos con los doblones. Si por desventura queda alguien que testifique, seremos culpables de piratería y en poco tiempo estaremos en la mira de toda la armada española, y a renglón corrido, de ingleses, franceses y holandeses. Por ahora, aunque somos piratas, no tenemos tal fama y por eso podemos estar anclados aquí, entre galeones, bergantines y fragatas como unos tiernos corderitos. Ni españoles ni ingleses sospechan de nosotros y supongo que nos creen un barco que se dedica a negocios privados de transporte, quizás asociado a alguna de las Compañías de Indias. Pero tan pronto como robemos el galeón esa careta se vendrá al suelo.

—Es cierto.

—Si así fuera, y suponiendo que también capturamos al sireno, ¿cómo llegar a una corte europea a cobrar una recompensa? Si todos supieran que somos piratas y filibusteros... ¿cómo acercarnos a un puerto decente y pedir audiencia con una testa coronada? ¿Lo veis? Por eso os digo que son excluyentes; si queremos los doblones de los impuestos, debemos olvidarnos del sireno.

—Entiendo. Tenéis razón... Sin embargo, creo que habría una forma indirecta...

—¿Indirecta? ¿A qué os referís?

—Pensadlo: si en lugar de capturar al tritón para cobrar la recompensa, ¿lo capturamos para negociar?

—¿Para negociar? ¿Qué negociaríamos?

—Imaginad esto: tenemos el tritón y convocamos al Capitán General de los españoles y al capitán inglés... y lo subastamos. Ambos lo quieren y por lo tanto pujarán hasta donde el orgullo, además del dinero de la recompensa, se los permita. De esta forma sacamos algún buen dinero del sireno sin necesidad ni de hacer el viaje a Europa ni arriesgarnos a que nos descubran, pues mantendríamos la fachada de ser un barco comercial.

—Subastarlo...

—E intentaríamos que se lo queden los ingleses. De esta forma, cuando se vayan con el tritón, quedamos libres para apoderarnos de los doblones.

—Pero... eso, ¿no contradice tu plan de que ingleses y españoles se hundan mutuamente?

—Parece una contradicción, pero si lo veis bien, no lo es; por cuanto los españoles, perdedores de la subasta pero sabedores de su superioridad militar, evitarían que los ingleses se fueran con el triunfo obtenido sin gastar un gramo de pólvora, lo cual sería humillante para los españoles.

—Tenéis una mente retorcida, Pierre... Me encanta eso de vos.

Merci, mon capitaine. Pensadlo mejor y luego volvemos a conversar. Por el momento no nos urge tomar ninguna decisión. Si alguien debe estar urgido, esos son los ingleses, pues tampoco pienso, según lo que percibí al conferenciar con el Capitán General, que los españoles tengan alguna urgencia.

—Lo pensaré, lo pensaré. Ya casi es la hora de la cena, Pierre, ¿me haríais el honor de cenar conmigo?



Ishtar Pérez Santacruz

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En el texto hay: piratas, tritones, gay

Editado: 06.05.2018

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