El pirata y el tritón

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25 - Rumbo a Isla Tortuga

Quizás en otras circunstancias, Pierre se hubiera asustado, pero con todo lo vivido en ese viaje, o más bien, en esa odisea, más se preocupó que se asustó, pues no lograba entender qué estaba sucediendo, aunque bien sabía que era muy extraño, demasiado extraño: un barco a todas luces abandonado y aparentemente a la deriva, con posiblemente más de cien años de surcar los mares a la buena de Dios o del Diablo, eso todavía estaba por dilucidarse, con una tripulación que, por decir lo menos, era tan extraña como todo lo demás.

—Y a todo esto... ¿hacia dónde os dirigís? —preguntó el capitán van der Opzee.

—Eh... ah... a... hacia... Haití —contestó Pierre con una mentira a medias.

—Me han dicho que es un lugar muy pintoresco, pero nunca he estado allí. ¿Y vais por negocios o por placer?

—Eh... negocios. ¿Y vosotros? ¿Para dónde vais?

—¿Eh? ¿Nosotros? Eh... ah... a... hacia... el otro lado.

—¡Oh! Me han dicho que es muy pintoresco, también, aunque tampoco estuve allí. ¿Y por negocios o placer?

—Placer. Hemos navegado mucho y nos merecemos un descanso, capitán Chailland.

—Entiendo. ¿Y no tenéis miedo de los piratas?

—Para nada. Los barcos piratas con que nos hemos cruzado, tan pronto nos ven, huyen despavoridos... nuestros cañones son impresionantes, como habréis visto.

Pierre repasó mentalmente el armamento del deteriorado galeón y sólo recordó unos cuantos cañones caídos, fuera de su ubicación o francamente inutilizables, sin contar los espacios vacíos cuyos cañones estarían tirados quién sabe dónde o simplemente habrían caído al mar. El galeón, a como estaba, era tan inofensivo como un coco que flotara sobre las olas. Pensó que quizás, si estos eran fantasmas, él estuviera viendo mucho menos de lo que en realidad había y eso le preocupó aún más. ¿Qué tal que los mortales sólo vieran un viejo y destartalado galeón, pero que a la hora de las verdades se comportara con todo su potencial, como si recién hubiera salido del astillero? No tenía, por el momento, forma de averiguarlo, pero tampoco estaba dispuesto a descubrirlo por las malas, así que optó por mantener la mejor actitud y tratar que el capitán van der Opzee, sea lo que fuere, fantasma o no, no se indispusiera, montara en santa ira y el «inofensivo» coco terminara dejando al Tulipán como un queso suizo.

—Os agradecemos profundamente vuestra hospitalidad, pero no queremos ni incomodaros ni retrasar vuestro viaje —dijo Pierre para ir dando por terminado el abordaje que resultó en una amable visita de cortesía al barco misterioso.

—¡Oh! No debéis preocuparos, capitán Chailland; tenemos todo el tiempo del mundo —dijo van der Opzee.

«Todo el tiempo del mundo»; expresión que a Pierre no le gustó nada.

—Asimismo, capitán, nosotros también debemos seguir nuestro rumbo —agregó Pierre.

—Eso es distinto, tenéis razón; y no soy yo quien os incomodaría o retrasaría por teneros aquí. Sin embargo, en nuestra defensa, debéis comprender que no recibimos visitas muy a menudo y nos encantan las visitas. El Hibernia se siente como remozado cuando llegan nuevas almas, si se me permite decirlo así.

«Nuevas almas...» Menos aún le gustó a Pierre esa expresión y por lo tanto decidió salir del navío lo antes posible, aunque tenía un millón de preguntas para formular, pero no quería correr ningún riesgo. El joven capitán van der Opzee se había mostrado muy amable pero no tenía la seguridad de poder confiar en él. De todas formas, Pierre era un pirata, y así como él mismo le había dicho a Kraken: «Nunca confíes en un pirata», también era desconfiado por naturaleza. ¿Qué tal que el barco fuera efectivamente un barco fantasma o embrujado y tuviera una fuerza maléfica que se apoderara de las almas que lo abordaran? ¿Qué tal que el Tuerto hubiera sido llevado, en realidad, por el Diablo y anduviera vagando, gimiendo y torturado, por las bodegas del barco, y el capitán van der Opzee fuera el mismísimo Diablo que se apareció con la inofensiva forma de un jovencito y los otros demonios, siguieron su ejemplo para representar una tripulación encantadora, amable y cautivadora?

Pierre había escuchado una vez, en el puerto de la Veracruz, una leyenda en la cual un capitán holandés había hecho un pacto con el Diablo para que su navío fuera y viniera a los Mares del Sur, muchísimo más rápido que todos los demás y que por ese pacto, luego el Diablo se cobró su alma, la de su tripulación y hasta el navío. ¿Sería el Hibernia el galeón maldito? Para empezar, era holandés, así como decía serlo su capitán y tripulación, pero el chico que estaba frente a él, no podría ser el capitán original, pues según la leyenda, este era un hombre maduro... Pero... ¿Acaso el Diablo no puede hacer cosas extraordinarias? Todo eso surcaba la mente de Pierre como ráfagas en una típica tormenta del Atlántico Norte.



Ishtar Pérez Santacruz

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En el texto hay: piratas, tritones, gay

Editado: 06.05.2018

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