El Poder de la Oscuridad (los Hijos de los Dioses 2)

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6. Avalon

Las últimas luces del día iluminaban la ciudad, cuyos habitantes se afanaban por terminar las tareas del día lo antes posible para así poder refugiarse en sus casas y cenar en familia. Las tabernas, edificadas en los bajos de los edificios más grandes, eran los únicos establecimientos que permanecían abiertos, mientras que los comercios iban cerrando poco a poco. Ray contempló extasiado la explosión de colores que se mostraba a su alrededor. Junto al puerto, las casetas de vigilancia eran prácticamente los únicos resquicios de vida; después, un camino flanqueado de palmerales y exóticos jardines conducía a la zona alta de la ciudad, donde se arremolinaban edificios burocráticos y templos, junto a comercios que rivalizaban en elegancia. No obstante, pasada aquella vorágine, se abría un remanso de tranquilidad: la zona media residencial. A medida que avanzaban entre jardines bien cuidados flanqueados de árboles frutales, Ray se fijó en las viviendas: unifamiliares casi todas, algunas de una sola planta y otras de hasta tres; todas pintadas en uno, máximo dos colores, y generalmente de tonalidades suaves de amarillo, rosa, azul... También vio alguna de ladrillo oscuro con tejados negros de ónice, pero la mayoría de estas se erguían solitarias, rodeadas de árboles retorcidos que se notaba que hacía tiempo que nadie cuidaba. Con un escalofrío, trató de pasar por delante de estas lo más rápido posible, y vio que Jake hacía lo mismo. Pero lo que más le impresionó del recorrido no fueron las tétricas mansiones, sino el motivo que presidía todas las portadas y los porches de cada una de las casas. Las cabras.

Cabezas de caprinos talladas lo observaban al pasar, con sus pupilas alargadas; la mayoría, rodeadas por cuernos de diferentes tamaños y formas. Cuando Jake lo sorprendió mirando una puerta con dos rebecos enfrentados tallados sobre la madera, le explicó que aquel era el animal de Saturno, de los Capricornio. Ray se sintió un poco idiota al no haber hecho antes aquella asociación tan simple, pero Jake no hizo ninguna mención al tema y siguieron caminando por la fresca avenida. Al cabo de un rato, el brujo se desvió por una pequeña calle lateral y ambos jóvenes deambularon por la zona residencial durante un buen rato hasta que, casi a punto de salir de la ciudad, bajando una pequeña ladera, llegaron a su destino. Al final de un estrecho camino de tierra, una figura esbelta con el cabello castaño oscuro recogido en tres sencillas trenzas, bajó las escalinatas de un adornado porche de madera y salió a recibirles. Ray solo la había visto un par de veces, dos años antes, en Avalon, pero aun así la reconoció. La muchacha tenía los ojos de su padre, pequeños, oscuros y algo rasgados, y el color del pelo también lo había heredado de él. Pero su melena ondulada, los andares elegantes y las cejas alargadas, sin duda, eran de su madre, aunque el joven no se detuvo a pensar cómo recordaba aquellos detalles de gente a la que apenas había visto puesto que, en ese momento, Blanca Derfain llegó a su altura, casi jadeando por la pequeña carrera que acababa de darse.

—Que los Dioses os protejan —les saludó enseguida, haciendo una breve inclinación de cabeza; pero, acto seguido, se dirigió hacia su homólogo—. Cuando recibí tu mensaje, casi me da un desmayo —aseguró, resoplando con cierto enojo reprimido.

Jake sonrió para tranquilizarla a la vez que hacía el gesto de los suyos, una S en el aire frente a su rostro, y Ray se acercó por detrás, sin saber muy bien qué hacer.

—Y que siempre velen por vos, Alteza —repuso con timidez.

Para su sorpresa, Blanca se lo quedó mirando, desaparecido de golpe el enfado, y después soltó una risa corta pero muy sincera.

—Vaya, Connell. Si le has enseñado modales —siseó con malicia en dirección a Jake.

E ignorando el rubor que ascendía a las mejillas del aludido, se acercó y le dio dos besos a Ray, por lo que este se quedó un poco azorado. Ella arqueó una ceja en cuanto vio su reacción, y de pronto pareció ligeramente cohibida.

—Discúlpame —le pidió—. Creía que en la Tierra las mujeres y los hombres se saludaban así.

Ray sonrió entonces sin esfuerzo. La espontaneidad de aquella joven era casi contagiosa, y decidió apresurarse a tranquilizarla.

—Sí. En algunos sitios, es así —admitió, aunque sin perder del todo el rubor que teñía sus mejillas.

Ella sonrió entonces más ampliamente, y les invitó a entrar en la casa.

—Bueno, ante todo, bienvenidos —les indicó con una levísima reverencia en cuanto traspusieron el umbral del recibidor—. Espero que no os importe que no tengamos criados. Me he acostumbrado a hacer todo yo sola —aseguró, sin poder disimular lo orgullosa que estaba de ello.

—Jamás imaginé que alguien como vos no viviera en el Templo de Saturno —observó Jake mientras ojeaba a su alrededor con interés. Aquel mundo, adivinó Ray, era casi nuevo para él.

Blanca, por su parte, hizo un gesto con la mano para restarle importancia al comentario del mago más mayor y sonrió con picardía.



Paula de Vera

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En el texto hay: cuatro elementos, musica, magia

Editado: 24.05.2018

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